Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

jueves, 29 de junio de 2017

LA LECTURA EN EL SIGLO XXI.- Un artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz

 
Cuánto ha llovido desde aquel primer códice ―lo más parecido al libro de hoy en día― que encontramos en la Edad Media. Dejó de ser un rollo continuo para convertirse en un conjunto de hojas cosidas con forma rectangular. Desde ese momento fue posible acceder directamente a un punto preciso del texto. Después, poco a poco, vinieron las mejoras: la separación de las palabras, las mayúsculas y la puntuación; y más tarde las tablas de las materias y los índices, que facilitaron muchísimo la búsqueda de información.
 
Hoy, en el siglo XXI, hemos cambiado nuestra forma de leer y de mirar. Ahora, además de libros, leemos y miramos pantallas. Esto altera irremediablemente nuestra concepción del hecho lector y nuestra aprehensión de conocimientos, porque la pantalla no es solo un cambio de soporte, sino una profunda modificación en el modo de organizar los contenidos.
 
Hemos pasado de la lectura pausada, vertical y prolongada en el tiempo de un texto plano, a la de uno abierto, plural, que se desdobla en muchos otros textos y que es más superficial y horizontal. Dicho de otro modo: de los manuales, enciclopedias y diccionarios hemos saltado a los hipertextos, que son según la definición del programa PISA: una serie de fragmentos textuales vinculados entre sí de tal modo que las unidades puedan leerse en distinto orden, permitiendo así que los lectores accedan a la información siguiendo distintas rutas.
 
De aquí podemos colegir dos cosas: que la organización de la información puede no ser lineal, sino arbórea o en red y que el lector tiene la posibilidad de recorrer el texto a través de variados itinerarios en función de la finalidad de su lectura. ¿Y todo esto a qué nos lleva? A una manera de leer y a un tipo de lector muy diferente del que se necesita para descodificar un texto lineal.
 
Tres son las características distintivas que queremos resaltar para entender mejor los cambios que se están produciendo:
 
1.- Los textos digitales se apoyan, con frecuencia, en elementos gráficos o icónicos para ayudar a la comprensión. De ahí la necesidad de un lector activo que establezca el sentido de los diferentes componentes (sonido, imagen, texto…) y las relaciones entre ellos con el fin de construir el significado global de toda la información.
 
2.- La lectura digital ofrece la posibilidad de que el lector interactúe con aportaciones en forma de comentarios con sentido. Y esto no es baladí porque, de alguna manera, el lector va configurando su identidad digital, una imagen pública de cuáles son sus intereses, sus opiniones, etc.
 
3.- De las dos características anteriores deducimos esta tercera: los hipertextos ofrecen una sobreabundancia de información que exige unos procedimientos de búsqueda, selección y gestión eficaz y por eso el lector precisa de habilidades nuevas para poder hacer frente con éxito a los objetivos de la lectura.
 
Ahora viene lo más importante: si la forma de leer ha cambiado y el lector necesita de otros conocimientos para lograr dichos objetivos, también habrá que modificar la forma de enseñar.
 
Es decir que el concepto de alfabetización y de competencia lectora indefectiblemente ha variado y, ahora, es mucho más amplio. Hasta hace poco se consideraba a una persona alfabetizada cuando sabía leer, escribir y realizar las operaciones básicas de cálculo, hoy el concepto va más allá. Ahora podríamos hablar de tres niveles de conocimiento: escrito, digital y en redes.
 
“El gran reto será entonces formar a las personas en nuevas dimensiones y competencias, una alfabetización mediática y una competencia que permita discernir y evaluar dicha información” (Paola Dellepiane).
 
Es fundamental que tanto las escuelas como el profesorado se pongan al día. Además de ser garantes de esa nueva alfabetización, ya han empezado a adecuar los espacios y los entornos de aprendizaje: antes hacían visitas esporádicas al aula de informática, ahora ya existe la posibilidad de que tengan acceso continuado a Internet en sus aulas y en las bibliotecas escolares. En este sentido hay que resaltar el papel de la Federación de Ikastolas vascas que, a través de su proyecto EKI, está creando el primer material didáctico digital específicamente orientado a la educación basada en competencias.
 
Pero no todo son parabienes. El autor estadounidense, Nicholas Carr, se ha mostrado pesimista ante las competencias que, a su juicio, se están perdiendo por la utilización de las tecnologías de la información y la comunicación. Por ejemplo, la capacidad de leer con profundidad y concentración textos de una considerable extensión. En su libro, Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, explica cómo las múltiples ventajas y utilidades de la Red tienen como contrapartida el triunfo de la superficialidad y la distracción.
 
“Hoy parece que estamos perdiendo la segunda parte, nos quedamos en la primera, como si no fuera necesario extraer deducciones o conclusiones originales. Las nuevas tecnologías nos instan a buscar, pero no a reflexionar” (Nicholas Carr).
 
De todas formas, lo que es innegable es que la alfabetización digital viene a hacer más fácil la vida en un mundo donde la tecnología marca la pauta y la sobreinformación es la norma. Primero, porque consigue que el lector adquiera los conocimientos necesarios para ayudarle a moverse, buscar, evaluar e interpretar de forma crítica, y por supuesto autónoma, la información de la Red; y segundo, porque le insufla una dimensión social, ya que relaciona a la persona con el resto del mundo en su sentido más amplio y la hace consciente de su responsabilidad y de sus limitaciones en esta multiculturalidad y globalización que nos ha tocado vivir.
 
Nunca antes ha habido un corpus lingüístico tan grande como el que ofrece Internet, que contiene más lenguaje escrito que todas las bibliotecas del mundo juntas, y nunca antes hemos estado tan informados. ¡Cómo ha evolucionado todo desde aquella lejana Edad media en que el libro jugaba un papel fundamental en la educación ―esencialmente elitista, propia de la élite religiosa― y donde la palabra del maestro era casi sagrada!; de magister dixit hemos pasado a Google dixit. Si hoy un monje copista de aquellos levantara la cabeza, pensaría: Cómo nos han cambiado el cuento.
 
Artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz.

domingo, 25 de junio de 2017

EL JUEGO DE LOS DESEOS VISTA POR LA ESCRITORA Y PERIODISTA ANAMARÍA TRILLO: LA PUERTA ABIERTA A UN MUNDO DESCONOCIDO DE LA MANO DE TRES MUJERES


 
El juego de los deseos es un profundo y minucioso viaje por los sentimientos. Un meticuloso ejercicio de poesía porque, aunque es una novela y por lo tanto está escrita en prosa, El juego de los deseos contiene tal sensibilidad y tiene una expresión tan cuidada que nos encontramos sin duda ante poesía que cala hasta los más hondo del alma, poesía que toca a nuestra puerta y, sin necesidad de pedirnos permiso, nos abraza y reconforta. 
La vida, la muerte, la soledad, el destino, el lugar no geográfico que cada uno de nosotros habitamos... todo ello puede expresarse y entenderse de mil maneras diferentes, bajo el prisma personal que a cada uno nos asiste. Hay mil maneras de expresar, por tanto, una misma idea, pero el escritor puede, y debe, aplicarse en el empeño de encontrar una PALABRA que, entre todas, exprese esa idea hasta hacerla casi latir, hacerse evidente, cobrar vida. Ángel Silvelo tiene la capacidad de trabajar con esa IDEA y con su PALABRA, podríamos decir gemela, como un artesano, macerándola con mimo; cocinándola a fuego lento; buscando el ingrediente que aporte el matiz exacto. Sin prisa. Con pasión.  
Y eso es El juego de los deseos. Una imagen poética que se dibuja en nuestra mente mientras nos susurramos a nosotros mismos las palabras que vamos leyendo en silencio. Una imagen que despierta nuestros sentidos: el color, el olor, el tacto, el gusto... todos cobran fuerza en imágenes que no hemos visto sino por los ojos de Adela, de Laura y de Galiana. La hermosura de los parajes de Toledo, el horizonte inmenso de Afganistán... Ellas son quienes nos dibujan esos lugares. Tres mujeres que comparten un corazón, el corazón del que han nacido las tres y que se expresa a través de sus tres voces, y que late en la soledad del trabajo del escritor frente al ordenador.  
El juego de los deseos es un trabajo hermoso, que al leerlo va inoculando en nosotros la idea de belleza que puebla el texto. Tres mujeres, y la belleza de sus tres voces, y la de sus tres formas de sentir... la belleza de tres almas que alimentan una novela que es un hondo canto que surge de la ausencia, de la pérdida contenida en una frase de Adela a su hija: “¿Qué más da dónde estés, si ya nadie te puede sacar de allí?” Tres mujeres con sus sueños, sus anhelos profundos, esos que se graban y nunca se callan por más que, a menudo, bajan la voz. Todas ellas han nacido de la reflexión, de la mente del escritor en un ejercicio titánico de empatía, de ponerse en el lugar de los personajes, sin el que no sería posible que tanto Adela como Laura o Galiana se nos hicieran mujeres reales de carne y hueso, aunque solo sea en nuestra imaginación.  
No es casual que las protagonistas sean mujeres, tampoco que las Fuerzas Armadas sean el contexto que comparten. Estos dos aspectos son parte del compromiso de Ángel Silvelo por aportar luz a un mundo desconocido por parte de la sociedad española en general. Yo me incluyo en esa sociedad que desconoce cómo son nuestras Fuerzas Armadas y sobre todo cómo son los españoles que forman parte de ellas, que son como todos nosotros, pueden ser nuestros vecinos, amigos, los padres de los compañeros de colegio de nuestros hijos... También tienen problemas personales, también tienen sus alegrías y sus tristezas, sus sueños, sus deseos, sus anhelos... ¿Y cómo se compagina esto, los hijos, la propia pareja, etc., cuando uno está en mitad de la nada en Afganistán, a expensas de que su convoy sea atacado? ¿Cómo se vive el amor lejos de casa, lejos de los tuyos? ¿Cómo se vive el amor en territorio hostil, donde el riesgo está presente cada día? 
Yo creo que El juego de los deseos es una novela necesaria para la sociedad en su conjunto. Necesaria porque nos abre la puerta a un mundo desconocido, pero además porque lo hace de la mano de tres mujeres. Si de por sí las Fuerzas Armadas son desconocidas, más aún lo son las mujeres en las Fuerzas Armadas. Y de ahí la importante labor que puede acometer esta novela en nuestra sociedad. Es por tanto un honor hablar de ella hoy, y quiero agradecer a Ángel su empeño en escribir la historia de estas tres mujeres en las Fuerzas Armadas. No nos encontramos ante una novela bélica, eso hay que resaltarlo, sino ante una novela humana, de seres humanos ante la vida y la muerte, ante las rigideces del ejército, ante el destino. 
Léanla. Déjense llevar por su belleza (eso sí, no hace falta que ustedes se desmayen, como Adela), pero sí que la disfruten a ser posible en un momento de relax, como lo harían con un trocito de chocolate que saborean despacio para alargar el placer; léanla bajo los árboles, a la sombra aquí en el Retiro, o antes de dormir... en silencio... dejen que la novela hable y seguro que escucharán que, algo en su interior, late. 
Anamaría Trillo

sábado, 24 de junio de 2017

VENTANAS SIN FONDO.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


 
Ventanas sin fondo recogen a mis huérfanos oídos. Las fotografías del verano todavía se preguntan qué ocurrió el día que te fuiste. ¿A qué saben los deseos? Reflejos rotos que nadie sabe a dónde han ido a parar. Los exploradores de sentimientos no encuentran tu rastro. Las vallas que han sido destruidas abren sendas hacia lo desconocido. Teléfonos que no suenan y palabras que no se oyen. Tus recuerdos me arrastran hacia ventanas sin fondo. Caigo, caigo y caigo, mientras siento que tú estarás al final de la caída, en un colchón de rosas amarillas. Flores azules y pájaros verdes nos acompañan en nuestra despedida. Trazo un sinfín de corazones en el aire con tu nombre, pero todos se desvanecen entre las nubes y tu recuerdo.
Microrrelato de Ángel Silvelo

miércoles, 21 de junio de 2017

ELENA MARQUÉS, DISTINTAS FORMAS DE IR A LA DERIVA: LA CAPACIDAD DE SOÑAR OTROS MUNDOS


 
Dicen que la literatura es un espacio para soñar; un espacio en el que cabe todo aquello que uno sea capaz de imaginar y crear para que otros sueñen nuestros sueños. Esa Oniria penitente que nos mantiene en una especie de limbo: sonoro, luminoso o cargado de palabras, es al que nos traslada la autora de este libro de relatos, pues todos y cada uno de ellos expresa con acierto la capacidad de soñar otros mundos que todos tenemos enraizada en nuestro subconsciente. Una capacidad que, Elena Marqués, ha querido remarcarnos con una palabra: deriva. Y así, en este conjunto de relatos, la deriva es el espacio que todos recorremos hacia la muerte (en los cuentos iniciales), pero también es el que nos lleva a la libertad o a ese lugar que siempre habitó dentro de nosotros sin llegar a saberlo, ese lugar que se encuentra justo al otro lado de la realidad, porque como ya sucediera en su anterior libro de relatos, La nave de los locos, el realismo mágico que, tan bien domina, se cuela por las historias de los trece relatos de Distintas forma de ir a la deriva. En este sentido, el dominio lingüístico y del idioma que profesa la autora sevillana en cada momento es prodigioso, por lo bien utilizados que están los términos que nos propone y la cantidad de palabras nuevas con las que adorna sus historias, lo que nos da como resultado un magnífico ejercicio de estilo muy pocas veces paladeable en el panorama literario español, en el cada vez, utilizamos menos palabras a la hora de construir historias, sin duda, en beneficio del nivel medio de los futuros lectores, o esa es la excusa que nos ponen las editoriales. De ahí, que la libertad que se respira en este libro, sea otra de esas cualidades que brilla con luz propia y que se traducen en las magníficas frases o versos que anteceden a cada uno de los relatos, o en los dibujos que están en la contrapágina del inicio de cada relato, y que en sí mismos, merecen comentario aparte. Dibujos de Lucía Martel Marqués, (hija de la autora) que expresan muy bien eso de que menos es más, porque su sencillez y su trazo fino definen muy bien la fragilidad y esencia de cada relato; un acierto que se traslada a su esquematismo de sus líneas y formas, pues por sí solos nos hablan de lo que es la vida: un contrapunto en el que siempre sobresale en algún momento ese color rojo de la sangre, la pasión, la vida…

Dentro de las múltiples formas de morir que caracterizan a los primeros relatos de Distintas formas de ir a la deriva en, No me culpen a mí, asistimos a lo que podríamos denominar como la plenitud de la soledad a través del esbozo de la avaricia disfrazada de tesoro, pero también de la búsqueda del anhelo o la muesca en el revólver. Ecos del oeste americano que nos demuestran una capacidad narrativa desbordante para entretejer el tiempo y sus intenciones, así como, los arrebatos y medias verdades, bajo el perfecto dominio del tiempo y la elipsis. Un juego temporal que en, Poemas para una niña muerta, devienen en deseos entrecruzados y alejados de cualquier realidad tangible. Este relato es como un sueño en el que el realismo mágico se desliza hacia lo imposible, aunque ese imposible parece no alcanzarse nunca, porque en el siguiente párrafo de su transcurso sufrimos un nuevo arrebato. Aquí asistimos a la inclemencia narrativa por parte de la autora, tanto a la hora de tratar a sus personajes como a los lectores; una inclemencia que se traduce en un magnífico poema final: «No habrá sino recuerdos/ Oh, tardes merecidas por la pena,/ noches esperanzadas de mirarte,/ campos de mi camino, firmamento/ que estoy viendo y perdiendo...», sensación que se traslada al siguiente relato, Es verdad que cuando lo hice estaba como una cuba, en el que de situaciones absurdas e inesperadas, la narradora nos somete al análisis de cuestiones esenciales, o a priori, primordiales para los personajes de sus relatos que, como en este caso, acaban en caprichos macabros, de esos que permanecen dormidos en el umbral de los deseos. 

En Día de difuntos se pone de nuevo de manifiesto ese gran manejo del lenguaje que atesora Elena Marqués, donde la profusión de palabras y expresiones latinoamericanas hacen más vivaz el relato que, por otra parte, aparece cargado de miedo y de muerte, de difuntos y supersticiones, en definitiva, de acertijos de la vida y sus múltiples escondrijos. Escondrijos que nos siguen llevando a esa deriva anunciada en el título, y que, en Razones para el regreso, posee un final impactante y demoledor, donde la muerte se convierte en la sonrisa amarga del regreso a la tierra donde se nació, a la casa donde se habitó y a la infancia feliz que ahora tan sólo es un recuerdo. Aquí, el regreso es como el camino invertido de la vida. Un tema, como es el de los refugiados, que también se trata en Marea con jazmines, donde los sueños con los que se nutre la esperanza desdeñan y retan a la inocencia de un niño y a su capacidad de crear nuevos mundos apegados a un padre que ya no está, pero que, sin embargo, en el recuerdo del hijo permanece la necesidad  de que siga habitando dentro de su alma; alma rota y ciega por la muerte. Este relato, como otros que conforman esta recopilación, han sido premiados en diferentes concursos que se celebran a lo largo y ancho de la geografía española lo que ya nos habla de la calidad de los mismos. Así, en Canciones de ida y vuelta, asistimos al lado más intimista de la autora, donde su imaginación se traduce en la posibilidad de reducir el sufrimiento en el prójimo con la esperanza de llegar a concebir los ecos de los recuerdos igual que un salvavidas que trasciende más allá de cualquier frontera. Aquí, los sueños y los recuerdos son como la rueda de un molino, que se mueve sin cesar y sin otra necesidad que la del agua nueva; un agua que, sin embargo, es igual a la anterior y a la anterior; un agua que simboliza el paso de los días de una vida, en la que en ciertas ocasiones, nos quedamos anclados en un punto fijo que nos cambia para siempre la manera de sentir y fijar nuestra mirada en el mundo, quizá, porque «...En todos los cielos hallo una luna creciente/ y el silencio terco de las estrellas». 

La muerte de una persona cuando la figura del amado desaparece de su vida está presente en La flor de su locura. Muerte figurada e ilustrativa que entierra las ilusiones transparentes de aquel que sólo busca la inocente caricia del amor. ¿Qué se puede hacer ante el maltrato de los sentimientos?, pues quizá, escapar del fortín de la desdicha con lo puesto, para de esa forma resucitar y empezar de nuevo. Esa capacidad de comenzar también se halla presente en el realismo mágico que se impone en El gaucho, un relato  de mentiras aletargadas en el tiempo y en esa necesidad de lo nuevo y lo distinto que los habitantes de un pequeño pueblo tienen para poder salir de la rutina y de su forma de vivir, anclada en la monotonía, pues muchas veces nos tenemos que mentir para poder seguir viviendo. El domino del lenguaje vuelve a relucir en este relato, con una depurada técnica en cuanto al uso de vocablos argentinos que delimitan muy bien al protagonista y a la atmósfera del cuento. Una atmósfera que ese torna en mágica en el mejor relato de todos, El tiempo no es el tiempo, donde lo mágico y cadencioso se transforman en un sueño hecho realidad bajo el estigma del amor y los recuerdos. El paso del tiempo es el testigo de una devoción del pasado que, sin embargo, para su protagonista es siempre presente. La muerte, aquí, es otra, pues parte de la poesía, el ritmo pausado y la alegoría «el olor inconfundible de las nueces, las rosas y las campánulas... el aleteo insomne de miles de mariposas invisibles» como invisible es la mano de la narradora en pos de la artesanía de un cuento perfecto en su armazón e intenciones pues te invitan a leerlo en más de una ocasión, por la fantástica recreación de la atmósfera  de la casa en la que vive a través de los recuerdos su protagonista, Rosa Fonseca. 

El último verano es parecido a un mal sueño, donde los ecos de los recuerdos y la realidad se fusionan y confunden, como si lo vivido y lo soñado fuesen una misma cosa. La virtud de este relato está en su ritmo y en ese juego de dobles intenciones con el que la narradora encandila al lector y le hace creer y soñar con otros mundos. Un mundo, el de la derrota y la muerte del artista que quiere serlo sin conseguirlo es el que cierra esta recopilación de relatos, y que lleva por título Juegos florales; una historia montada a través de varias cartas, donde Pepín Bello y Homero Santibáñez, se dan la mano y se buscan a la hora de explorar sus propias mentiras que aquí, proceden de la literatura y ese ansía por salir de un anonimato que quizá no se merezcan o nos merezcamos. 

En definitiva, Distintas formas de ir a la deriva, es una nueva muestra de la maestría en cuanto al estilo y el dominio del lenguaje de la escritora Elena Marqués, una voz a tener muy en cuenta en en panorama narrativo español, pues no en vano, maneja la literatura con la intención de hacernos soñar y vivir otras vidas y visitar otros mundos. 

Ángel Silvelo Gabriel. 

martes, 20 de junio de 2017

ÁNGEL SILVELO PRESENTA SU NOVELA, "EL JUEGO DE LOS DESEOS", EN EL EPISCOPIO DE ÁVILA, A LAS 20:00 HORAS, DENTRO DEL CICLO DE AUTORES ABULENSES QUE ORGANIZADO EL AYUNTAMIENTO DE ÁVILA


 
El juego de los deseos es la historia de tres mujeres que, aparte de luchar contra sí mismas y su destino, tendrán que hacerlo contra un caso de acoso sexual dentro las Fuerzas Armadas que, en este caso, el autor aborda desde el punto de vista garantista de su marco jurídico y normativo. El acoso sexual, pero no sólo éste, sino también las consecuencias que la guerra tiene sobre las mujeres que allí prestan sus servicios en las Unidades del Ejército en las que están destinadas, sirven de marco existencial para esta aventura narrada en un tono poético y a veces desgarrador, y que está concebida, en cuanto a su esencia, como la película Thelma y Louise. 

En este sentido, y al final de ese dilema, Laura manifiesta un lamento: «Mi trabajo, aquí, consiste en ayudar en las labores de reconstrucción de este país en guerra: un objetivo que la sociedad civil española desconoce por completo, pero este, es un matiz que no me importa, porque cuando atravieso la frontera fortificada a la que he sido destinada, inicio mi labor de aprendizaje...» 

Adela, en un momento de su vida, lo único que quiere es huir lo más lejos posible de la muerte y la derrota, y lo hace sobre las ruedas de un autobús donde lo más cercano es hacerlo por el letrero de salida de emergencia sobre el que apoya su cabeza y sus recuerdos: «me vence el desánimo y creo que este viaje no tiene salida, quizá por eso no pienso y me limito a contemplar el paisaje a través de la transparente protección de un cristal que hace las veces de una salida de emergencia, como si ese fuera mi mejor escudo protector, un fino y transparente vidrio que deja al descubierto mi cara, mi cuerpo y mis sueños…» 

Por otro lado, Galiana se muestra incapaz de traspasar la frontera que le lleve hacia una nueva vida, porque no concibe el mundo sin el recuerdo de la marca familiar que marcha pegada a su pasado de una forma trágica y cruel. «¿Por qué no nací más dócil e ingenua?, pero por mucho que lo piense, sé que estoy dominada por un potente ciclón que siempre consigue que no me calle ante lo que yo creo que es injusto. Ya sé que es mi criterio, y que puedo estar muy equivocada, pero es un instinto al que no puedo renunciar», confiesa esta joven mujer soldado.

En El juego de los deseos se concitan las encrucijadas del odio y del amor, y lo harán, mirada tras mirada, deseo tras deseo, silencio tras silencio, porque igual que Píndaro y sus cantos al vino, Laura, Adela y Galiana se comportarán como las odas que los bardos componen en las raíces oscuras de una noche sin luna, pues nunca encontrarán algo de paz en ellas. Sin embargo, esa será también la única posibilidad que les quedará para vencer a la melancolía capaz de romper las barreras del tiempo, para de esa forma, tejer con los restos del naufragio algo de ese amor con el que siempre han soñado. «No era sexo, tampoco vicio./ Esa noche lánguida, de nombre impronunciable,/ perseguida y angustiada,/ quiso no ser menos./ No hubo ni humo, ni colillas, ni tráfico./ La torpeza hizo que la sensación de olvidar diera paso a recordar./ La ciudad se había empequeñecido,/ y de la sombra sobresalía una casa» (extracto del poema, El hogar de los vientos, de Manuela Pérez Masedo). 

lunes, 19 de junio de 2017

RAMÓN SURROCA PRESENTA SU NOVELA, LENTA LUZ DE LA HABANA, EN LA LIBRERÍA RAFAEL ALBERTI DE MADRID EL SÁBADO 24 DE JUNIO A LAS 13:00 HORAS


 

Ramón Surroca (Barcelona, 1966) licenciado en Filosofía y en Ciencias de la educación por la Universitat de Barcelona, desde 1991 ejerce de profesor de bachillerato.

Después de un viaje a Cuba, a los cuarenta años publica la primera novela, Lenta llum de l'Havana (2006), traducida al castellano en 2017 con el título Lenta luz de la Habana. El año siguiente aparece una segunda novela, Memòria de sal (2007), inspirada en el crucero universitario organizado durante el gobierno de la República española, que es traducida también al castellano, en 2013. L'aparador desert (2011) es su tercera obra, una novela alrededor de los dilemas del arte contemporáneo, el modelo de ciudad que ha adoptado Barcelona y el descubrimiento de la literatura como refugio frente la pérdida de sustancia de la ciudad y del arte. En 2014 aparece una nueva novela, La sang ferida, que habla del amor y del dolor, de la verdad que respira, intacta, en el engaño, de cómo la fidelidad a uno mismo y a los propios sentimientos puede hacer vibrar otra vez el mundo que creíamos perdido para siempre.

Es socio de la Associació d'Escriptors en Llengua Catalana.


Lenta luz de la Habana cuenta la historia de un grupo de amigos cubanos que han constituido una organización de acogida de turistas denominada la cooperativa. De la mano de la pareja protagonista, proveniente de Barcelona, asistimos a las complicadas vicisitudes a las que se ven sometidos los miembros de esta organización familiar como consecuencia de las condiciones políticas y económicas que padece la isla. Lenta luz de la Habana retrata el anhelo utópico que todavía persiste en muchos cubanos a pesar de las sombras que proyecta sobre ellos un régimen que se presentó como liberador y ha terminado convirtiéndose en totalitario. 

Ramón Surroca en Lenta luz de La Habana también nos plantea, entre otras muchas cosas, no sólo la necesidad de la lucha por unos ideales, sino la importancia de la necesidad de la esperanza. Un pueblo sin esperanza es un pueblo muerto, y es ahí, donde el narrador de esta historia lucha contra sí mismo y su propio abatimiento cuando comprueba de primera mano el estado real de los cubanos que en su día apoyaron la “idealidad revolucionaria”. En este sentido, hay un juego de espejos que emiten imágenes y reflejos en varias direcciones, pues si los cubanos añoran la libertad con la que se vive en Occidente, el narrador siente lo contrario cuando ve el espíritu de lucha y sacrifico que tienen los cubanos a la hora de seguir manteniendo vivo el valor de unos ideales que han naufragado en su ejecución práctica con el paso de los años. Y de ahí deviene el sentimiento de culpa del narrador por ser embajador involuntario de un mundo anhelado por los demás. Sin embargo, hay una última posibilidad para la esperanza, y esta no es otra que la oportunidad del diálogo que nos presenta la opción de explorar los conceptos de “idealidad revolucionaria” —que han llevado al narrador y a Caterina a Cuba—, y el de la “rebelión” ante la severa experiencia de la situación real de los cubanos. Y es en esa confrontación biunívoca donde unos y otros ensalzan aquello que no tienen. 

No obstante, la novela es también un viaje interior en el que su protagonista pone en cuestión su forma de ver y entender la vida, sus ideas y sus ideales. Y de esa obsesión nace este collage al que el narrador ha titulado como Lenta luz de La Habana que, tal y como él nos apunta, sus personajes «simbolizan la fe en valores que nunca debería abandonar el ser humano». A lo que hay que añadir que Ramón Surroca lo hace desde el punto de vista del narrador omnisciente, intentado mantener siempre ese punto de equilibrio entre lo vivido y lo recordado, lo visto y lo sentido, lo deseado y lo negado, lo que le proporciona a la historia un plus de autenticidad, pues en ningún momento se nos trata de llevar manipular, sino que más bien todo lo contrario, porque el autor se limita a mostrarnos aquello que él vivió hace algo más de veintidós años, y de esa forma, que cada lector extraiga sus propias conclusiones. En este sentido, cabría apuntar que estamos ante una novela atmosférica, no sólo por esas tormentas tropicales y lluvias torrenciales que acompañan el devenir de los personajes en esos momentos del día donde parece que todo se desvanece, sino que esta sensación también se produce cuando el narrador aborda las abundantes y minuciosas descripciones del entorno que visita, y cuando describe las impresiones que le sugieren cada uno de los personajes, a las que en muchas ocasiones el autor remata con una frase certera, por lo profundo de su mensaje; y brillante, por los magníficos juegos de imágenes que consigue con sus metáforas.

domingo, 18 de junio de 2017

LA NOCHE ETERNA.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


 
La noche eterna se cierne sobre nuestros espíritus como el paso del tiempo lo hace sobre nuestros cuerpos. Atrás quedaron los asesinatos y sus asesinos, las guerras y sus armisticios, los honores y su boato. Nada permanece tras el fuego de los fusiles salvo el silencio que, a modo de tormenta, se cierne sobre el olvido. Cuando todo pasó, nuestras metas fueron otras. Ese día, sin apenas darnos cuenta, cambiamos la rigidez de las togas por la ligereza de los bañadores. Y acabamos empapados por el orballo infinito de la rutina, a modo de un nuevo ciclo de vida que comenzó entre petardos y botellas de champán, pero que continuó con la herencia milenaria que a partir de ese momento recayó sobre nuestros hombros. Nosotros representábamos la justicia y la esperanza fundidas en la ausencia de los rencores. Sin embargo, ahí acabó todo, porque después ya no hubo ni más victorias ni más fiestas que celebrar, sino sólo días no vividos en forma de una orden de desahucio en mi menor. Nuestras grandes esperanzas decayeron como falsos espejismos bajo el manto del olvido. La vida es lo que tiene, pues nada es lo que parece, y como en el juicio final todo se reduce a un juego de contrarios en el que cuando cae el telón sólo queda la noche eterna. 
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

viernes, 16 de junio de 2017

BEAT ATTITUDE, ANTOLOGÍA DE MUJERES POETAS DE LA GENERACIÓN BEAT: LA OTRA CARA DEL LATIDO ENGENDRADO POR HOWL


Borrar las huellas del camino para no marchar a la sombra de aquellos que trazaron una nueva ruta on the road; marcar distancias sensoriales, temáticas y poéticas que no las estigmatizaran con ese aullido maldito de amor masculino; enfrentarse a la vida con la mirada propia, ausente y alejada de cualquier hombre, porque ellas también estuvieron allí: amando, engendrando hijos, escribiendo... Ellas fueron la otra cara del latido engendrado por Howl (poema épico del movimiento beat), y lo fueron por sí mismas, sin la necesidad de ningún hombre. De ahí, que no es de extrañar que la poesía fuera la modalidad literaria elegida por una buena parte de las mujeres que estuvieron presentes en ese movimiento contra cultural. Lo beat es ese latido al que alude el nombre de la generación, y que en este caso, expresa muy bien el sentido de las composiciones poéticas de las mujeres existentes dentro de este aullido generacional y de la forma de vida rupturista con los convencionalismos existentes en EE.UU. en la década de los años cincuenta tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial. En este sentido, el amor, el sexo, las drogas o las religiones orientales como el budismo, junto con el alcohol, son los temas presentes y predominantes en las breves muestras poéticas de esta antología, que también recalan en las labores domésticas, la menstruación o los hijos, y que recorren muy bien las múltiples sendas de unas mujeres que ejercieron de heroínas de su tiempo, al poner de nuevo en tela de juicio el relegado papel de la mujer en la sociedad. Ellas fueron ignoradas como heroínas rotas y reflejos de una contracultura anclada en una sociedad profundamente machista que, sin embargo, no fue óbice para que ellas expresaran con fuerza sus sentimientos y su particular visión del mundo. Heroínas del lado oscuro de es otro trasluz de Howl; un aullido imperfecto si obviamos a Elise Cowen, Joanne Kyger, Lenore Kandel, Diane di Prima, Denise Levertov, ruthw weiss, Janine Pommy Vega, Hettie Jones, Anne Waldman y Mary Norbert Körte. 

Poemas de naturaleza y su relación con el yo. Sexo, matrimonio y homenaje a aquellos que nos dejaron (Walt Whitman, Ezra Pound…): «nos da por pensar que el viento nocturno huele a mar...», versos del poema, En septiembre de 1961, que apelan a la metáfora de la carretera que va al mar para dibujarnos el destino final de nuestra vida y la de los otros, en los que Denise Levertov mantiene un pulso al paso del tiempo. El tiempo, pero también el amor están muy presentes en los poemas de esta antología. Así, podríamos definir a las composiciones de Lenore Kandel, por lo aquí leído. Poeta del amor, del tacto, del simbolismo que se proyecta sobre esa luz que nos ilumina el alma desde dentro y no desde fuera. Sus poemas alaban a Eros y Psique y a ese encuentro carnal y místico que nos hace flotar cuando estamos enamorados. La hermosura de lo divino y lo animal frente a frente, como una cuchara donde quemar la heroína del mundo entero (DIOS/AMOR): «estoy desnuda contra ti/ y muevo mi boca despacio/ anhelo besarte/ y mi lengua te alaba/ eres hermoso…/ tu cara sobre mí/ es la cara de todos los dioses/ y demonios hermosos/ tus ojos…// el amor toca el amor/ el templo y el dios/ son uno» como uno es el ritmo interno de los versos sin puntuación de la activista Lenore. 

Elise Cowen fue la esporádica amante de Allen Ginsberg que finalmente se suicidó, quizá, por eso, sus poemas son como ese Satán dibujado con los lápices del horror, la locura y el abismo. Amor malvado, heroína recalcitrante que nos aleja de la posibilidad del éxtasis a través del amor: «Quise un coño de placer dorado/ más puro que la heroína/ Para honrate/ Un corazón tan grande/ que puedas quitarte los zapatos y estirate». Más allá de la muerte, Diane di Prima nos ofrece poemas sobre la maternidad no anhelada, la ausencia de los hijos y del amor. Cadencias y repeticiones que nos muestran una vida de ritmos fijos, pero caóticos; nihilistas, pero aferrados al otro; feministas, pero que hablan de los hombres. Amor y poesía, pasión y sueños en una misma línea, en un mismo anhelo que nos proporciona la posibilidad de la otra vida: «Cielo/ cuando te abras paso/ encontrarás/ una poeta,/ apenas la opción ideal// No puedo prometerte/ que nunca pasarás hambre/ o que no estarás triste/ en este mundo/ descuartizado/ y reducido a cenizas// pero puedo enseñarte/ cielo/ a amar tanto/ que tu corazón se rompa/ por siempre jamás.» Esa innata búsqueda del otro también está presente en Hettie Jones, pues sus poemas anidan en ese anclaje que es un puro reflejo, para que de ese modo, las experiencias propias surjan de las otras, ajenas pero a la vez intrínsecas a cualquier ser humano. El sexo vuelve a estar presente, aunque esta vez sea tan volátil como una hoja suspendida en el aire. 

Joanne Kyger estuvo casada con Gary Snyder y tuvo relación con Allen Ginsberg y su amante, Peter Orlovsky, lo que, sin embargo, no le supuso ningún inconveniente artístico, pues desde la publicación de su primer libro de poemas en 1965, ha publicado más de veinte libros de poesía y prosa. Los poemas de esta antología abarcan el leitmotiv de la “casa”, no como espacio físico, sino como un lugar a conquistar, deseado y temido a la vez, tenebroso y un tanto alejado de la “libertad”: «Ella se acerca/ un largo paseo a sus espaldas/ y la batalla de lo que aún está por venir./ La suciedad lo cubre/ todo sin gracia/ y la ropa sucia lleva en remojo dos días en el fregadero./ Estoy preocupada./ La mujer histérica chilla en la cocina.» Ritmos que se convierte en pura oralidad en los textos hermanados con el jazz de la alemana ruth weiss, pues sus poemas se asemejan a letras de canciones con estribillos internos que, en sí mismos, representan la capacidad intrínseca del ritmo del poema y su vertiginosa oralidad. Tú, el tú, uno, él; todo y nada en la voz poética que rompe el silencio de unas nalgas adormecidas por el runrún de la esfera que representa el mundo. 

El amor y su ausencia crepitan como llamas en una hoguera en los versos de Janine Pommy Vega. Ojos que lo abarcan todo: el viaje, el viajero y lo pensado porque es omitido. Hay voces, huecos y raíces que simbolizan ese amor no correspondido, los poemas no escritos, las canciones no cantadas… Elixir inabarcable el del poeta que se dedica a crear para sí mismo y para la introspectiva soledad de aquellos que necesitan de sus salmos taimados en la noche: «Ahora soy esbelta y me doblo como el viento/ como un brote verde cuya flor son/ olas desplumadas entre las hierbas/ En la calle busco promesas en secreto/ de completos desconocidos, la parte blanda/ bajo los huesos oscuros que se propaga.» Un amor que, en las composiciones de Mary Norbert Körte, es amor platónico y universal hacia un ente superior y único que transmite señales que se convierten en espectros de luz que acaban derramándose sobre los bosques y la naturaleza. Hay cosas asombrosas y extraterrestres. Hay extrañeza ante una vida fuera de los muros de un convento. Hay libertad matizada por la presencia de Dios. Ese Dios que todo lo ve, lo sabe y lo guía. Sin embargo, el mundo de Anne Waldman es otro. Esta prolífica y revolucionaria poeta se considera afín a la segunda generación beat y, quizá, por ello, una parte sus composiciones se pronuncian entorno a la creación y sus protagonistas; protagonistas como Allen o Burroughs, a los que rinde homenaje. Alabanzas o recuerdos que trascienden lo particular para situar su punto de mira en lo que en verdad importa: el mundo. «Yo construyo el mundo y lo mato mes a mes» Profundidad en el mensaje de este largo y portentoso poema que cierra la antología, La grieta del mundo: «Mi mente se retuerce/ El óvulo no ha sido fertilizado/ Observo la grieta del mundo». Un mundo y su grieta que transcurre fuera de su endometrio y que huela a adelfa. Aquí la voz poética se transmuta en la diosa del universo, pues ella en sí misma es la que posee el verdadero poder de la creación. Aquí no se responsabiliza a la mujer sino al hombre..., a los hombres, de esa falta de fertilización: «El óvulo no ha sido fertilizado/ El hombre no lo ha hecho/ Yo cubro todas las eventualidades/ la maliciosa/ o la puritana que pisa un mundo fecundo/ Las palabras cantan a la caída del endometrio/ Las palabras bajan hasta mi vientre»; vientre fecundo el de las palabras, porque de él será el reino de la creación; una creación que en este caso, viene representada por la otra cara del latido engendrado por Howl. 

Ángel Silvelo Gabriel. 

miércoles, 14 de junio de 2017

CRÓNICA DE LA ENTREGA DE PREMIOS DEL CONCURSO DE RELATOS “DIME QUE ME QUIERES” DEL AYUNTAMIENTO DE MÁLAGA, EDICIÓN 2017: ENTRE LA TUMBACRISTOS Y EL NO TRASLADO DE LOS RESTOS DE JANE BOWLES DEL CEMENTERIO DE SAN MIGUEL


 
El silencio en el que se guardan los verdaderos sueños es, aparte de una nube en la que gobierna la ausencia de sonidos, un espacio en el poder llenar de imágenes nuestras propias palabras. Palabras de emoción, agradecimiento, o simple pasión que nadie entenderá en verdad, salvo que le haya ocurrido lo mismo alguna vez en su vida. Siempre decimos que la vida te da y te quita, pero en demasiadas ocasiones, no somos conscientes del verdadero significado de esa frase hasta que ésta se muestra magnánima y nos proporciona ese pequeño campo de sueños que nos permite correr un buen trecho sin llegar a tocar el suelo, como si fuéramos reflejos de ese Fernando Pessoa inmortalizado caminando por La Baixa (en las escasas fotografías que se tienen de él), donde en la mayoría de las ocasiones parece que anda a la fuga. Esa huida sinfín es lo más parecido a una sensación de espacios no recorridos, pero sí imaginados; y esa es la sensación que que tuve cuando supe que, aparte de ganar el Primer Premio a Nivel Nacional del Concurso de Relatos Declaraciones de Amor “Dime que me quieres” organizado por el Ayuntamiento de Málaga a través de su red de Bibliotecas Públicas Municipales del año 2017, tendría que ir a recogerlo y decir unas palabras. Una emoción que fue en aumento cuando el pasado sábado 10 de junio comprobé que el acto tendría lugar en el mismo salón de actos en el que años atrás estuve presente en el coloquio en el que intervinieron Jorge Herralde, Vicente Molina Foix y Juan Bonilla dentro del ciclo El mundo de los Bowles organizado por el Instituto Municipal del Libro de Málaga, dirigido entonces por Alfredo Taján. 

Como ya hiciera en mi anterior visita a la ciudad malagueña, cuando dos años atrás presenté mi novela Los últimos pasos de John Keats en la Librería Luces de la ciudad, pensé que el grueso de mi intervención tendría que versar sobre los puntos de conexión que un servidor, tuvo y tiene, con Málaga y sus gentes. Así, después de agradecer al jurado compuesto, por las escritoras Herminia Luque e Isabel Bono y la profesora de la UAM Amparo Quiles, al considerar a mi relato Tragedia, redención y fortuna de La Tumbacristos como merecedor de la más alta distinción del concurso, inicié mi particular retahíla de acontecimientos vitales que me unían a la ciudad malagueña, y que comenzaron por la figura de la escritora norteamericana Jane Bowles, a la que conocí por mediación de mi mujer Manuela hace ya muchos años. Un conocimiento que se transformó en devoción y que nos llevó años más tarde a visitar el cementerio de la ciudad donde estaba enterrada en una de las paradas de nuestro viaje de novios por Andalucía. Llegado a este punto de mi discurso, cuando referí que más tarde visitaríamos su tumba, ahora sí, instalada en un lugar preferente del actual cementerio histórico de San Miguel, los allí presentes, encabezados por la Concejala de Cultura del Ayuntamiento de Málaga me hicieron la observación de que los restos de Jane Bowles habían sido trasladados al cementerio inglés, muy cercano a donde se celebraba el acto de la entrega de premios (Museo del Patrimonio Municipal, sito en el Paseo de Reding, 1) y que la lápida había sido desmontada. Ante la extrañeza de tal aseveración por parte de Manuela y mía, al acabar el acto decidimos acercarnos al cementerio Inglés para tomar razón de ese nuevo enterramiento. Hecho que no se había producido, según pudimos comprobar en el listado de personas enterradas en dicho recinto, entre los que sí se encontraba, por ejemplo, Gerald Brenan. No conformes con eso, decidimos ir al día siguiente (tal y como teníamos previsto desde un principio) al cementerio de San Miguel, donde pudimos comprobar de primera mano que Jane, sus restos y la hermosa lápida negro grafito de 1.500 kilos de peso en la que están inscritas las palabras con las que el escritor norteamericano Truman Capote la definía: “Cabeza de gardenia”, sigue allí donde debe de estar, pues no hay nada más penoso para un difunto que no permitirle descansar en paz; una paz exenta de traslados caprichosos y del todo injustificables por las corrientes políticas de turno. Jane Bowles sigue siendo una de esas grandes olvidadas de la literatura que, sin embargo, para todos aquellos que conocemos su obra siempre sabremos que su genialidad es la de los grandes; y no sólo eso, pues su figura comienza a ser tan alargada o más que la su reconocido marido Paul Bowles, una persona con muchas más dobleces que la directa Jane, Jenny para Emilio Sanz de Soto-Lyons, que, si bien es verdad que no pudo disfrutar con total claridad de la hermosa luz de Málaga, seguro que su alma llegó a encontrar esa especie de calma de la que no logró disfrutar a lo largo de su vida, ya fuese por su madre, su marido, las drogas, el alcohol o Cherifa (un Satanás con forma de mujer), pues ninguno de ellos la ayudaron a compaginar literatura y vida de una forma armoniosa. Málaga, para ella, más allá de la clínica de reposo Los Ángeles y los tratamientos de electroshock a los que la sometió el doctor Ortiz Ramos, fue ese lugar que requiere del silencio y el recogimiento para llegar a percibir el verdadero sentido de la vida, ése que los espíritus atormentados necesitan para llegar a ver la luz que se esconde detrás de la línea del horizonte. 

Ateniéndome a la razón que esta vez me llevó a la Ciudad de la Luz, puedo expresar que, Tragedia, redención y fortuna de La Tumbacristos es un relato que se asemeja a un tríptico, cuyas diferentes tablas nos muestra cada una de las posibilidades por las que el ser humano puede pasar a lo largo de su vida, y que en sí mismas, son como esas fotos fijas que simbolizan lo mejor y lo peor de nosotros mismos. Con él, yo también he querido rendir un modesto homenaje a todos los grandes y pequeños olvidados del mundo como he explicado antes, pero también, he querido dejar un rayo de esperanza suspendido en el aire que, a modo de espada mágica, nos sirva para tocarnos el corazón y recordarnos que aunque no seamos ni conocidos ni famosos sí somos los verdaderos y auténticos protagonistas de nuestras vidas, algo que nunca deberíamos olvidar, porque eso es lo que en verdad importa. 

Ángel Silvelo Gabriel. 

martes, 13 de junio de 2017

FERNANDO PESSOA, 13 DE JUNIO DE 2017, CUMPLE 129 AÑOS DESDE EL PANTEÓN DE LOS PORTUGUESES ILUSTRES DEL MONASTERIO DE LOS JERÓNIMOS EN BELÉM


 

Hoy se cumplen 129 años del nacimiento del poeta portugués en el cuarto izquierda del número 4 del Largo de San Carlos, frente a la Ópera de Lisboa. «Lisboa con sus casas/ de varios colores…/ A fuerza de diferente, esto es monótono, como, a fuerza de sentir, me quedo sólo pensando./ Sí, de noche, acostado pero despierto/ en la lucidez inútil de no poder dormir,/ quiero imaginarme alguna cosa/ y siempre surge otra (porque hay sueño,/ y, porque hay sueño, un poco de ensueño),/ quiero extender esa mirada con la que imagino hasta los grandes palmares fantásticos,/ pero no veo nada más,/ contra una especie de lado de dentro de los párpados,/ que Lisboa con sus casas/ de varios colores.»[1]


Lisboa y Pessoa, Pessoa y Lisboa es la relación de un eco mudo que deviene en aullido de genialidad con el transcurrir de los tiempos, porque su obra tiene la ventaja de dejar huellas que más tarde se podrán visitar y revisitar, como hacía él desde que cayó en las redes de la heteronimia pessoana. Pessoa, ese hombre que no se mojaba los pies en los charcos, se difuminó por las calles de Lisboa de la misma forma que la bruma que empaña las aguas del Tajo a su paso por la capital portuguesa lo hacía sobre sus recuerdos. Pessoa habitó un gran número de inmuebles de Lisboa, pero la mayoría de las ocasiones lo hizo en cuartos alquilados que nos hablaban de esa provisionalidad suya para con las cuestiones más materiales de su existencia; una existencia consagrada a la literatura, donde ni siquiera el amor tuvo la oportunidad de compartir. Baste recordar lo que le dijo a Ofélia Queiroz cuando se despidió de ella: "toda mi vida gira en torno a la literatura, buena o mala, lo que sea, lo que pueda ser..." Ese poder ser Pessoa lo revertió a través de sus heterónimos que, como distintas voces de capacidad creativa y diferentes voces con las que revisitar su conciencia, fueron testigos, a la vez que las pruebas más reales, de esa diversidad a la hora de concebir la literatura y el universo propio y ajeno del genial poeta y escritor portugués. Esa riqueza de voces le llevaron a vivir en un constante mundo interior que sólo abandonaba dos veces por semana para traducir cartas en las agencias comerciales de La Baixa, dedicando el resto de su tiempo a la literatura. Sin embargo, sus múltiples inquietudes, puestas de manifiesto desde su más temprana juventud, le dispersaron el ánimo creativo en una infinitud de facetas y cambios constantes. La provisionalidad podría ser una de las señas de identidad del Pessoa creador, a la que habría que unir, la constante transformación de sus ideas y estados de ánimos, una inestabilidad que le perjudicó y le benefició a la vez. Uno entre muchos, o muchos en sí mismo, serían dos acepciones que encajarían muy bien en la definición de su persona, de su obra y de su forma de estar, de ser y de permanecer en la vida y en este mundo, que a él se le hizo pequeño. Poco se habla de su afición por el esoterismo, los horóscopos o esa innata necesidad de conocer el futuro y el más allá. Todas ellas, eran el tipo de batallas que libraba contra sí mismo. Un absentismo vital con el mundo exterior, que comenzaba cuando anteponía todo su carácter a la hora de consumir el tiempo hablando con aquellos a los que no consideraba como iguales intelectualmente. Esa altanería, escondía, sin duda, su timidez, pero también la necesidad del saber por el saber, una afición que compartía con delectación con su gran amigo Sá-Carneiro, que tras su suicidio le dejó aún más solo ante el mundo. «Bajo el leve cuidado/ de negligentes dioses,/ quiero gastar las concedidas horas/ de mi predestinada vida.


Nada pudiendo contra/ el ser que ellos me dieron,/ deseos que al menos el Hado me haya dado/ la paz como destino.

De la verdad no quiero/ más que la vida; pues los dioses/ dan vida y no verdad, y tal vez ni ellos/ sepan qué es la verdad.»[2] 

En la soledad del mundo y de sí mismo habitó Pessoa, y lo hizo acompañado de aquellas calles, aceras, inmuebles e imágenes que él convirtió en su propio paraíso a modo de yo mayestático que sin embargo convirtió en universal a través de su existencia aislada, bohemia, pero sobre todo, literaria, pues no conoció mayor entrega que la de las palabras.  

Ángel Silvelo Gabriel.

[1]      PESSOA, Fernando, Un corazón de nadie, Antología poética (1913-1935), op. cit., pp. 469 y 471.
 
[2]      Poema Bajo el leve cuidado. PESSOA, Fernando (bajo el heterónimo de Ricardo Reis). Los dioses desterrados, op. cit., p. 242.

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  4.  
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  6.  
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lunes, 12 de junio de 2017

EL JUEGO DE LOS DESEOS VISTA POR ELOÍSA MARTÍNEZ: BAJO LA ENCRUCIJADA DE LA MAGIA DE LOS NÚMEROS PRIMOS


 
Hola, Ángel:  

¡Bravo, has vuelto a hacerlo! He leído El juego de los deseos y me ha encantado.  Aquí van, como te prometí, mis impresiones. 

En primer lugar, te ruego que tengas en consideración que soy, como se decía en mi época, de ciencias. Lo que me resultaba más fácil eran las ciencias. Matemáticas, física. Mi sueño era estudiar ciencias exactas, ya sabes la magia de los números primos, la serie de Fibonacci, base de la Proporción Áurea, el milagro de los números. Yo, al contrario que Adela, tenía todo el apoyo de mi padre para cumplir mi sueño, pero cuando llegó el momento renuncié voluntariamente a él para casarme. Lo más triste de esa decisión fue la desilusión de mi padre. 

Te cuento esto para que comprendas que no me siento capacitada para hacer críticas literarias, pero eso sí, la lectura me apasiona.  Es más que una afición, es una necesidad. 

Así que, como simple lectora, aquí va mi impresión sobre El juego de los deseos. Tal vez te parezca un contrasentido, pero es como me esperaba al tiempo que me ha sorprendido enormemente. Es como me esperaba de un libro tuyo, tierno, intimista, lleno de sentimiento, de poesía. Pero me ha sorprendido como has sabido plasmar las personalidades de estas tres mujeres tan distintas y tan iguales. Sus deseos, anhelos, sueños, frustraciones, miedos, y usando en cada una sus propias palabras, no las tuyas, las de ellas. 

Leyendo el libro me he sentido identificada con las tres. Hay frases que podría haberlas dicho yo, sentimientos que he sentido en diferentes momentos.  

Como Adela yo también he alcanzado algún sueño que no ha resultado como lo soñé. También he sentido ira y miedo y dolor. 

Como Laura también he hablado de lo que pensaba pero no de lo que sentía. También creo que todo amor conlleva un dolor y toda esperanza una amargura. 

Como Galiana me he sentido sola, perseguida, asustada. 

Lo que me ha convencido de que todas las mujeres, o mejor dicho, todos los seres humanos somos iguales y distintos a la vez. "¿Cóo sería el mundo si las mujeres lo gobernasen?” Creo que no sería ni mejor ni peor. Sería igual, pero distinto. Solamente si lo gobernase un nuevo ser, mitad hombre y mitad mujer, el mundo podría ser distinto y mejor. 

Sobre los libros tengo una personalísima clasificación:

Los que me distraen, esos que tienen acción, emoción, intriga, que me empujan a llegar al final para saber el desenlace. Los hay muy buenos, se leen deprisa y me hacen pasar muy buenos ratos. Excelentes para huir.

Los que principalmente me enseñan cosas que no sé. Esos que han hecho que me aficione a la Historia, al Arte, a la cultura en general. Esos se leen más despacio porque hay conceptos, datos, hechos que desconozco y que quiero retener y relacionar entre ellos. Son los que han alimentado mi curiosidad sinfín y me dejan siempre con ganas de más.

Por último, los que me hacen sentir apelando a mis emociones, a mi yo más íntimo. Los que conmueven mi corazón y me hacen pensar, sonreír, llorar, soñar. Esos en los que no sólo es importante lo que se dice si no cómo se dice, y que he de leer muy despacito o mejor aún leerlo dos o tres veces seguidas. Primero porque es un placer y segundo porque cada vez encuentro una palabra, una frase que me lleva a otras emociones. 

De estos últimos son tus libros, Ángel. El texto es más música que texto. Las frases elegantes,  los pensamientos delicados y los sentimientos traslucen una ternura de la que el mundo actual está muy falto. 

Me ha encantado y me ha emocionado. No dejes de escribir nunca. 

Y avísame cuando presentes el siguiente, no quiero perdérmelo. 

Un fuerte abrazo,
Eloísa

REFUGIO, TEXTO Y DIRECCIÓN DE MIGUEL DEL ARCO: LA PALABRA COMO ENEMIGO DE LA ESENCIA DEL HOMBRE


En ocasiones, las palabras pierden el sentido para el que fueron creadas, y dejan de ostentar el valor y el simbolismo que en sí mismas poseen. Su contrario y su máximo enemigo ese el silencio, o eso al menos es lo que podríamos suponer antes de ver la obra de teatro Refugio, donde su autor, Miguel del Arco nos expone con buenas dosis de brillantez que no es así, pues el ruido (esa carga de decibelios que en sí mismas poseen las palabras —y su abuso—, tanto en el uso que de ellas hacemos como el volumen de su ejecución sonora), produce en nuestros sentidos una confusión tan alevosa como la del propio silencio cuando se comporta como una carga insoportable para nuestras conciencias, pues ese parece ser el antídoto contra el pensamiento, la racionalidad o la coherencia de los arquetipos de seres humanos que salen a escena en Refugio. Seres pensantes que emplean la palabra como mecanismo de huida de sí mismos, y por ende, de la sociedad, pues es a quien representan. El discurso político, el discurso familiar, el discurso del pasado, del futuro, de la violencia o del remordimiento, son parte de esos tipos de arengas que nos inventamos para no afrontar nuestra propia realidad. Del Arco nos los presenta en la época actual, y nos lo vomita en pequeñas esencias con frases muy bien traídas que nos someten, justo al contrario que a sus personajes, a un espacio para la reflexión. Así, asistimos a la pérdida del poder de las palabras, pues todo deja de tener valor y sentido, como si esa expresión tan valiosa en otros tiempos como era: «Te doy mi palabra», o esta otra de: «Mi palabra vale más que cualquier documento escrito», ya no fueran de este mundo, lo que nos lleva a preguntarnos: ¿qué es la verdad si la palabra que nos sirve como mecanismo de expresión deja de tener valor y sentido? En ese viaje a la deriva que nos propone su autor en Refugio, la religión, la familia, la política o el amor, dejan de tener su propia esencia para convertirse en otras cosa, pues el refugio representado como un inmenso cubo de cristal, es el símbolo de la autodestrucción y no de la defensa. «Mi lugar es el no lugar; mi huella es la no huella», nos recuerda Del Arco por boca de uno de sus personajes, para de ese modo, partir hacia un lugar en el que buscar palabras que nos unan y no nos separen. La carga intergeneracional del texto presente en la representación es ambiciosa y profunda, pues su autor da vida y da la palabra en su texto al antes, al ahora y al futuro, a través de las tres generaciones de una misma familia, y de las distintas necesidades vitales y verbales de cada una de ellas, siendo muy dura, por ejemplo, por lo agresiva que se nos presenta la visión del futuro a través del video juego cargado de violencia que nos representa Mario, como si el alegato punk de los Sex Pistols: «No future», estuviese más en boga que nunca. Pero con todo, este no es el único disparo fratricida sobre el ser humano presente en la obra, pues hay otro que no podemos obviar, por lo bien traído que está a nuestra sociedad actual, como es la clara y nítida crítica a la prensa, gran culpable del disparatado punto de mira al que dirigimos nuestros sueños, porque, quizá, si los medios de comunicación hicieran otro uso y empleo de las noticias que nos proporcionan, y sobre todo, del lenguaje con el que nos las cuentan, sería posible salvar esa barrera que cada vez más nos lleva a la dualidad presente en la obra: REFUGIO = SILENCIO. 

Al otro lado, un recién llegado; un refugiado que no entiende las palabras de la familia que le ha acogido, pero que sí cuenta con las suyas propias. En esa tierra de nadie que para él representa la familia del refugio, él enseguida entiende que se acabó el perdón, pues él también es víctima de las palabras, las suyas, las propias que, en este caso, son las de su mujer que, como un eco procedente del túnel del tiempo, le recuerda que ella y su hijo murieron en ese trágico periplo hacia un mundo mejor al que asistimos en la actualidad. Aquí, está presente, de una forma prodigiosa, la fusión de las tragedias de Oriente y Occidente, pues el ser humano en general, no puede estar más cerca en cuanto a la percepción de su infelicidad y sus desgracias. El personaje de Farid, en la obra de teatro, tiene una doble función, pues por un lado es el aglutinador de los sentimientos no expresados del resto de los personajes, que lo emplean como destinatario de las palabras que nos son capaces de pronunciar sino a un interlocutor del que saben que no tendrán respuesta; y de otra, representa a ese viaje a las estrellas en el que se pierden los desamparados del mundo, pues fijan su miradas en estrellas que no llevan a ninguna parte. Para él, el refugio también es símbolo de autodestrucción, la que tiene que afrontar él ante sí mismo y su conciencia; una conciencia que busca refugio en el silencio y no lo encuentra. 

Comentario aparte merece la escenografía de Paco Azorín, portentosa en la concepción, e impetuosa en la materialidad sobre el escenario y en el simbolismo que se impregna sobre el imaginario de cada uno de los espectadores. La transparencia como accesibilidad y a la vez como muro. La idea de bloque y tribu, de eco y noche, o de posibilidad de cambio y transformación la hacen única y muy acertada, pues nos parece decir a cada momento: tan cerca de los demás y sin embargo tan lejos de nosotros mismos, o viceversa. En esa ambivalencia disfrutamos de las imágenes que se proyectan sobre ese cubo mágico que, al igual que la música, se hacen omnipresentes en la narración de esta tragedia sobre la palabra, cuya máxima expresión —la de la palabra— está perfectamente resuelta por un elenco de actores que está a la altura del texto, y que representan muy bien aquello que nos cuentan. Seguros en sus discursos, potentes en su puesta en escena, creíbles en su percepción de sus respectivos abismos: Carmen Arévalo (Alicia), Israel Elejalde (Suso), Marina Morales (Ana/Sima), Raúl Prieto (Farid), Macarena Sanz (Lola), Beatriz Argüello (Amaya) y Hugo de la Vega (Mario), nos llevan y nos traen por ese mundo de locos que no paran de hablar sin darle ningún valor al poder intrínseco de las palabras, quizá, porque la palabra se esté convirtiendo en el mayor enemigo de la esencia del hombre. 

Ángel Silvelo Gabriel