Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

domingo, 24 de julio de 2016

EL CEMENTERIO ACATTOLICO DE ROMA, CELEBRA SU 300 ANIVERSARIO DEL 23 DE SEPTIEMBRE AL 13 DE NOVIEMBRE EN LA CASA DI GOETHE DE LA VIA DEL CORSO



No hace falta más que alejarse un poco del bullicio que reina en el Coliseo y sus alrededores para llegar a Campo Cestio, un lugar presidido por una pirámide evocadora de otras culturas, y que es el mejor símbolo de la magnitud del paso del tiempo. «Todo es efímero menos yo misma», parece decirnos, pero también, a poco que nos fijemos, caeremos en cuál es el verdadero fin último de su ubicación. Campo Cestio, a día de hoy, es un lugar de peregrinación literaria en la ciudad eterna. Todos aquellos amantes de la lectura que tratan de unir arte y literatura, llegan hasta el cementerio protestante de la ciudad de Roma para cumplir con la liturgia de visitar la tumba del poeta romántico John Keats y, de esa manera, cerrar el círculo de su historia. Cada vez más, los visitantes acuden sin reparo a ese lugar sagrado que se esconde bajo la sombra de pinos y cipreses, naranjos y palmeras, y que junto al interés puramente literario, cobija un mágico silencio que el tráfico que le rodea no es capaz de perturbar. Una sensación tan placentera que nos lleva a expresar que a escasos metros de sus murallas se encuentra el mundo, pero dentro de ellas, se halla la eternidad. De ahí, que uno sólo será testigo de la magnitud que día a día va tomando la figura del poeta inglés si visita el cementerio y su tumba, presidida por una lira a la que le faltan cuatro cuerdas, como símbolo de su fugaz paso por la vida.



El final del viaje para Keats, acabó en el cementerio protestante de Campo Cestio en Roma. Una afirmación que por otra parte no es del todo cierta. Sí es verdad que su sepultura no tiene nombre, y que en su lápida se puede leer el famoso epitafio que inventó días antes de morir, sobre el que hay una imagen de una lira a la que le faltan la mitad de las cuerdas (idea de Joseph Severn), y que a unos metros a la izquierda, justo en la tapia del cementerio, hay un medallón con una efigie y unos versos en los que se puede leer su apellido en acróstico vertical. También es verdad que Shelley llevaba un libro de Keats en el bolsillo cuando murió ahogado en un naufragio un año después en la Toscana, y que antes, le dio tiempo a escribir el poema Adonaïs en honor de su amigo que describe muy bien el cementerio donde descansan sus restos, y donde el poeta romántico dio sus últimos pasos en la ciudad de Roma: “el cementerio es un espacio abierto entre ruinas,/ y en invierno lo cubren violetas y margaritas./ Podría hacer que uno se enamorara de la muerte/ al pensar en ser enterrado en un lugar tan grato”. Un lugar que Lord Houghton define así en su libro Vida y cartas de John Keats: "... uno de los más hermosos lugares donde pueda reposarse la mirada y el corazón de los hombres. Es un declive lleno de césped, entre las ruinas de las murallas de Honorio correspondientes a la ciudad reducida, y dominada por la tumba piramidal que Petrarca atribuyó a Remo, pero que la verdad arqueológica a adscrito al nombre más humilde de Cayo Cestio, tribuno del pueblo, sólo recordado por su sepulcro". Y que incluso Severn, tampoco pudo evitar describir las sensaciones que le producía, y así lo hace en una carta que escribió a Mr. Haslam diez semanas después del óbito de Keats: “anduve por allí hace pocos días, y vi que las margaritas la han cubierto ya enteramente. Es uno de los lugares retirados más hermosos de Roma. No se encontraría un sitio semejante en Inglaterra. Lo visito con una deliciosa melancolía, que alivia mi tristeza. Cuando me acuerdo del largo tiempo en que ni un solo día estuvo Keats libre de agitación y tormento tanto del alma como del cuerpo, y que ahora yace en reposo con las flores que tanto deseaba sobre él, sin otro sonido en el aire que el de las esquilas de unas pocas ovejas y cabras, me siento realmente agradecido de que esté aquí, y me acuerdo de cuán ardientemente rogaba porque sus sufrimientos llegaran a su fin y pudiera alejarse de un mundo donde ya ni un solo ápice de alivio quedaba para él”. Sin embargo, este no es el final del viaje, pues tras el cuerpo del hombre que permanece enterrado bajo tierra quedan sus palabras, las palabras del poeta que, siempre, estarán presentes a lo largo del tiempo.

Ángel Silvelo Gabriel

miércoles, 6 de julio de 2016

MI ALUMNO MÁS TORPE.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO




Mi alumno estaba en su legítimo derecho de exponerme con sólidos argumentos jurídicos su ausencia en el examen tras la noche de vigilia que había pasado. No obstante, mi deber como docente y abogado, era hacerle la pascua y recordarle que su acto estaba tipificado como de ilícito académico, al no cumplir la cláusula que habíamos pactado para aprobar el curso. Lleno de razones en su alegato de descargo me esgrimió fundamentos de índole personal que sólo buscaban el lado humano de la justicia, como si la carrera de Derecho estuviese exenta de todo un expediente académico. Él se dio cuenta de lo erróneo de su estrategia y, a pesar de que yo le consideraba como mi alumno más torpe, inició una nueva estrategia en su defensa. El desvío de sus intenciones fue tan claro como contundente: «profesor, algún día, se dará cuenta de que la justicia no son sólo matemáticas».

Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

viernes, 1 de julio de 2016

MIGUEL ÁNGEL MOLINA LÓPEZ, 99X99 (MICRORRELATOS A MEDIDA): LOS CANDENTES FOGONAZOS DEL ALMA


La mirada del escritor, como la vida en sí misma, es una concatenación de actos y reflejos, en los que en unos y en otros nos vemos y nos reflejamos. Ese conjunto de miradas y destellos son los que componen cada uno de nuestros universos que, en ocasiones, pueden ser lánguidos y aburridos, pero en otros, cortos e intensos. Tan cortos e intensos como si todo se redujera a estar atentos a esos candentes fogonazos de vida que no son sino los fogonazos distraídos que de vez en vez emite el alma, esa parte invisible que nos dirige y nos nutre en el día a día. Miguel Ángel Molina López ha elegido esa última versión de la vida y la escritura para presentarnos en 99x99 (Microrrelatos a medida) esos candentes fogonazos del alma que, como escritor, sabe extraer de aquello que ve, condensándolo en minúsculas partes de vida o en pequeños detalles llenos de esencia, verdades y mentiras, aciertos y errores que, en su conjunto, conforman un conglomerado de micro-instantes del mundo actual, pues si de algo se nutre el caleidoscópico universo literario de Molina es de la variedad de vidas que, en su faceta creativa, extrae del anonimato, dando de esa forma luz y protagonismo al otro al que como norma general ignoramos, de tan metidos como estamos en nuestros propios problemas. Esa capacidad de abordar al otro, Molina la desarrolla a través de muchos de los temas más universales de la literatura, véase: el amor, los sueños, la conquista de la ansiada libertad, la repetición de los mismos errores o la sempiterna lucha por liberarse de la parte oscura que cada uno de nosotros tenemos.



En estas 99 micro historias plagadas de anti héroes, el autor de las mismas no se conforma con mostrarnos esa faceta más oscura de nuestra existencia, sino que ha afinado su puntería y nos ha relatado también historias con finales felices, sorprendentes o inimaginables, para de ese modo, ampliar el abanico de las posibilidades literarias y vitales que tratan de no caer en el fango de lo manido. En este sentido, Miguel Ángel Molina nos propone ese lado de la literatura que, quizá, sea el que mejor se adapta a las necesidades actuales del ser humano, siempre cargado de prisas y no dispuesto a hipotecar su tiempo más allá de lo estrictamente necesario, pues a través de estos 99 microrrelatos, podrá disfrutar —a la vez— de la esencia del ser humano y de la literatura sin necesidad de dejarse grandes cantidades de tiempo por el camino. Eso sí, para todos aquellos que piensan que un microrrelato es algo intrascendente y de lectura rápida, habría que avisarle que, al igual que en los textos más largos, estos micro instantes, también son aptos para releer y degustar con un cierto ritmo de mesura, pues sino el atracón de historias está asegurado. Así, entre un micro y otro, cabe la opción de repensar aquello que se ha leído antes de abordar la siguiente situación, pues como muy bien hace Miguel Ángel Molina en este libro, las historias saltan de un lado a otro del mundo y la vida para captar, en cada una de ellas, la esencia de aquello en lo que el narrador ha fijado su mirada, de ahí, lo de fogonazos del alma, pues todas y cada una de las historias de estos 99x99 micorrelatos a medida, pretenden sumergirnos en esa otra vida en apariencia, sólo en apariencia, gris, anónima o sin sentido o importancia. De ahí que la reivindicación que se produce en esta secuencia de microrrelatos sea la de la sorprendente y cómplice mirada del otro que, en este caso, no es sólo la del narrador, sino también la de aquel en el que éste ha depositado su mirada, como queriéndonos avisar de que las víctimas de nuestro olvido son el resultado de una mala partida de cartas, ésa que jugamos día a día sin apenas darnos cuenta.



Ángel Silvelo Gabriel.