Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

jueves, 17 de agosto de 2017

EL TRENCILLA.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SIVELO


 
Mi perro me lleva a la carrera. Está especialmente contumaz y tira de mí hasta que llegamos a la estación de tren. Me obliga a entrar en el vestíbulo. Se para y observa. Si la policía lo viera, no dudaría en incluirlo en su nómina. No sé por qué me ha traído hasta aquí, pero mi olfato de leguleyo me dice que algo va a ocurrir y empiezo a establecer la estrategia de nuestra defensa. De pronto, comienza a andar detrás de un señor con chaqueta azul, al que identifico sin dificultad. Le sigue, pero no le ladra. Espera a que abandone el vestíbulo, sabedor de nuestro exiguo éxito si el altercado se produce en un espacio público. Su arbitraje fue nefasto y él no se lo perdona. No me cuesta identificarme con su nuevo forofismo, y por eso, cuando se abalanza sobre él pidiéndole explicaciones, sólo pienso en la cara del juez cuando sepa la verdadera razón de la querella. En el fondo, me siento aliviado, pues sólo le enseñé a leer la página de deportes de los periódicos que llevaba todos los días a casa de mis padres.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

 

domingo, 6 de agosto de 2017

QUERÍAMOS VOLAR.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


 
Queríamos volar como pájaros sin frenos, pero no sabíamos cómo batir nuestros grandes plumeros. Pedimos ayuda a las hadas, pero no fueron capaces de desentrañar el enigma de sus mágicos aleteos. Acudimos solícitas a nuestros mayores, pero no lograron entendernos. Hasta que un día, en nuestro auxilio los sombreros acudieron. Ellos nos dijeron que el deseo de volar era como enhebrar una aguja fuera del costurero. Con un simple movimiento de muñeca, despegaríamos del suelo. Con un enérgico ademán, surcaríamos los cielos. Con el énfasis de los días de gloria, hasta recorreríamos parte del firmamento; y así, en cada nueva ocasión, poseeríamos más argumentos. Entonces, una duda se apoderó de nuestros adentros. ¿Por qué nosotras nunca formamos parte de esos revuelos? Quizá porque seáis pamelas y no sombreros, nos respondieron.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

 

sábado, 5 de agosto de 2017

WOLFGANG HERMANN, DESPEDIDA QUE NO CESA: LA MEMORIA DEL DOLOR


 
Asimilar la muerte del hijo con las herramientas que nos proporcionan las palabras y los recuerdos que, igual que una soga que se va desplazando por nuestro cuello, nos van dejando la marca del dolor. No hay excusas para la huida, pero desandar el camino del amor, la vida y las sensaciones que nos provocan la ausencia, es lo que nos va a permitir distanciarnos del dolor, la muerte y sus consecuencias. Esa especie de ruta del desamparo en la que transita el propio escritor para afrontar desde la auto-ficción la pérdida del hijo, pero también de sus sombras y gestos, lo que le permite al padre reconstruir la esencia de lo perdido para, poco a poco, visualizar ese escenario que la memoria del dolor se niega a ver una y otra vez. Desde un estilo sobrio y, en demasiadas ocasiones, falto de una intensidad lírica acorde a lo que se narra, Wolfgang Hermann nos va dando pistas de aquello que destruyó su vida, sumergiéndose para ello en la luz, el jardín y los cambios que se producen en ambos a lo largo de las estaciones. La luz está muy presente en esta nouvelle publicada por Periférica, y lo está, como demiurgo de las almas perdidas que transitan en busca de algo de amparo y felicidad, por muy exigua que ésta sea. La asimilación de los propios errores llevan al narrador a hacer todo lo posible por encontrar una respuesta, tanto a su vida como a aquella que no vivió por culpa de los otros y de sí mismo. Hay huellas invisibles que en verdad son las que nos marcan el camino, parece decirnos Hermann, y es en ese territorio de lo invisible donde deposita sus escasas certezas a la hora de redimir sus culpas y proyectar sus esperanzas: «Sólo queda el recuerdo, la memoria, el espacio interior, que nadie puede quitarme. ¿Qué nadie puede quitarme? ¿Acaso la irrupción de la catástrofe en mi vida no aplastó mi espacio interior? Vivo en el túnel de imágenes angustiosas e inmutables». Un espacio interior que Hermann doblega con la memoria del dolor. 

Despedida que no cesa es una nueva muestra de una elegía narrativa ante la pérdida de la vida en plena adolescencia; un tiempo donde el cuerpo y la mente están en plan formación, y si bien es verdad que Wolfgang Hermann la afronta con valentía, no acaba de dejarnos ese poso de lo imprescindible cuando la acabas de leer. La frialdad o el mimetismo anti lírico determinan tal aseveración, si bien es cierto que, cuando el autor se aproxima a la auténtica elegía poética, nos hace percibir la intensidad de las sensaciones que una pérdida de este tipo producen en nuestro interior, e incluso nos da un poco de luz dentro de un interior marchito y apagado: «Los záparas, una tribu indígena del Amazonas, se sientan al fuego antes de la salida del sol y se cuentan sus sueños. Sólo entonces puede comenzar el día. Si los sueños son buenos deciden ir de caza. Los záparas eran antes cien mil. Hoy quedan doscientos. Su antiquísimo idioma lo hablan cinco adultos.

Los záparas sueñan su vida antes de vivirla. ¿Será por eso por lo que están a punto de extinguirse en este mundo sin sueños.» En esas coordenadas, donde los sueños se imponen a la realidad, es donde Wolfgang Hermann sitúa su Despedida que no cesa para superar la pérdida del hijo…, y también de la vida.    

Ángel Silvelo Gabriel.

viernes, 4 de agosto de 2017

CORTÁZAR, DE JESÚS MARCHAMALO Y MARC TORICES: UNA BIOGRAFÍA ILUSTRADA ENTRE GAULOISES Y CRONOPIOS


 
Entre gauloises y cronopios; escuelas, institutos y universidades; jardines y soledades; guerras y claroscuros; viajes y trenes; humos y leyendas. Todo ello, adornado por viñetas: grandes, pequeñas; coloridas o en blanco y negro; sugerentes o explícitas; aterradoras o esperanzadoras; limitadoras y sin límites. Así transcurre esta biografía ilustrada del escritor argentino Julio Cortázar concebida por los textos de Jesús Marchamalo y las ilustraciones de Marc Torices. Un encuentro metaliterario que se desarrolla entre el profundo conocimiento de la vida y la obra del escritor argentino por parte del periodista, y la arrebatadora imaginación del joven ilustrador. Uno y otro han sabido darle a este libro ese cariz de único que tiene desde la primera hoja, donde ya asistimos a ese universo único, vital y literario, de un Cortázar alto y desgarbado que siempre estuvo rodeado de una estela de misterio y de acciones a la contra, en ocasiones propiciadas por el despiste, y otras, por la genialidad del que vive para leer y escribir. Abarcar ese mundo tan intrincado y complejo, sin embargo, no parece que haya sido una tarea difícil para Marchamalo, pues nos distribuye esta biografía ilustrada (un magnífico documento didáctico para todos aquellos jóvenes y no tan jóvenes que se quieran adentrar en el universo literario de Cortázar) a través de capítulos, sin otro hilo argumentativo, que el del ensalzamiento de la vida y la obra del escritor argentino, al que como siempre, Marchamalo nos presenta a través de la anécdota que nunca se te olvida, el rasgo que te mantiene en vilo hasta el final, o el matiz que nunca llegarías a sospechar que el protagonista de sus libros tuviera. De nuevo, aquí, el periodista-escritor nos lleva a su terreno, con ese gran poder de la síntesis que posee y la visión del mundo literario desbordante y persuasivo que él atesora. En este sentido, no se nos ocurre un mejor maestro de ceremonias que Marchamalo para dar vida a un personaje literario. Así, en el campo de las anécdotas literarias asistimos, por ejemplo, al encuentro entre Cortázar y Borges cuando el primero aún era un perfecto desconocido, o a las traducciones de la obra de Poe, o como no, a la visita en Roma a la casa donde murió el poeta británico John Keats, a través de cuya ventana se nos sugiere un mundo lleno de libertad y belleza, lo que le llevó a escribir un ensayo que, él nunca quiso que se publicara, sobre el poeta: Imagen de John Keats. 

No obstante, todo lo dicho carecería de un sentido pleno si no fuera por las magníficas ilustraciones de un Marc Torices en estado de gracia, pues gracias a sus dibujos, asistimos sin darnos cuenta a las múltiples transformaciones que él nos propone sobre Cortázar. Un Cortázar, a veces gigante, y otras doblado en su gigantismo para entrar dentro de la viñetas, pero también sugerido a través de ese humo infinito de sus gauloises, muy bien fundido con el de la locomotora como expresión de viaje, libertad y nuevas oportunidades. Cortázar bebé, Cortázar niño, Cortázar joven. Cortázar con barba y sin gafas, Cortázar con barba y gafas, nada se le resiste a este joven ilustrador que ha tardado dos años en darle vida a este hombre alto de uno noventa y tres de estatura; un hombre cargado de leyenda y contradicciones, como no podría ser de otra manera; un hombre de bicis, motos, Citroën dos caballos, o caravanas con las que recorría una autopista por el mero hecho de convertir esa ruta en un hecho literario, como hechos literarios fueran sus relaciones sentimentales o sus viajes en tren, cuando ligero de equipaje, compraba libros de bolsillo a los que iba cortando las páginas según las leía. Quizá, ahí, en esa metáfora de la literatura y el mundo, se encuentre la esencia de esta acertada biografía literaria, única por muchas razones, pues nos permite adentrarnos en un universo literario de la mano del misterio que engendran el humo de los gauloises y los cronopios, y que nos deja con ganas de más, como sólo lo hacen las cosas que merecen la pena ser vividas. 

Ángel Silvelo Gabriel. 

martes, 1 de agosto de 2017

MINOTAUROS ENDIABLADOS.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO PUBLICADO EN BLOGSANFERMÍN 2017


—¿Sancho, tú crees que saldremos de aquesta nueva afronta con lo que me propones, porque si no conseguimos calmar los ánimos de estos bardos metidos a corredores de maitines nunca volveremos a La Mancha?
—Señor, dejémosles que sigan imbuidos en su fe, y si están decididos a correr el encierro a pesar de que usted y yo no seamos los morlacos que ellos pretenden e imaginan en sus mentes, ese es su problema y su afrenta, y no la nuestra. Por ejemplo, nunca nadie nos vio en un encierro y, sin embargo, aquí estamos, en Pamplona. ¡Dejémosles correr entonces!, y piense que si nuestro creador perdió el juicio después de mucho leer novelas de caballerías, ellos lo han hecho después de mucho orar y orar a San Fermín, y si no, míreles, no hacen sino suplicarnos que nos lancemos sobre ellos igual que Minotauros endiablados.
—Así lo haremos, pues. Súbete la cogulla tu túnica, y juntos, con nuestras lanzas apuntando al horizonte, trotemos lo más rápido que sepamos. Yo a lomos de mi Rocinante y tú encima del Rucio, para que, por una vez, no sean ellos, y sí nosotros, los que les proporcionemos un poco de luz a sus sueños.
 

Microrrelato de Ángel Silvelo

jueves, 27 de julio de 2017

PREFERIRÍA NO LEER.- Un artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz

 
Instructivo, atrevido, sincero, irónico y divertido, pero sobre todo afilado con las verdades absolutas. Así se muestra, en este ensayo, Víctor Moreno: navarro de Alesués-Villafranca, Doctor en Filología Hispánica, escritor, crítico y profesor de instituto que, además, es colaborador asiduo en radio, prensa y revistas de literatura.
 
Para muestra el título, Preferiría no leer (Pamiela, 2105), y un extracto del índice:
Primera parte: Saber leer no basta para hacerse lector
Una cita de Unamuno.
¿Por qué no quieren leer los adolescentes?
Las preguntas de nunca acabar.
¿Es necesario evaluar todo lo que se lee?
El contagio de la lectura.

Segunda parte: Valores “desagradables” de la lectura
El valor “desagradable” de la soledad.
El valor “desagradable” del silencio.
El valor “desagradable” de la autonomía.

El título de este ensayo es desafiante y su autor, un provocador o, en palabras de la revista Clij, un francotirador instalado en la escuela. Y añade: Incruento, desde luego. De oficio maestro, sus únicas armas son las palabras y con ellas lucha por dignificar y hacer mejor esa escuela, la nuestra, aburrida y productivista, a la que se va a trabajar y a no perder el tiempo.
 
Desde la primera página, el lector comprueba que se encuentra ante un texto cuyo autor intimida por su atrevimiento y su sinceridad: Ciertos fundamentalistas lectores presentan a quienes no leen como seres con medio cerebro desquiciado y el otro en proceso de descomposición. Su forma elocuente de escribir, su tono incisivo y el despliegue de información que nos muestra a través de citas y referencias a diferentes autores, escuelas filosóficas y teorías lingüísticas, nos da una idea de que estamos ante alguien que sabe de lo que habla, no en vano ha publicado estos otros libros, algunos de ellos con sugerentes títulos: Dale que dale a la lengua, La manía de leer, Va de poesía, Leer con los cinco sentidos, Diccionario de escritura, Cómo sé que valgo como escritor etc.
 
¿De qué trata este libro?
Es una reflexión acerca de por qué muchos jóvenes, y no tan jóvenes, han optado por no leer por placer o, en otras palabras, por qué la lectura no es una opción de ocio con éxito. Este es un tema que trae de cabeza a la comunidad educativa, como ya hemos mostrado en varios artículos de este blog y Víctor Moreno, como parte de ella, aporta su granito de arena con este ensayo. A través de una perspectiva muy personal ―fruto de su trabajo como profesor de secundaria y de sus lecturas y también de sus prejuicios y de sus saberes―, va desmenuzando la situación de la realidad lectora de hoy en día. Y lo hace en dos partes.
 
En la primera, indaga en la búsqueda de lo necesario para hacerse lector. Afirma que no es suficiente con saber leer de forma competente puesto que existen muchas personas con nivel de competencia lectora más que óptimo, sobresaliente y, sin embargo, no leen de forma habitual porque no tienen, por diversas causas particulares, la lectura como hobby o afición principal para llenar su ocio. Y a renglón seguido pone como ejemplo a sus compañeros de profesión: Entre profesores de lengua y literatura he conocido a muchos que no se caracterizaban por ser lectores, ni compulsivos, ni de ninguna otra marca registrada. Estaban en su derecho esclavo de hacer lo que quisieran con su tiempo libre.
 
También, y relacionado con la metodología de la enseñanza en cuanto a lectura se refiere, critica el empeño del profesorado por evaluar todo lo que los adolescentes leen. Afirma que hay que dejarles leer sin cortapisas puesto que la lectura se hace, no se dice. El acto de leer es personal e intransferible. Y como es un acto particular quien extrajera de él dogmas universales, válidos para el mundo, sería un iluso o, por lo menos, un aprendiz de prestidigitador. Recalca que el profesor más que evaluar debe guiar al alumno.
 
Constantemente se vale de jugosas citas como estas: Cuanto menos se lee, más daño hace lo que se lee (Unamuno), No saber leer es peor que fumar (Mercedes Cabrera) para poner en tela de juicio toda la retahíla de daños colaterales que tiene la no-lectura, y son tan variados que podrían dar pie para una tesina.
 
En cuanto a la segunda parte, la dedica a hablar de los valores “desagradables” que conlleva el acto lector, y son así porque la propia sociedad los desprecia o no los tiene en consideración. Aquí se refiere a la soledad, el silencio, la autonomía, la lentitud y la inutilidad.
 
Víctor Moreno asegura que la lectura no es rentable socialmente. Y ya se sabe lo que pasa en esta sociedad si algo no cotiza en bolsa. Además, es un acto solitario para el que hay que guardar silencio; soledad y mutismo, un tándem poco productivo en un mundo ruidoso y cada vez menos reflexivo. La lectura es también un acto consciente y derivado de la propia voluntad, por lo que, si se exige como obligación, tiene las de perder. Otros valores que requiere son tranquilidad y paciencia, de lo que podemos deducir que para ser un buen lector hay que dedicarle tiempo. Pero hoy en día parece que la meta es conseguir todo de forma inmediata y antes que nadie; la impaciencia nos carcome y no nos deja tomarnos el tiempo necesario para hacer bien las cosas.
 
Quizás un modo de vencer a todos esos valores desagradables está en el epílogo que nos plantea este autor navarro. Nos habla de la lectura dialógica; al dialogar sobre lo que leemos, al compartir nuestras lecturas, vemos la soledad, el silencio, la paciencia…. de otra forma, con un sentido diferente. Somos conscientes de lo “desagradable” de esos valores mientras ejecutamos la acción, pero después nos damos cuenta de que nos ayudan a sacar el mejor partido al libro que tenemos entre manos. En palabras del autor, son un medio de colarse al mundo de los demás y dejar que los otros entren en el propio.
 
¿A quién interesa este libro?
Es imprescindible para todos aquellos que conforman el sistema educativo y sobre todo para esas personas que se dedican a incentivar la lectura. No ofrece la receta definitiva pero sí un buen comienzo para hablar de cómo hacer mejor las cosas y sobre todo para concienciarnos de las que estamos haciendo mal.
 
Artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz

martes, 25 de julio de 2017

RAY LORIGA, RENDICIÓN: LA TRANSPARENTE FALACIA DEL ESTADO DEL BIENESTAR EN CLAVE DE FÁBULA Y LEXATIN


 
¿Quiénes somos de verdad?, esa es la pregunta que Ray Loriga se hace en su nueva novela, Rendición, como si fuera un Gulliver distópico que necesita de la mirada de los demás para saber cuál es el propio tamaño de su valor, y de paso, de su existencia y el mundo. Aquí, el autor arriesga, y podríamos decir que sale victorioso, pues ha trazado la línea de lo admisible y lo previsible para saltársela desde la primera línea y atreverse a romper con el resto de su producción literaria hasta el momento. Hay libros necesarios, libros arriesgados y libros valientes, de ésos que nadie pide ya a los libreros, y éste es uno de ésos, pues está concebido y escrito para romper fronteras e instalarse en el terreno de las incertidumbres, los miedos y la introspección que, de una forma aparentemente sencilla, nos llevan hacia la reflexión acerca del mundo que hemos creado, del mundo en el que vivimos y del mundo del que parece nada esperamos salvo la eterna felicidad. El protagonista de esta novela no tiene nombre, pero desde ese anonimato tan universal es capaz de enfundarse el disfraz de la duda que le lleva a buscar en la oscuridad y en la necesidad de sentirse un antihéroe. El olor a tierra mojada o la percepción del cambio de la luz a lo largo del día son percepciones con las que se alimentan nuestros sentidos, y que a su vez, nos producen sentimientos como el amor o el odio, y no sólo eso, pues son cambios que van más allá de la transparente falacia del estado del bienestar en clave de fábula y lexatin en el que se está convirtiendo este mundo plagado de autocomplacientes. Hay que reivindicar la duda, la oscuridad y la infelicidad a prueba de orfidales y valliums antes de caer en el abismo de la nada más absoluta. Y eso, a al menos, es lo que parece mostrarnos Loriga a la hora de plantearse un largo y profundo diálogo interior de más de doscientas páginas que, en sus inicios, nos recuerda a La carretera de Cormac McCarthy, y esa destrucción de un mundo de la mano de un hombre que sólo precisa de su ego para salir adelante. ¿Por qué tenemos tanto miedo a ser distintos al resto o a definirnos tal y como nos sentimos y no tal y como nos ven los demás? Las redes sociales se abastecen en su una buena parte de nuestra propia estupidez y no parece que haya nadie capaz de romper ese refugio de confort en el que nos sentimos tan a gusto. En este sentido, Ray Loriga nos sumerge en un mundo donde el caos deja de ser universal o ni tan siquiera colectivo, para acabar aislado a la mínima expresión del antihéroe que va en busca de una libertad que acaba en rendición, ¿o no?, pues esa es una de las claves que deberá desentrañar cada lector al término de la novela. La narración admite más de un final y Loriga, en este caso, sólo ha optado por uno de ellos. 

Por otra parte, la valentía de esta obra no es solo de concepción, sino que también se encuentra sumergida en su estilo, en la voz del protagonista y en el músculo estilístico que desarrolla el autor a lo largo del texto, pues acorde o no con su trayectoria anterior, sí que hay que resaltar que esta es una novela escrita por un escritor que se dedica a escribir, y que además, es español. Lo que no es baladí si nos atenemos al cada vez más numeroso intrusismo existente en el panorama editorial español, por lo que cabría decir que el Premio Alfaguara del año 2017 es más una victoria que una rendición. Es verdad que Rendición es una historia sobre la pérdida de identidad del hombre y el desarraigo, pero también es, sin duda, un texto sobre la necesidad de ser otro para de ese modo llegar a ser uno mismo sin más mentiras que las propias y sin otras drogas ni medias verdades que las suministradas por un estado totalitario disfrazado como de bienestar. Aquí es donde la reveladora oscuridad del antihéroe se alza como una daga sobre la verdad impuesta por los otros, ya sean éstos los más cercanos e inocentes, o los poderes establecidos más poderosos. El autor nos habla de la literatura de Coetzee, Cela, Rulfo o de la producción fílmica de Tarkovski a la hora de la deuda inspiradora de esta fábula sobre la necesidad del cambio, el propio y el ajeno, a través de una retro-ficción en forma de futuro que aún no ha sucedido, o habría que preguntarse que quizá sí. 

Rendición es una novela valiente, necesaria y con un acopio de literatura de la de toda la vida que arrolla tanto en su forma como en su contenido y, que un lector necesitado de literatura de la verdad, agradecerá, pues son muchas las preguntas que quedan en aire sin responder, a las que cada cual deberá darle, al menos, una vuelta de tuerca para no caer en la transparente falacia del estado del bienestar en clave de fábula y lexatin. 

Ángel Silvelo Gabriel. 

domingo, 23 de julio de 2017

ÁVILA 2069.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


 
Soñó con vetustas catedrales rodeadas de almenas y murallas. Soñó con santos, conventos y calzadas adoquinadas. Soñó con el frío y la nieve, con el agua, el ruido de los ríos y el olor a tierra mojada…, hasta que a lo lejos adivinó la silueta de una tarde de verano en la que se leía: Ávila 2069. Se puso las gafas de realidad virtual y todo cobró vida de repente: olió el queroseno de los vehículos que sobrevolaban la ciudad, escuchó el murmullo que acechaba a la noche y, hasta incluso, intuyó el sol sobre la gran cúpula dorada que recubría la otrora ciudad de las murallas. Al no verlas, recordó  que a nadie le interesó lo que ocurrió con ellas. Nada importaba ya, salvo esa feliz vida virtual en la que todos vivían. Quizá, por eso, los nombres habían sido sustituidos por números y bajo la piel de las personas había huesos de metal y órganos que no necesitaban del latido de un corazón. En su sueño le surgió una duda, y desechó la idea de inmortalidad, porque sintió miedo cuando supo que la ciencia nunca recuperaría aquello que en verdad amaba.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

jueves, 20 de julio de 2017

ELVIRA NAVARRO, LOS ÚLTIMOS DÍAS DE ADELAIDA GARCÍA MORALES: LAS ESTÉRILES INVOCACIONES DE UNAS FALSAS SOMBRAS



Habitar entre las sombras, en un segundo plano, fuera de lo que vemos a nuestro alrededor. Allí donde la realidad es otra, y donde las personas que son capaces de llegar a ese territorio invisible es porque poseen una íntima necesidad de no tropezar con la cruel realidad. Ahí es donde residió en demasiadas ocasiones Adelaida García Morales, y donde consiguió hacerle una mueca a los fantasmas, a los propios y a los ajenos. Esa idea de voluptuosidad del vacío y de la nada fue una de las más fuerte impresiones que a uno le quedaron después de leer la novela El silencio de las sirenas de la propia Adelaida García Morales. Ese estado de fuga permanente, que se materializa con mayor fuerza en la insatisfacción de un amor platónico, es sólo la excusa para hacer más entendible, si cabe, el resto de aristas y puntos de fuga de la protagonista de esta historia que funciona como una intrahistoria de las Alpujarras de los setenta y ochenta. De ahí, que nos sea tan difícil atravesar la barrera de ese territorio invisible para la mayoría, pues sólo le resulta posible acceder a él a unos pocos. Ese es el principal error de esta novela fallida de Elvira Navarro, o más bien, habría que decir nouvelle, por la extensión de la misma y su armazón; pero no es el único, pues en esa necesidad de la autora —retratada en el papel de la realizadora que filma a tres personas que conocieron a Adelaida— de rendirle un homenaje propio a la escritora de culto ya olvidada, comete el error de explicarnos una y otra vez que su historia es una narración de ficción, aunque para ello, haga un uso indebido y poco respetuoso —por el nivel de conclusiones que extrae de la última parte de la vida del personaje al que intenta alabar— de la figura de una Adelaida García Morales perdida, en sus últimos días, en su propio mar de sombras del que ya nunca salió. Quizá, si como la autora de este libro dice, hubiese querido ficcionar entrelazando dos historias que nos acercan más a un falso documental sobre este corto período de la vida de la protagonista que sólo abarca sus últimos días, por ejemplo, no emplearía la imagen de Adelaida como reclamo en la portada de la novela, pues en vez de estar escondida en un último plano, como lo hace la fotografía de la propia Elvira Navarro, acapara el primer plano de la misma, por no hablar de lo explícito del título. Además, un autor que tiene que andar haciendo aclaraciones al principio o al final del texto es porque hay algo teme o no deja claro en el propio texto de la obra. Y esa falta de claridad de la autora de esta nouvelle, es de lo que más adolece esta obra. Baste traer aquí el siguiente extracto que aparece en la página 67 donde la autora por boca de la realizadora se plantea todo un mar de dudas acerca de las intenciones de la novela: «Y lo más importante: ¿acaso persigue ella la justicia? ¿No se planteó siempre su documental como una suerte de recreación libre o de continuación atmosférica de García Morales y del personaje, y no de la persona, que la escritora era? ¿No resultará entonces conveniente virar cuanto antes hacia la ficción? 

Los últimos días de Adelaida García Morales es un ejercicio descompasado entre la intención y la realidad, la forma y el sustento de la idea, de tal manera, que, quizá, sin quererlo, imita con demasiada precisión el lenguaje de sombras que la propia Adelaida García Morales utilizaba en sus novelas y relatos, pero sin la autenticidad de ella. Esta obra parece escrita con prisas, salida de una idea fuerza que no es tal, y desarrollada por el camino de las conjeturas equivocadas que se sustentan en las estériles invocaciones de unas falsas sombras. En este sentido, un mayor ahondamiento en las circunstancias vitales de la protagonista del libro, y un tratamiento con mayor profundidad de la vida, la obra y las últimas consecuencias vitales que la llevaron a su muerte, a buen seguro nos hubiesen dejado un mejor sabor de boca, pues lo único que se salva de esta obra vacía es el estilo narrativo de una Elvira Navarro segura de su potencial como escritora y estilista que, en este caso, sin embargo ha dejado de lado el esqueleto de su figura en manos de las vanas casualidades, muy al estilo de los tiempos que corren, donde ya nada importa, salvo las falsas imágenes que cada uno de nosotros nos hacemos de los demás a través de las redes sociales. 

Adelaida García Morales se merecía más, sin duda, de ahí el enfado de su último marido, Víctor Erice, al leer la nouvelle, cuando descubrió la desnudez de una mujer que en nada se parecía a aquella con la tuvo un hijo y compartió el rodaje de El sur, entre otras muchas peripecias vitales. Si bien, los problemas psicológicos de la protagonista eran ciertos, estaba en su derecho de reivindicar el aislamiento, la soledad…, y el silencio de sus últimos días a su manera. Un silencio, bien es verdad,  tatuado con las iniciales de la imposibilidad que reside en el falso encanto o la magia de la desconexión más terrible del mundo real: la de la propia muerte. 

Ángel Silvelo Gabriel. 

domingo, 16 de julio de 2017

CONCIERTO DE U2 EN EL SANTIAGO BERNABÉU, 1987: CUANDO BONO ACARICIÓ EL CIELO DE MADRID


 
El 17 de julio de 1987, Bono, el cantante del grupo irlandés U2, acarició el cielo de Madrid ante la atenta mirada de su compañero, The Edge, que no daba crédito a la escalada que Bono estaba haciendo por la estructura del escenario que se había montado sobre el césped del Santiago Bernabéu para tan esperada cita. Seguro que los limpios aires de la sierra madrileña que recorrió horas antes del concierto en bicicleta, le dieron las fuerzas suficientes y el arrojo necesario para iniciar una escalada tan mítica, como mítico fue el concierto del Santiago Bernabéu de ese día ante 80.000 personas que, literalmente, desde el minuto uno se comieron al grupo irlandés canción tras canción. Un lugar tan acostumbrado a grandes gestas deportivas, esa larga tarde noche del lejano, ahora, verano de 1987, también sirvió para encumbrar al grupo irlandés en lo más alto del imaginario colectivo de los asistentes que llenaron el estadio madrileño desde mucho tiempo antes del inicio del concierto. Pues no se nos debería olvidar esta frase de Bono que ejemplariza lo dicho: «éste es un lugar grande, pero U2 y vosotros somos mucho más grandes". 

Un espectáculo que estuvo sustentado en la poderosa voz de Bono y en las magistrales cuerdas de la guitarra de The Edge, un mago de la iconografía sonora para una generación de admiradores de la banda. El resto lo puso el público, con un empuje inigualable que llevó a U2 a tocar el cielo de Madrid (para ellos fue uno de los conciertos míticos de su carrera en ese momento), porque el tiempo, sí, de una forma caprichosa se había detenido en aquella tarde de julio, y que de una forma ya lejana también, como ahora recordé en un artículo en el año 2009 que fue publicado en el diario digital Qué.es y que de nuevo añado a esta efeméride en su treinta aniversario:

«Hasta las siete de la tarde no salía del trabajo y, distraía mi nerviosismo, acordándome de mi hermana Maite que hacía varias horas que estaba dentro del estadio. Yo había quedado con mi chica a las siete y media en el Bernabéu. A esa hora, el estadio estaba prácticamente abarrotado. El césped era un manto humano de piernas y cabezas. Las gradas sólo admitían invitados en el segundo y tercer anfiteatro. Mi chica y yo salimos a uno de los vomitorios del segundo anfiteatro y nos encontramos con UB 40 calentando motores con su reggae pegadizo y facilón, mientras los fans de las primeras filas eran bañados con generosos manguerazos de agua. Big Audio Dinamite ya eran historia, pero nosotros no les echamos en falta. Todavía era de día cuando The Pretenders con Chrissie Hynde a la cabeza salieron al escenario. Ella me recordó que el rock no era sólo cosa de hombres, y su voz ronca fue calentando motores con clásicos como Brass in pocket, 2000 miles o My baby. 

Pero todo era una excusa, porque las ciento diez mil personas allí congregadas, estábamos esperando el gran momento. Un momento que llegó entrada la noche entre gritos de: you too, you too. De repente, se paró la música y las escasas luces del escenario se apagaron. Las notas de Where the streets have no name, se impusieron al griterío histérico de los fans. El sueño por fin se había hecho realidad, y la infinidad de imágenes que recreaba en mi cabeza cada vez que escuchaba The Joshua Tree, se hicieron tangibles ante mis ojos. Aquella noche fue una noche de deseos consumados, donde todos intuimos que algo estaba pasando. Bono también fue consciente de ello, cuando preso de la emoción se preguntó: «¿por qué demonios no hemos tocado antes aquí? … realmente no lo sé». Pero eso no fue todo, porque rendido a la fuerza que todos desprendíamos al otro lado del escenario, se encaramó como un guerrero a lo más alto de una de las torretas del escenario mientras el resto de los componentes del grupo le miraban con cara de incredulidad y espanto, y The Edge le invitaba una y otra vez a bajar de ese ficticio cielo que aquella noche se convirtió en su olimpo. Fui testigo de un mágico encuentro entre almas deseosas de encontrarse. Para todos fue una noche mítica. También para U2, ya que Bono siempre recuerda este concierto como uno de los mejores de la historia del grupo.

Aquel verano de 1987, cuando todavía éramos jóvenes, para mí significó el inicio de una cierta independencia económica, el saltar de los conciertos gratuitos patrocinados por los ayuntamientos a los conciertos de los grupos extranjeros del momento en las pequeñas salas salpicadas por el centro de la ciudad. Pero ese concierto significaba algo más. No sólo eran los grupos, sino también el espacio y la convulsión en los medios y en la multitud de jóvenes que imitábamos a aquellos otros jóvenes europeos que disfrutaban de largos y alocados festivales veraniegos. (Crónica publicada en Qué.es con motivo de la gira 360º y su concierto en Barcelona el 30 de junio de 2009). 

Ángel Silvelo Gabriel

PICAPLEITOS SIN FUTURO.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


 
Los reflejos del verano todavía se abren paso en la calidez de tu cuello. Sin embargo, mi imaginación acude hasta el bar de este hotel, en el que un día me conformé con mirarte sin conocer todavía tu verdadera identidad. En ese momento, yo era un abogado que había colgado su título en la percha del despacho días atrás. Mi defensa, por tanto, era nula, porque no se basaba en los alegatos que tenía aprendidos de mis muchos años de profesión, sino en la cédula que, en forma de deuda amorosa, te  extendí aquel día entre efluvios color cereza. Ahora, sin embargo, vuelvo a mirarte, y pienso que ya no existe la posibilidad de establecer una nueva cláusula de arbitraje entre nosotros, por mucho que te esté mirando tumbada, y desnuda, en la misma cama, del mismo hotel, donde hicimos el amor por primera vez. Te miro una vez más, y lo hago aliado con la luz que se filtra por las cortinas de un color níveo que me recuerda demasiado a nuestro primer deseo, ese que nos visitó sin apenas darnos cuenta, y que nos llevó de viaje a lo largo del tiempo bajo la penumbra de la dicha del amor. ¡Ah, el amor!, ese motor que mueve el mundo y, al que ahora,, a pesar de todo, no soy capaz de dedicar una de esas odas que tanto me gustaba recitarte entonces y, que igual que el láudano, te embriagaban la mirada y ese último sentido con el que disfrutábamos el uno del otro. Recuerdos que, como hoteles perdidos, ya nunca seremos capaces de volver a encontrar. Sueños imposibles que me hacen pensar que un día fuimos felices, es cierto, pero que ahora sólo somos reos de nuestras propias desdichas. Tú, empeñada en ejercer de juez y parte en los alegatos de mis deseos, y yo, convertido en un picapleitos sin futuro.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

jueves, 6 de julio de 2017

DIARIO DE UN SANFERMINERO.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


Uno de enero: pido un deseo. Dos de febrero: imploro a San Fermín. Tres de marzo: releo Fiesta, de Hemingway. Cuatro de abril: revivo la fiesta con los amigos de la peña. Cinco de mayo: renuevo el pañuelo rojo y la camisa blanca. Seis de junio: sueño con el txupinazo y me veo con el pañuelo rojo al cuello. Siete de julio: rezo al santo en el tramo de Santo Domingo y corro el encierro lleno de júbilo. Ocho de julio: todo se empieza a volver de color rojo. Nueve de julio: hacemos el concurso de Miss camiseta mojada en la plaza. Diez de julio: mis labios recogen un beso furtivo. Once de julio: no me acuerdo de lo que hice ayer. Doce de julio: misteriosamente seco. Trece de julio: agotado. Catorce de julio: triste y nervioso entono el pobre de mí. Quince de julio: corro el encierro de la villavesa. Uno de enero: pido un deseo…
Microrrelato de Ángel Silvelo

domingo, 2 de julio de 2017

ÁNGEL SILVELO ES DISTINGUIDO CON LA NOMINACIÓN ESPECIAL INSPIRADA EN SANSE DE LA XVI EDICIÓN DE LOS PREMIOS DE MICRORRELATOS DEL ENCIERRO DE SANSE 2017


Mientras “A un lado y otro de la talanquera” se alzó con el primer premio, “Susurra una tradición”, de Raquel González Hernández, de Sanse se llevó el segundo premio de 2017
S.S. Reyes. 2.7.2017.- Ya se conocen los trabajos premiados de la XIV edición de los premios del certamen de Microrrelatos del encierro 2017. El jurado estuvo presidido por Tatiana Jiménez , concejala de Economía y Hacienda, Desarrollo Local y Empleo y formaron parte de él como vocales: Manuel López Azorín, escritor y poeta y los siguientes representantes de la A.C. El Encierro: Manuel Durán, documentalista gráfico y presidente de la misma; Fernando Corella, humorista gráfico; Ainhoa Izquierdo, diplomada en Turismo Internacional y Pedromaría Rivera, músico y cohetero del encierro de Sanse, que hizo las funciones de Secretario. Después de deliberar sobre los relatos presentados acordaron, por unanimidad, conceder los siguientes premios previstos en las bases:
Primer Premio: 400 € y Trofeo, para el microrrelato titulado A un lado y otro de la talanquera de la vida, de Angel Novillo Sánchez de Pedro, de Villacañas (Toledo).
Segundo Premio: 100 € y Trofeo, para Susurra una tradición, de Raquel González Hernández, de San Sebastián de los Reyes (Madrid).
Nominación Especial inspirada en Sanse: 100 € y Trofeo, para Una mañana de agosto, de Ángel Silvelo Gabriel, de Madrid
Menciones Especiales: Aparte de los premios anteriores y a la vista del nivel de los trabajos presentados, el jurado concedió dos Menciones -sólo Trofeo-, a los microrrelatos titulados: Sueño número uno, de Josetxo Campión Ilundain, de Burlada (Navarra) y Un encierro limpio, de Gonzalo Terán Mazzanti, de El Casar (Guadalajara).
-Nominación Especial inspirada en Sanse:
Una mañana de agosto, de Ángel Silvelo Gabriel, de Madrid
Intento atravesar el espejo que todavía me separa de ti, como hice aquel verano en el que nos quedamos sin vacaciones por culpa de las asignaturas pendientes que nos habíamos dejado en nuestro primer curso de la universidad. Esta vez, sin embargo, todo es distinto, porque mientras ando por las calles de Leopoldo Gimeno, Real Vieja, Real o la Estafeta no tengo miedo a perderte. Te busco con decisión, entre los velos de nuestro pasado, e igual que una cometa que se desplaza a través del tiempo y va a tu encuentro. Suspendida del aire creo que todo lo que me rodea es la antítesis del mundo terrenal del que me he escapado. A pesar de todo, algo falla, porque antes de llegar a “La Tercera” oigo tu voz, pero la percibo igual de lejana que ahora nos queda aquel día de agosto de 1978, cuando me cogiste de la mano y me dijiste que me querías. Y como a ti te gustaba tanto el riesgo, lo hiciste en plena carrera del encierro, entre pañuelos rojos y camisas blancas que no entendían lo que allí estaba sucediendo. Y cuando terminó de pasar la manada te lanzaste sobre mí y me besaste como sólo lo hacen aquellos a los que les ha sido concedida la dicha del hallazgo de las grandes emociones dentro de las pequeñas cosas, pues nos quedamos parados igual que dos luciérnagas que sólo quieren depositarse en una pequeña parcela de la senda de los sueños. Y así, año tras año, en las fiestas del Cristo de los Remedios repetimos nuestro beso durante el encierro; una muestra de cariño que, con el transcurso del tiempo, se convirtió en uno de los clásicos de nuestra peña. Y, entre recuerdo y recuerdo, y mugido y mugido, todavía me cuesta despedirme de este lugar en el que tantas veces fui feliz a tu lado. Pero ahora, mi alma de mujer necesita reencontrarse contigo al otro lado del espejo, para de ese modo, rememorar el verdadero significado de la vida, ese que nos pilló por sorpresa una mañana de agosto de 1978, cuando el encierro era el mayor de los milagros a nuestro alcance.
 
 

jueves, 29 de junio de 2017

LA LECTURA EN EL SIGLO XXI.- Un artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz

 
Cuánto ha llovido desde aquel primer códice ―lo más parecido al libro de hoy en día― que encontramos en la Edad Media. Dejó de ser un rollo continuo para convertirse en un conjunto de hojas cosidas con forma rectangular. Desde ese momento fue posible acceder directamente a un punto preciso del texto. Después, poco a poco, vinieron las mejoras: la separación de las palabras, las mayúsculas y la puntuación; y más tarde las tablas de las materias y los índices, que facilitaron muchísimo la búsqueda de información.
 
Hoy, en el siglo XXI, hemos cambiado nuestra forma de leer y de mirar. Ahora, además de libros, leemos y miramos pantallas. Esto altera irremediablemente nuestra concepción del hecho lector y nuestra aprehensión de conocimientos, porque la pantalla no es solo un cambio de soporte, sino una profunda modificación en el modo de organizar los contenidos.
 
Hemos pasado de la lectura pausada, vertical y prolongada en el tiempo de un texto plano, a la de uno abierto, plural, que se desdobla en muchos otros textos y que es más superficial y horizontal. Dicho de otro modo: de los manuales, enciclopedias y diccionarios hemos saltado a los hipertextos, que son según la definición del programa PISA: una serie de fragmentos textuales vinculados entre sí de tal modo que las unidades puedan leerse en distinto orden, permitiendo así que los lectores accedan a la información siguiendo distintas rutas.
 
De aquí podemos colegir dos cosas: que la organización de la información puede no ser lineal, sino arbórea o en red y que el lector tiene la posibilidad de recorrer el texto a través de variados itinerarios en función de la finalidad de su lectura. ¿Y todo esto a qué nos lleva? A una manera de leer y a un tipo de lector muy diferente del que se necesita para descodificar un texto lineal.
 
Tres son las características distintivas que queremos resaltar para entender mejor los cambios que se están produciendo:
 
1.- Los textos digitales se apoyan, con frecuencia, en elementos gráficos o icónicos para ayudar a la comprensión. De ahí la necesidad de un lector activo que establezca el sentido de los diferentes componentes (sonido, imagen, texto…) y las relaciones entre ellos con el fin de construir el significado global de toda la información.
 
2.- La lectura digital ofrece la posibilidad de que el lector interactúe con aportaciones en forma de comentarios con sentido. Y esto no es baladí porque, de alguna manera, el lector va configurando su identidad digital, una imagen pública de cuáles son sus intereses, sus opiniones, etc.
 
3.- De las dos características anteriores deducimos esta tercera: los hipertextos ofrecen una sobreabundancia de información que exige unos procedimientos de búsqueda, selección y gestión eficaz y por eso el lector precisa de habilidades nuevas para poder hacer frente con éxito a los objetivos de la lectura.
 
Ahora viene lo más importante: si la forma de leer ha cambiado y el lector necesita de otros conocimientos para lograr dichos objetivos, también habrá que modificar la forma de enseñar.
 
Es decir que el concepto de alfabetización y de competencia lectora indefectiblemente ha variado y, ahora, es mucho más amplio. Hasta hace poco se consideraba a una persona alfabetizada cuando sabía leer, escribir y realizar las operaciones básicas de cálculo, hoy el concepto va más allá. Ahora podríamos hablar de tres niveles de conocimiento: escrito, digital y en redes.
 
“El gran reto será entonces formar a las personas en nuevas dimensiones y competencias, una alfabetización mediática y una competencia que permita discernir y evaluar dicha información” (Paola Dellepiane).
 
Es fundamental que tanto las escuelas como el profesorado se pongan al día. Además de ser garantes de esa nueva alfabetización, ya han empezado a adecuar los espacios y los entornos de aprendizaje: antes hacían visitas esporádicas al aula de informática, ahora ya existe la posibilidad de que tengan acceso continuado a Internet en sus aulas y en las bibliotecas escolares. En este sentido hay que resaltar el papel de la Federación de Ikastolas vascas que, a través de su proyecto EKI, está creando el primer material didáctico digital específicamente orientado a la educación basada en competencias.
 
Pero no todo son parabienes. El autor estadounidense, Nicholas Carr, se ha mostrado pesimista ante las competencias que, a su juicio, se están perdiendo por la utilización de las tecnologías de la información y la comunicación. Por ejemplo, la capacidad de leer con profundidad y concentración textos de una considerable extensión. En su libro, Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, explica cómo las múltiples ventajas y utilidades de la Red tienen como contrapartida el triunfo de la superficialidad y la distracción.
 
“Hoy parece que estamos perdiendo la segunda parte, nos quedamos en la primera, como si no fuera necesario extraer deducciones o conclusiones originales. Las nuevas tecnologías nos instan a buscar, pero no a reflexionar” (Nicholas Carr).
 
De todas formas, lo que es innegable es que la alfabetización digital viene a hacer más fácil la vida en un mundo donde la tecnología marca la pauta y la sobreinformación es la norma. Primero, porque consigue que el lector adquiera los conocimientos necesarios para ayudarle a moverse, buscar, evaluar e interpretar de forma crítica, y por supuesto autónoma, la información de la Red; y segundo, porque le insufla una dimensión social, ya que relaciona a la persona con el resto del mundo en su sentido más amplio y la hace consciente de su responsabilidad y de sus limitaciones en esta multiculturalidad y globalización que nos ha tocado vivir.
 
Nunca antes ha habido un corpus lingüístico tan grande como el que ofrece Internet, que contiene más lenguaje escrito que todas las bibliotecas del mundo juntas, y nunca antes hemos estado tan informados. ¡Cómo ha evolucionado todo desde aquella lejana Edad media en que el libro jugaba un papel fundamental en la educación ―esencialmente elitista, propia de la élite religiosa― y donde la palabra del maestro era casi sagrada!; de magister dixit hemos pasado a Google dixit. Si hoy un monje copista de aquellos levantara la cabeza, pensaría: Cómo nos han cambiado el cuento.
 
Artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz.

domingo, 25 de junio de 2017

EL JUEGO DE LOS DESEOS VISTA POR LA ESCRITORA Y PERIODISTA ANAMARÍA TRILLO: LA PUERTA ABIERTA A UN MUNDO DESCONOCIDO DE LA MANO DE TRES MUJERES


 
El juego de los deseos es un profundo y minucioso viaje por los sentimientos. Un meticuloso ejercicio de poesía porque, aunque es una novela y por lo tanto está escrita en prosa, El juego de los deseos contiene tal sensibilidad y tiene una expresión tan cuidada que nos encontramos sin duda ante poesía que cala hasta los más hondo del alma, poesía que toca a nuestra puerta y, sin necesidad de pedirnos permiso, nos abraza y reconforta. 
La vida, la muerte, la soledad, el destino, el lugar no geográfico que cada uno de nosotros habitamos... todo ello puede expresarse y entenderse de mil maneras diferentes, bajo el prisma personal que a cada uno nos asiste. Hay mil maneras de expresar, por tanto, una misma idea, pero el escritor puede, y debe, aplicarse en el empeño de encontrar una PALABRA que, entre todas, exprese esa idea hasta hacerla casi latir, hacerse evidente, cobrar vida. Ángel Silvelo tiene la capacidad de trabajar con esa IDEA y con su PALABRA, podríamos decir gemela, como un artesano, macerándola con mimo; cocinándola a fuego lento; buscando el ingrediente que aporte el matiz exacto. Sin prisa. Con pasión.  
Y eso es El juego de los deseos. Una imagen poética que se dibuja en nuestra mente mientras nos susurramos a nosotros mismos las palabras que vamos leyendo en silencio. Una imagen que despierta nuestros sentidos: el color, el olor, el tacto, el gusto... todos cobran fuerza en imágenes que no hemos visto sino por los ojos de Adela, de Laura y de Galiana. La hermosura de los parajes de Toledo, el horizonte inmenso de Afganistán... Ellas son quienes nos dibujan esos lugares. Tres mujeres que comparten un corazón, el corazón del que han nacido las tres y que se expresa a través de sus tres voces, y que late en la soledad del trabajo del escritor frente al ordenador.  
El juego de los deseos es un trabajo hermoso, que al leerlo va inoculando en nosotros la idea de belleza que puebla el texto. Tres mujeres, y la belleza de sus tres voces, y la de sus tres formas de sentir... la belleza de tres almas que alimentan una novela que es un hondo canto que surge de la ausencia, de la pérdida contenida en una frase de Adela a su hija: “¿Qué más da dónde estés, si ya nadie te puede sacar de allí?” Tres mujeres con sus sueños, sus anhelos profundos, esos que se graban y nunca se callan por más que, a menudo, bajan la voz. Todas ellas han nacido de la reflexión, de la mente del escritor en un ejercicio titánico de empatía, de ponerse en el lugar de los personajes, sin el que no sería posible que tanto Adela como Laura o Galiana se nos hicieran mujeres reales de carne y hueso, aunque solo sea en nuestra imaginación.  
No es casual que las protagonistas sean mujeres, tampoco que las Fuerzas Armadas sean el contexto que comparten. Estos dos aspectos son parte del compromiso de Ángel Silvelo por aportar luz a un mundo desconocido por parte de la sociedad española en general. Yo me incluyo en esa sociedad que desconoce cómo son nuestras Fuerzas Armadas y sobre todo cómo son los españoles que forman parte de ellas, que son como todos nosotros, pueden ser nuestros vecinos, amigos, los padres de los compañeros de colegio de nuestros hijos... También tienen problemas personales, también tienen sus alegrías y sus tristezas, sus sueños, sus deseos, sus anhelos... ¿Y cómo se compagina esto, los hijos, la propia pareja, etc., cuando uno está en mitad de la nada en Afganistán, a expensas de que su convoy sea atacado? ¿Cómo se vive el amor lejos de casa, lejos de los tuyos? ¿Cómo se vive el amor en territorio hostil, donde el riesgo está presente cada día? 
Yo creo que El juego de los deseos es una novela necesaria para la sociedad en su conjunto. Necesaria porque nos abre la puerta a un mundo desconocido, pero además porque lo hace de la mano de tres mujeres. Si de por sí las Fuerzas Armadas son desconocidas, más aún lo son las mujeres en las Fuerzas Armadas. Y de ahí la importante labor que puede acometer esta novela en nuestra sociedad. Es por tanto un honor hablar de ella hoy, y quiero agradecer a Ángel su empeño en escribir la historia de estas tres mujeres en las Fuerzas Armadas. No nos encontramos ante una novela bélica, eso hay que resaltarlo, sino ante una novela humana, de seres humanos ante la vida y la muerte, ante las rigideces del ejército, ante el destino. 
Léanla. Déjense llevar por su belleza (eso sí, no hace falta que ustedes se desmayen, como Adela), pero sí que la disfruten a ser posible en un momento de relax, como lo harían con un trocito de chocolate que saborean despacio para alargar el placer; léanla bajo los árboles, a la sombra aquí en el Retiro, o antes de dormir... en silencio... dejen que la novela hable y seguro que escucharán que, algo en su interior, late. 
Anamaría Trillo

sábado, 24 de junio de 2017

VENTANAS SIN FONDO.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


 
Ventanas sin fondo recogen a mis huérfanos oídos. Las fotografías del verano todavía se preguntan qué ocurrió el día que te fuiste. ¿A qué saben los deseos? Reflejos rotos que nadie sabe a dónde han ido a parar. Los exploradores de sentimientos no encuentran tu rastro. Las vallas que han sido destruidas abren sendas hacia lo desconocido. Teléfonos que no suenan y palabras que no se oyen. Tus recuerdos me arrastran hacia ventanas sin fondo. Caigo, caigo y caigo, mientras siento que tú estarás al final de la caída, en un colchón de rosas amarillas. Flores azules y pájaros verdes nos acompañan en nuestra despedida. Trazo un sinfín de corazones en el aire con tu nombre, pero todos se desvanecen entre las nubes y tu recuerdo.
Microrrelato de Ángel Silvelo

miércoles, 21 de junio de 2017

ELENA MARQUÉS, DISTINTAS FORMAS DE IR A LA DERIVA: LA CAPACIDAD DE SOÑAR OTROS MUNDOS


 
Dicen que la literatura es un espacio para soñar; un espacio en el que cabe todo aquello que uno sea capaz de imaginar y crear para que otros sueñen nuestros sueños. Esa Oniria penitente que nos mantiene en una especie de limbo: sonoro, luminoso o cargado de palabras, es al que nos traslada la autora de este libro de relatos, pues todos y cada uno de ellos expresa con acierto la capacidad de soñar otros mundos que todos tenemos enraizada en nuestro subconsciente. Una capacidad que, Elena Marqués, ha querido remarcarnos con una palabra: deriva. Y así, en este conjunto de relatos, la deriva es el espacio que todos recorremos hacia la muerte (en los cuentos iniciales), pero también es el que nos lleva a la libertad o a ese lugar que siempre habitó dentro de nosotros sin llegar a saberlo, ese lugar que se encuentra justo al otro lado de la realidad, porque como ya sucediera en su anterior libro de relatos, La nave de los locos, el realismo mágico que, tan bien domina, se cuela por las historias de los trece relatos de Distintas forma de ir a la deriva. En este sentido, el dominio lingüístico y del idioma que profesa la autora sevillana en cada momento es prodigioso, por lo bien utilizados que están los términos que nos propone y la cantidad de palabras nuevas con las que adorna sus historias, lo que nos da como resultado un magnífico ejercicio de estilo muy pocas veces paladeable en el panorama literario español, en el cada vez, utilizamos menos palabras a la hora de construir historias, sin duda, en beneficio del nivel medio de los futuros lectores, o esa es la excusa que nos ponen las editoriales. De ahí, que la libertad que se respira en este libro, sea otra de esas cualidades que brilla con luz propia y que se traducen en las magníficas frases o versos que anteceden a cada uno de los relatos, o en los dibujos que están en la contrapágina del inicio de cada relato, y que en sí mismos, merecen comentario aparte. Dibujos de Lucía Martel Marqués, (hija de la autora) que expresan muy bien eso de que menos es más, porque su sencillez y su trazo fino definen muy bien la fragilidad y esencia de cada relato; un acierto que se traslada a su esquematismo de sus líneas y formas, pues por sí solos nos hablan de lo que es la vida: un contrapunto en el que siempre sobresale en algún momento ese color rojo de la sangre, la pasión, la vida…

Dentro de las múltiples formas de morir que caracterizan a los primeros relatos de Distintas formas de ir a la deriva en, No me culpen a mí, asistimos a lo que podríamos denominar como la plenitud de la soledad a través del esbozo de la avaricia disfrazada de tesoro, pero también de la búsqueda del anhelo o la muesca en el revólver. Ecos del oeste americano que nos demuestran una capacidad narrativa desbordante para entretejer el tiempo y sus intenciones, así como, los arrebatos y medias verdades, bajo el perfecto dominio del tiempo y la elipsis. Un juego temporal que en, Poemas para una niña muerta, devienen en deseos entrecruzados y alejados de cualquier realidad tangible. Este relato es como un sueño en el que el realismo mágico se desliza hacia lo imposible, aunque ese imposible parece no alcanzarse nunca, porque en el siguiente párrafo de su transcurso sufrimos un nuevo arrebato. Aquí asistimos a la inclemencia narrativa por parte de la autora, tanto a la hora de tratar a sus personajes como a los lectores; una inclemencia que se traduce en un magnífico poema final: «No habrá sino recuerdos/ Oh, tardes merecidas por la pena,/ noches esperanzadas de mirarte,/ campos de mi camino, firmamento/ que estoy viendo y perdiendo...», sensación que se traslada al siguiente relato, Es verdad que cuando lo hice estaba como una cuba, en el que de situaciones absurdas e inesperadas, la narradora nos somete al análisis de cuestiones esenciales, o a priori, primordiales para los personajes de sus relatos que, como en este caso, acaban en caprichos macabros, de esos que permanecen dormidos en el umbral de los deseos. 

En Día de difuntos se pone de nuevo de manifiesto ese gran manejo del lenguaje que atesora Elena Marqués, donde la profusión de palabras y expresiones latinoamericanas hacen más vivaz el relato que, por otra parte, aparece cargado de miedo y de muerte, de difuntos y supersticiones, en definitiva, de acertijos de la vida y sus múltiples escondrijos. Escondrijos que nos siguen llevando a esa deriva anunciada en el título, y que, en Razones para el regreso, posee un final impactante y demoledor, donde la muerte se convierte en la sonrisa amarga del regreso a la tierra donde se nació, a la casa donde se habitó y a la infancia feliz que ahora tan sólo es un recuerdo. Aquí, el regreso es como el camino invertido de la vida. Un tema, como es el de los refugiados, que también se trata en Marea con jazmines, donde los sueños con los que se nutre la esperanza desdeñan y retan a la inocencia de un niño y a su capacidad de crear nuevos mundos apegados a un padre que ya no está, pero que, sin embargo, en el recuerdo del hijo permanece la necesidad  de que siga habitando dentro de su alma; alma rota y ciega por la muerte. Este relato, como otros que conforman esta recopilación, han sido premiados en diferentes concursos que se celebran a lo largo y ancho de la geografía española lo que ya nos habla de la calidad de los mismos. Así, en Canciones de ida y vuelta, asistimos al lado más intimista de la autora, donde su imaginación se traduce en la posibilidad de reducir el sufrimiento en el prójimo con la esperanza de llegar a concebir los ecos de los recuerdos igual que un salvavidas que trasciende más allá de cualquier frontera. Aquí, los sueños y los recuerdos son como la rueda de un molino, que se mueve sin cesar y sin otra necesidad que la del agua nueva; un agua que, sin embargo, es igual a la anterior y a la anterior; un agua que simboliza el paso de los días de una vida, en la que en ciertas ocasiones, nos quedamos anclados en un punto fijo que nos cambia para siempre la manera de sentir y fijar nuestra mirada en el mundo, quizá, porque «...En todos los cielos hallo una luna creciente/ y el silencio terco de las estrellas». 

La muerte de una persona cuando la figura del amado desaparece de su vida está presente en La flor de su locura. Muerte figurada e ilustrativa que entierra las ilusiones transparentes de aquel que sólo busca la inocente caricia del amor. ¿Qué se puede hacer ante el maltrato de los sentimientos?, pues quizá, escapar del fortín de la desdicha con lo puesto, para de esa forma resucitar y empezar de nuevo. Esa capacidad de comenzar también se halla presente en el realismo mágico que se impone en El gaucho, un relato  de mentiras aletargadas en el tiempo y en esa necesidad de lo nuevo y lo distinto que los habitantes de un pequeño pueblo tienen para poder salir de la rutina y de su forma de vivir, anclada en la monotonía, pues muchas veces nos tenemos que mentir para poder seguir viviendo. El domino del lenguaje vuelve a relucir en este relato, con una depurada técnica en cuanto al uso de vocablos argentinos que delimitan muy bien al protagonista y a la atmósfera del cuento. Una atmósfera que ese torna en mágica en el mejor relato de todos, El tiempo no es el tiempo, donde lo mágico y cadencioso se transforman en un sueño hecho realidad bajo el estigma del amor y los recuerdos. El paso del tiempo es el testigo de una devoción del pasado que, sin embargo, para su protagonista es siempre presente. La muerte, aquí, es otra, pues parte de la poesía, el ritmo pausado y la alegoría «el olor inconfundible de las nueces, las rosas y las campánulas... el aleteo insomne de miles de mariposas invisibles» como invisible es la mano de la narradora en pos de la artesanía de un cuento perfecto en su armazón e intenciones pues te invitan a leerlo en más de una ocasión, por la fantástica recreación de la atmósfera  de la casa en la que vive a través de los recuerdos su protagonista, Rosa Fonseca. 

El último verano es parecido a un mal sueño, donde los ecos de los recuerdos y la realidad se fusionan y confunden, como si lo vivido y lo soñado fuesen una misma cosa. La virtud de este relato está en su ritmo y en ese juego de dobles intenciones con el que la narradora encandila al lector y le hace creer y soñar con otros mundos. Un mundo, el de la derrota y la muerte del artista que quiere serlo sin conseguirlo es el que cierra esta recopilación de relatos, y que lleva por título Juegos florales; una historia montada a través de varias cartas, donde Pepín Bello y Homero Santibáñez, se dan la mano y se buscan a la hora de explorar sus propias mentiras que aquí, proceden de la literatura y ese ansía por salir de un anonimato que quizá no se merezcan o nos merezcamos. 

En definitiva, Distintas formas de ir a la deriva, es una nueva muestra de la maestría en cuanto al estilo y el dominio del lenguaje de la escritora Elena Marqués, una voz a tener muy en cuenta en en panorama narrativo español, pues no en vano, maneja la literatura con la intención de hacernos soñar y vivir otras vidas y visitar otros mundos. 

Ángel Silvelo Gabriel.