Tiempo de comunicaciones rotas

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lunes, 23 de mayo de 2016

FANNY BRAWNE, LA BELLE DAME DE HAMPSTEAD —CRÓNICA DE LA PRESENTACIÓN EN LA BIBLIOTECA EUGENIO TRÍAS DE MADRID—: NAVEGANDO ENTRE GIGANTES



El eco que rompe el vacío del negro silencio, del insolente olvido, de la sempiterna soledad se abrió paso entre los nervios, las prisas y las margaritas que adornaban el parque del Retiro de Madrid y las proximidades de la Biblioteca Eugenio Trías el pasado martes 17 de mayo donde, una vez más, a través de las telarañas del tiempo, asistimos a un pequeño milagro: la puesta de largo de un libro, lo que de por sí ya es un acto de fe en sí mismo, pero que esta vez parecía más difícil todavía, por imposible, pues el libro en cuestión llevaba la forma de texto teatral. Sin embargo, el miedo se transformó en esperanza, el dolor en dicha, y los nervios en amplias sonrisas, porque la bendición del destino sobre esta gran aventura literaria, que ya tiene algo más de dos años de vida, nos siguió acompañando con la naturalidad de las grandes ocasiones, casi me atrevería a decir gestas, porque la edición de este reflejo procedente del otro lado del espejo —que se torna en un eco o en un grito de dolor y esperanza, oscuridad y luz—, es lo más parecido a la reivindicación del tiempo perdido por parte de su protagonista, Fanny Brawne, una mujer vilipendiada y maltratada como tantas otras por la historia. Una historia que sólo es escrita por hombres.



Muchas son las casualidades que rodean a las diferentes facetas del mundo del arte y, la intrahistoria de esta Fanny, mi Fanny, que ya es la Fanny de todos aquellos que se acerquen a leer esta obra de teatro —teatro para leer— podrá ser tan suya como mía y, a su vez, reivindicarla como una adalid más de esa larga lista de mujeres maltratadas por el paso del tiempo, herederas sin duda, de la figura de la loca del ático de las hermanas Brönte. Digresiones literarias aparte, el pasado 17 de mayo asistimos a la presentación de Fanny Brawne, La Belle Dame de Hampstead, un texto que trata de poner luz sobre el eco oscuro del paso del tiempo y establecer el punto de equilibro que merece la persona que consiguió que John Keats —por mucho que les pese a los detractores de esta mujer— escribiera lo mejor de su corta trayectoria literaria cuando estaba enamorada de ella. Es cierto, porque tras ese largo título que hace referencia a un poema del poeta romántico —La Belle Dame de Sans Merci—, se esconde la dualidad de bruja-hada que nos permite formularnos las preguntas y, quizá también, atisbar parte de las respuestas de esta sempiterna historia de amor que quedó inmortalizada en la correspondencia que mantuvieron ambos cuando estaban separados por la enfermedad o la sinrazón del amor, y que ha pasado a la historia de la literatura como una de las más bellas representaciones de ese sentimiento universal que es el amor, no es menos cierto que otra parte del milagro aludido al inicio de esta crónica es, que durante poco más de una hora, Fanny Brawne se hizo presente entre los asistentes al acto, y resucitó de entre las tinieblas del pasado, de entre las tragedias que le tocaron vivir, y de entre el amor que el destino le condenó a que fuera escrito en el agua. Epitafio sublime que, sin embargo, a ella, la sumió en la más absoluta de las incomprensiones, pues sus palabras y sentimientos fueron tildadas de obscenas, insolentes, inapropiadas, caprichosas…, y así hasta la mayor de las descalificaciones: falsas. Parece que nadie se creyó el amor de Fanny Brawne hacia John Keats hasta que salieron a la luz las cartas que la propia Fanny Brawne le escribió a la hermana pequeña del poeta Fanny Keats, donde queda claro que sus sentimientos fueron transparentes, tanto o más que ese lugar al que Fanny alude en uno de sus largos monólogos presentes en la obra de teatro en el que el agua transparente se convierte en piedra.



Sin embargo, a medida que pasa el tiempo, al igual que le ocurre a Fanny en la obra de teatro, las certezas dejan paso al mundo de las sensaciones como único refugio donde aún se pueden cobijar los recuerdos de toda una vida, de ahí, que esta crónica no pretenda ser un reflejo exacto de todo aquello que ocurrió en la Biblioteca Eugenio Trías de Madrid en una clara tarde del mes de mayo en la ciudad de Madrid, sino que más bien quiere ser la traducción del recuerdo y las sensaciones de uno de los que intervinieron en esta puesta de largo inesperada, aunque intensamente deseada, en la que su autor, sin saberlo, ha cerrado un círculo y, de paso, le ha dado la oportunidad a Fanny Brawne de buscarse a sí misma a través del tiempo y, con ello, levantar su personaje de ficción por primera vez en la historia de la literatura, sin ser consciente en ningún momento de tal hallazgo o descubrimiento, pues Fanny es una persona inventada, o más bien imaginada, que nace de las tinieblas de la desdicha para indagar en su vida a través de los silencios, de esos grandes silencios que pueblan nuestras vidas y que nadie más que cada uno de nosotros conoce. Ahí es donde Fanny se detiene, reflexionando sobre el eco de sus palabras e intentando transmitirse a sí misma, y a los demás, las respuestas a una parte de sus preguntas. Fanny Brawne es una corriente de agua que no deja huella, pero que trata de abrirse camino en esos afluentes interiores que no sólo erosionan el terreno, sino que también abren nuevos caminos. ¿Hay vida más allá del amor?, se pregunta Fanny Brawne afrontando el designio final de su vida separada de su joven amado John Keats.



De nuevo, debo decir, que la fortuna presente en las grandes citas de John Keats y Fanny Brawne se alió con nosotros, pues el salón de actos de la Eugenio Trías mostró las mismas galas que hace apenas dos años, cuando en ese mismo lugar, se presentó mi primera novela, y estuvo al mismo nivel que esa tarde-noche mágica del 23 de febrero de 2015, cuando la tierra tembló en Madrid, y más tarde dio paso a un lleno histórico en el salón de actos del Museo del Romanticismo —cuando más de 30 personas se quedaron fuera por falta de aforo— , de ahí, que yo el otro día iniciara mi intervención recordando y reivindicando el espíritu del Museo del Romanticismo como santo y seña de esta ruta literaria que de una forma accidental un día inicié por el Romanticismo inglés, pero en tierras españolas. En este sentido, el mundo de las sensaciones me dice que todo salió muy bien, y el recuerdo que se abate sobre esa tarde es el de un autor de que, consciente de que sólo está empezando, en demasiadas ocasiones se siente como un barco de papel en mitad del mar, igual que si estuviera navegando entre gigantes, pero que a pesar de ese sentimiento de zozobra, se muestra feliz por el apoyo y la fidelidad de tantas y tantas personas que están haciendo conmigo este ruta de ida y vuelta…, con mi chica, Manuela, a la cabeza: la luz de mi camino y quien me sujeta con firmeza los pies al suelo, antes, por las entrañas de la belleza y, ahora, por las entrañas del amor.



Me gustaría dar las gracias a las personas que me acompañaron el mesa: mi hermana África Silvelo, mi editora Noemí Trujillo y mi amigo Jesús Marchamalo, todos ellos estuvieron brillantes en sus intervenciones, certeros en sus diagnósticos, envolventes en sus dictámenes y sugerentes en sus propuestas, sin embargo, ese mundo de las sensaciones del que antes he hablado me ha dejado inmerso en una nebulosa de la que todavía no me he recuperado y, tanto es así, que antes de terminar el acto miré al final del salón de actos e, igual que si estuviera metido dentro de uno de mis sueños, vi a Fanny y a John en una esquina escuchando todo aquello que se decía, como comprendiendo el último significado de sus vidas y, esta vez sí, les vi cogidos de la mano, cogidos de la mano para siempre… Esa visión sólo se difuminó cuando los actores de la Sala Tribueñe de Madrid —bajo la dirección de Irina Kouberskaya—, Chelo Vivares (Fanny), David García (Severn), y Miguel Pérez-Muñoz (Keats) interpretaron una escena de mi obra de teatro. Entonces dejé respirar a mis sentidos, mientras, envuelto en sus mágicas palabras, sólo pude decir: GRACIAS, porque a veces los sueños se hacen realidad.



Ángel Silvelo Gabriel.


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