Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

martes, 29 de agosto de 2017

ROBERT WALSER, EL PASEO: EL CAMINO COMO GRAN METÁFORA DE LA VIDA


Adentrarse en el universo literario de Robert Walser es hacerlo en un torrente de palabras que te sumergen en un abismo intelectual y narrativo que no te deja indemne. Su mirada hacia el mundo desde la parquedad de lo cotidiano no para de abrirnos nuevas sendas que nos llevan desde lo más anecdótico a lo más profundo con sublimes momentos plagados de ironía, laconismo, humor, y cómo no: melancolía. Nada escapa a la vista del escritor suizo ni a su prosa que, de una forma afilada, nos presenta su necesidad de pasear como un camino inagotable que representa la gran metáfora de la vida, porque eso son sus definiciones, por ejemplo, acerca del recaudador de impuestos, su sastre o su visita a la señora Aebi. Su capacidad de asombro ante las más sencillas de las imágenes: «El mundo matinal que se extendía ante mis ojos me parecía tan bello como si lo viera por primera vez», es la que el escritor suizo nos transmite a los lectores cuando caemos por ese barranco pleno de sensaciones inagotables e irrepetibles, en ocasiones plagadas de nombres o adjetivos; en otras de sentencias o frases magistrales: «A veces ando errante en la niebla y en mil vacilaciones y confusiones, y a menudo me siento miserablemente abandonado», dando muestras que en lo cercano y cotidiano se encuentra la esencia de la vida. El escritor Enrique Vila-Matas nos dice que «Robert Walser, sólo respira paseando, sólo respira con una prosa que pasea y es amiga declarada de vagabundear...»; y es ahí, en ese vagabundeo donde Walser nos sujeta con firmeza para no soltarnos hasta la última palabra. No en vano, él mismo define la acción de pasear como: «Pasear… me es imprescindible, para animarme y para mantener el contacto con el mundo vivo, sin cuyas sensaciones no podría escribir media letra ni producir el más leve poema en verso o en prosa. Sin pasear estaría muerto, y mi profesión, a la que amo apasionadamente, estaría aniquilada...» Esa pasión a la que se refiere el narrador es la que subyace detrás de cada palabra y de cada frase de esta nouvelle, en la que apreciamos el espíritu poético e intenso de la narrativa de Walser, que tan sólo escribió entre 1904 y 1925. Y lo hizo alejado del ruido mediático literario, pues siempre buscó refugio en la sencillez y la soledad de la cuartilla en blanco que, él, atornillaba a su pies con un mundo pleno de sensaciones cotidianas que, sin embargo en sus manos, alcanzan la categoría de sublime: «El continuo escribir cansa como el trabajo en la tierra».

El paseo es ese el largo camino de la vida, al que Walser, trata como la gran metáfora de la vida, pues en él, disecciona cada uno de los sentimientos que nos acogen a lo largo de nuestros días. El entusiasmo, pero también la melancolía y la tristeza navegan por sus palabras, del mismo modo, que le ocurre a nuestra existencia, siempre salpicada de esa zozobra que nos obliga a salir adelante día a día. Esa posesión de la perturbación nada placentera también acompaña a la narración de esta novela, y lo hace, de la mano de las necesarias dosis de humor que nos retratan a un personaje, el propio Walser, como una especie de D. Quijote de principios del siglo XX, Aislado de un mundo que el sustituyó por otro, el suyo propio; un mundo plagado de palabras con las que adornar su posición ante la vida y las personas que se fue encontrando en la misma. En esa búsqueda de lo cotidiano, tampoco le falta a Walser esa íntima exploración de la belleza en sí misma y de la indagación del amor. Un posicionamiento, el del amor que, como ocurre en tantas ocasiones, está impregnado de una melancolía turbadora y hondamente reflexiva, dando muestras, con ello, del alto nivel poético y a veces abstracto de su prosa, pues el universo literario de Robert Walser es un espacio en el que hay que dejar de un lado lo más obvio, para a a partir de ahí, indagar en aquello que él nos muestra de una forma maliciosamente sencilla. En esa sencillez está una buena parte su magia y de su valía como narrador, pues con ellas, nos lleva de la mano a lo largo de un paseo infinito: el de la propia vida.

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 28 de agosto de 2017

TÚ SERÁS LO QUE QUIERAS SER.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


 
Me he quedado muda. Perdida entre cables y miradas que esperan a que dé la orden. El momento que tanto había esperado está aquí y me encuentro dentro de él, paralizada. Me acuerdo de mi madre, cuando de pequeña me decía: tú serás lo que quieras ser. Distraigo al pánico con pensamientos que proceden del cesto de mis recuerdos. Esta vez mi mente es más rápida que mis sentimientos, y los distrae con opciones que de antemano sabe que me harán reaccionar y recuperar ese aliento que he intentado que permaneciera vivo durante todos estos años. Sí, quiero hacer aquello que tanto deseo, y necesito gritarlo para que todos se enteren. Sin embargo, algo sucede y me olvido de gritar. Mi mirada se detiene en el objeto que tiene más próximo. Agacho la cabeza y ajusto la cara al visor que me proyecta la imagen que durante tantos años había estado buscando. Y una voz que sale dentro de mí, dice: acción.
 
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

martes, 22 de agosto de 2017

SOFIA COPPOLA, LA SEDUCCIÓN: LAS MALAS ELECCIONES DEL DESEO


 
El silencio de una mirada, la fragilidad de una caricia, el despertar de una nueva sensación a través de la contemplación del cuerpo del otro, o la necesidad más imperiosa de dar salida a la pasión que nos mueve por dentro, sólo son algunas de las múltiples posibilidades del deseo y, que en la película, La seducción, de la directora norteamericana Sofía Coppola, buscan una salida en éstas y otras manifestaciones más ocultas que sólo el deseo sabe mover y articular aunque todas ellas se alejen de la razón. En el filme, asistimos a un caleidoscopio de sensaciones y despertares que se mueven desde la imperiosa necesidad de los sentidos a la estrategia basada en el ocultamiento del propio sentimiento. Esta castración, finalmente, será la verdadera protagonista de las malas lecciones del deseo presentes en la película. En otro plano más estético y, a la vez onírico, podemos decir que hay pausa y sentido y sensibilidad en la última película de Sofía Coppola, pues el primer plano secuencia de la película ya observamos que, mientras el humo de los cañones se visualiza a lo lejos anunciando el peligro, una niña recoge setas en un bosque que se parece mucho a esos espacios donde se nos aparecen las hadas. En este sentido, la visualización y el sentido estético de La seducción es perfecto, no sólo en los exteriores, sino también en los interiores, donde las composiciones de las escenas o los colores de los largos y abundantes vestidos de las protagonistas son como un minucioso juego floral para la vista. Incluso, el juego de las miradas de cada una de las mujeres o el color de sus ojos, son una perfecta amalgama cromática que, de una forma solapada, eso sí, tratan de mostrarnos el perfil psicológico de cada una de ellas, como si de un tupido juego de tules se tratara; un juego de tules que los espectadores debemos de ir levantando para llegar al final o a la esencia de cada una de ellas, y por tanto, de la película. Pero ahí queda todo, pues este ejemplo de las malas elecciones del deseo se queda en una muestra naif de la guerra, el dolor o la venganza, pues no logra transmitirnos ese miedo —aunque éste sea sólo psicológico— que en sí misma tiene la propuesta de la presencia de un extraño en territorio enemigo, más si cabe, cuando estamos hablando de un soldado confederado en un mágico y espectral colegio para mujeres abandonado en la sinergia de una guerra que pronto será perdida para los Estados del Sur; un espacio cerrado donde todo gira en torno al deseo. 

La seducción explora de nuevo ese estigma de mujeres en transición, mujeres ajenas a los acontecimientos exteriores que viven y que son la marca más significativa del cine de Sofía Coppola —si obviamos claro, su plasticidad—, pues desde Lost in traslation nos va retratando a este tipo de mujeres que deben cambiar las vidas que habían imaginado por las circunstancias externas a ellas mismas que les ha tocado vivir, ya sean éstas las de encontrarse perdidas en la inmensidad de la locura de un hotel japonés (Lost it traslation), o en el Palacio de Versalles (María Antonieta). Sea como fuere, Sofía Coppola arremete desde la sutileza femenina contra los estereotipos del deseo con los que la sociedad remarca el comportamiento de las mujeres, y lo hace desde el ritmo pausado y armónico de la sensualidad femenina, más propicia a los juegos previos que al martilleo constante de los amantes. Ahí, en el ritmo contenido es donde la película gana enteros, tanto en lo más obvio como en lo impostado, sin embargo, ahí es también donde pierde toda fuerza en su presumible contundencia argumental, pues que deja al espectador defraudado con una trama que no reúne los elementos suficientes que le lleven a pensar que está viendo una gran película, quizá, por eso, el premio de Cannes que recibió el filme fue al de la mejor dirección y no al de la mejor película, pues la misma naufraga a la hora de mostrarnos las malas elecciones del deseo. 

Ángel Silvelo Gabriel. 

lunes, 21 de agosto de 2017

VALÉRIE MRÉJEN, SELVA NEGRA: EL TRAVELLING DE LAS INESPERADAS SOLEDADES


 
No hay mayor soledad que la que nos acoge en la muerte, o quizá sí, aquella que nos acompaña cuando nacemos antes de caer en brazos de nuestra madre. La muerte es ese espejo oscuro que debemos atravesar solos, a veces, en la cercanía de nuestros familiares; y en otras ocasiones, lejos de todo aquello que nos resulta cotidiano o cercano. En este sentido, Valérie Mréjen, nos muestra en su nouvelle Selva negra, las mil y una formas que hay de llegar a ese momento de oscuridad o de viaje a ese otro lugar que nadie conoce salvo cuando deja este mundo. Selva negra es igual a una película llena de pequeñas historias que van y vuelven como un boomerang que recoge instantes de una vida —a veces hasta de dos o tres—, y que en su aparente frialdad, sin embargo buscan la necesidad de lo fragmentario en la determinación del final de cada uno de los múltiples protagonistas de este travelling de inesperadas soledades, muchas de ellas escogidas de los relatos cercanos que los allegados a la narradora le han contado y, en otras ocasiones, a la propia auto-ficción de Mréjen, en la que fantasea con el reencuentro a lo largo del tiempo y de su vida con su madre, fallecida cuando la autora era todavía una adolescente. Estas shorts cups literarias deben mucho a la faceta de video artista y de cineasta de Mréjen, pues se nos presentan en su vertiente literaria como microcosmos que en sí mismos no pasan de la mera anécdota, para en su globalización, afianzarse como un cuerpo sólido de lo efímero que resulta la vida y su fragilidad ante las desgracias, el destino o las casualidades no buscadas. También hay cabida para el suicidio en este multigrama de soledades abruptas, de hecho, el nombre de la nouvelle hace referencia al famoso bosque llamado Aokigahara o Mar negro de árboles, donde en el año 1960 el escritor japonés Seicho Matsumoto situó el suicido de su protagonista Kuroi Jukai (Selva negra), siendo este lugar, a partir de entonces, un espacio al que acuden muchos japoneses para quitarse la vida. 

Selva negra es un conjunto de microrrelatos en forma de pequeños espejos negros que nos muestran, por un lado, la capacidad narrativa de la autora puesta al servicio de un nuevo lenguaje muy cercano a la concepción narrativa norteamericana, en el que lo espontáneo e instantáneo nos lleva a ese borde del abismo inesperado ante el que no sabemos qué hacer, pues todo es nuevo y distinto, tanto en la forma como en el fondo; y por otro, es una especie de alegoría que nos advierte de la soledad con la que conducimos nuestras vidas, enrocadas en lo unipersonal o single, cuando en verdad, esa será la verdadera prueba a superar en nuestro propio final. Nada es perenne en el tiempo, si acaso, el recuerdo que los demás tengan de uno mismo y, que a su vez, también será víctima de su propio paso del tiempo. 

En una sociedad donde el verdadero rey del tiempo es el instante, la muerte se convierte en una de sus múltiples posibilidades, atraída, sin duda, por el devenir de los tiempos. Nada escapa a la sociedad de la tecnología, donde todo cambia en un segundo y nada vuelve a ser como antes, tal y como sucede con la propia muerte y, más ahora, donde se ha instalado la espantosa e imperiosa necesidad de reivindicar el pensamiento único a través de masacres masivas que no contemporizan ni con la razón ni con la vida, sino con el espanto de la barbarie que acelera nuestro encuentro con las inesperadas soledades llenas de espejos negros. 

Ángel Silvelo Gabriel. 

jueves, 17 de agosto de 2017

EL TRENCILLA.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SIVELO


 
Mi perro me lleva a la carrera. Está especialmente contumaz y tira de mí hasta que llegamos a la estación de tren. Me obliga a entrar en el vestíbulo. Se para y observa. Si la policía lo viera, no dudaría en incluirlo en su nómina. No sé por qué me ha traído hasta aquí, pero mi olfato de leguleyo me dice que algo va a ocurrir y empiezo a establecer la estrategia de nuestra defensa. De pronto, comienza a andar detrás de un señor con chaqueta azul, al que identifico sin dificultad. Le sigue, pero no le ladra. Espera a que abandone el vestíbulo, sabedor de nuestro exiguo éxito si el altercado se produce en un espacio público. Su arbitraje fue nefasto y él no se lo perdona. No me cuesta identificarme con su nuevo forofismo, y por eso, cuando se abalanza sobre él pidiéndole explicaciones, sólo pienso en la cara del juez cuando sepa la verdadera razón de la querella. En el fondo, me siento aliviado, pues sólo le enseñé a leer la página de deportes de los periódicos que llevaba todos los días a casa de mis padres.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

 

domingo, 6 de agosto de 2017

QUERÍAMOS VOLAR.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


 
Queríamos volar como pájaros sin frenos, pero no sabíamos cómo batir nuestros grandes plumeros. Pedimos ayuda a las hadas, pero no fueron capaces de desentrañar el enigma de sus mágicos aleteos. Acudimos solícitas a nuestros mayores, pero no lograron entendernos. Hasta que un día, en nuestro auxilio los sombreros acudieron. Ellos nos dijeron que el deseo de volar era como enhebrar una aguja fuera del costurero. Con un simple movimiento de muñeca, despegaríamos del suelo. Con un enérgico ademán, surcaríamos los cielos. Con el énfasis de los días de gloria, hasta recorreríamos parte del firmamento; y así, en cada nueva ocasión, poseeríamos más argumentos. Entonces, una duda se apoderó de nuestros adentros. ¿Por qué nosotras nunca formamos parte de esos revuelos? Quizá porque seáis pamelas y no sombreros, nos respondieron.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

 

sábado, 5 de agosto de 2017

WOLFGANG HERMANN, DESPEDIDA QUE NO CESA: LA MEMORIA DEL DOLOR


 
Asimilar la muerte del hijo con las herramientas que nos proporcionan las palabras y los recuerdos que, igual que una soga que se va desplazando por nuestro cuello, nos van dejando la marca del dolor. No hay excusas para la huida, pero desandar el camino del amor, la vida y las sensaciones que nos provocan la ausencia, es lo que nos va a permitir distanciarnos del dolor, la muerte y sus consecuencias. Esa especie de ruta del desamparo en la que transita el propio escritor para afrontar desde la auto-ficción la pérdida del hijo, pero también de sus sombras y gestos, lo que le permite al padre reconstruir la esencia de lo perdido para, poco a poco, visualizar ese escenario que la memoria del dolor se niega a ver una y otra vez. Desde un estilo sobrio y, en demasiadas ocasiones, falto de una intensidad lírica acorde a lo que se narra, Wolfgang Hermann nos va dando pistas de aquello que destruyó su vida, sumergiéndose para ello en la luz, el jardín y los cambios que se producen en ambos a lo largo de las estaciones. La luz está muy presente en esta nouvelle publicada por Periférica, y lo está, como demiurgo de las almas perdidas que transitan en busca de algo de amparo y felicidad, por muy exigua que ésta sea. La asimilación de los propios errores llevan al narrador a hacer todo lo posible por encontrar una respuesta, tanto a su vida como a aquella que no vivió por culpa de los otros y de sí mismo. Hay huellas invisibles que en verdad son las que nos marcan el camino, parece decirnos Hermann, y es en ese territorio de lo invisible donde deposita sus escasas certezas a la hora de redimir sus culpas y proyectar sus esperanzas: «Sólo queda el recuerdo, la memoria, el espacio interior, que nadie puede quitarme. ¿Qué nadie puede quitarme? ¿Acaso la irrupción de la catástrofe en mi vida no aplastó mi espacio interior? Vivo en el túnel de imágenes angustiosas e inmutables». Un espacio interior que Hermann doblega con la memoria del dolor. 

Despedida que no cesa es una nueva muestra de una elegía narrativa ante la pérdida de la vida en plena adolescencia; un tiempo donde el cuerpo y la mente están en plan formación, y si bien es verdad que Wolfgang Hermann la afronta con valentía, no acaba de dejarnos ese poso de lo imprescindible cuando la acabas de leer. La frialdad o el mimetismo anti lírico determinan tal aseveración, si bien es cierto que, cuando el autor se aproxima a la auténtica elegía poética, nos hace percibir la intensidad de las sensaciones que una pérdida de este tipo producen en nuestro interior, e incluso nos da un poco de luz dentro de un interior marchito y apagado: «Los záparas, una tribu indígena del Amazonas, se sientan al fuego antes de la salida del sol y se cuentan sus sueños. Sólo entonces puede comenzar el día. Si los sueños son buenos deciden ir de caza. Los záparas eran antes cien mil. Hoy quedan doscientos. Su antiquísimo idioma lo hablan cinco adultos.

Los záparas sueñan su vida antes de vivirla. ¿Será por eso por lo que están a punto de extinguirse en este mundo sin sueños.» En esas coordenadas, donde los sueños se imponen a la realidad, es donde Wolfgang Hermann sitúa su Despedida que no cesa para superar la pérdida del hijo…, y también de la vida.    

Ángel Silvelo Gabriel.

viernes, 4 de agosto de 2017

CORTÁZAR, DE JESÚS MARCHAMALO Y MARC TORICES: UNA BIOGRAFÍA ILUSTRADA ENTRE GAULOISES Y CRONOPIOS


 
Entre gauloises y cronopios; escuelas, institutos y universidades; jardines y soledades; guerras y claroscuros; viajes y trenes; humos y leyendas. Todo ello, adornado por viñetas: grandes, pequeñas; coloridas o en blanco y negro; sugerentes o explícitas; aterradoras o esperanzadoras; limitadoras y sin límites. Así transcurre esta biografía ilustrada del escritor argentino Julio Cortázar concebida por los textos de Jesús Marchamalo y las ilustraciones de Marc Torices. Un encuentro metaliterario que se desarrolla entre el profundo conocimiento de la vida y la obra del escritor argentino por parte del periodista, y la arrebatadora imaginación del joven ilustrador. Uno y otro han sabido darle a este libro ese cariz de único que tiene desde la primera hoja, donde ya asistimos a ese universo único, vital y literario, de un Cortázar alto y desgarbado que siempre estuvo rodeado de una estela de misterio y de acciones a la contra, en ocasiones propiciadas por el despiste, y otras, por la genialidad del que vive para leer y escribir. Abarcar ese mundo tan intrincado y complejo, sin embargo, no parece que haya sido una tarea difícil para Marchamalo, pues nos distribuye esta biografía ilustrada (un magnífico documento didáctico para todos aquellos jóvenes y no tan jóvenes que se quieran adentrar en el universo literario de Cortázar) a través de capítulos, sin otro hilo argumentativo, que el del ensalzamiento de la vida y la obra del escritor argentino, al que como siempre, Marchamalo nos presenta a través de la anécdota que nunca se te olvida, el rasgo que te mantiene en vilo hasta el final, o el matiz que nunca llegarías a sospechar que el protagonista de sus libros tuviera. De nuevo, aquí, el periodista-escritor nos lleva a su terreno, con ese gran poder de la síntesis que posee y la visión del mundo literario desbordante y persuasivo que él atesora. En este sentido, no se nos ocurre un mejor maestro de ceremonias que Marchamalo para dar vida a un personaje literario. Así, en el campo de las anécdotas literarias asistimos, por ejemplo, al encuentro entre Cortázar y Borges cuando el primero aún era un perfecto desconocido, o a las traducciones de la obra de Poe, o como no, a la visita en Roma a la casa donde murió el poeta británico John Keats, a través de cuya ventana se nos sugiere un mundo lleno de libertad y belleza, lo que le llevó a escribir un ensayo que, él nunca quiso que se publicara, sobre el poeta: Imagen de John Keats. 

No obstante, todo lo dicho carecería de un sentido pleno si no fuera por las magníficas ilustraciones de un Marc Torices en estado de gracia, pues gracias a sus dibujos, asistimos sin darnos cuenta a las múltiples transformaciones que él nos propone sobre Cortázar. Un Cortázar, a veces gigante, y otras doblado en su gigantismo para entrar dentro de la viñetas, pero también sugerido a través de ese humo infinito de sus gauloises, muy bien fundido con el de la locomotora como expresión de viaje, libertad y nuevas oportunidades. Cortázar bebé, Cortázar niño, Cortázar joven. Cortázar con barba y sin gafas, Cortázar con barba y gafas, nada se le resiste a este joven ilustrador que ha tardado dos años en darle vida a este hombre alto de uno noventa y tres de estatura; un hombre cargado de leyenda y contradicciones, como no podría ser de otra manera; un hombre de bicis, motos, Citroën dos caballos, o caravanas con las que recorría una autopista por el mero hecho de convertir esa ruta en un hecho literario, como hechos literarios fueran sus relaciones sentimentales o sus viajes en tren, cuando ligero de equipaje, compraba libros de bolsillo a los que iba cortando las páginas según las leía. Quizá, ahí, en esa metáfora de la literatura y el mundo, se encuentre la esencia de esta acertada biografía literaria, única por muchas razones, pues nos permite adentrarnos en un universo literario de la mano del misterio que engendran el humo de los gauloises y los cronopios, y que nos deja con ganas de más, como sólo lo hacen las cosas que merecen la pena ser vividas. 

Ángel Silvelo Gabriel. 

martes, 1 de agosto de 2017

MINOTAUROS ENDIABLADOS.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO PUBLICADO EN BLOGSANFERMÍN 2017


—¿Sancho, tú crees que saldremos de aquesta nueva afronta con lo que me propones, porque si no conseguimos calmar los ánimos de estos bardos metidos a corredores de maitines nunca volveremos a La Mancha?
—Señor, dejémosles que sigan imbuidos en su fe, y si están decididos a correr el encierro a pesar de que usted y yo no seamos los morlacos que ellos pretenden e imaginan en sus mentes, ese es su problema y su afrenta, y no la nuestra. Por ejemplo, nunca nadie nos vio en un encierro y, sin embargo, aquí estamos, en Pamplona. ¡Dejémosles correr entonces!, y piense que si nuestro creador perdió el juicio después de mucho leer novelas de caballerías, ellos lo han hecho después de mucho orar y orar a San Fermín, y si no, míreles, no hacen sino suplicarnos que nos lancemos sobre ellos igual que Minotauros endiablados.
—Así lo haremos, pues. Súbete la cogulla tu túnica, y juntos, con nuestras lanzas apuntando al horizonte, trotemos lo más rápido que sepamos. Yo a lomos de mi Rocinante y tú encima del Rucio, para que, por una vez, no sean ellos, y sí nosotros, los que les proporcionemos un poco de luz a sus sueños.
 

Microrrelato de Ángel Silvelo