Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

sábado, 2 de mayo de 2009

RAY LORIGA: YA SÓLO HABLA DE AMOR


Este es el título en el que viene envuelta la nueva novela de Ray Loriga. Es un título que sin duda nos puede llevar a engaño, dada su reciente separación de Cristina Rosenvinge, y de ahí mi primera adversión hacia la misma. Sin embargo, su lectura y composición, nos llevan lejos de su experiencia particular, aunque la misma sea el viaje en solitario del protagonista, Sebastián.

El estilo que Loriga nos propone es denso, lleno de frases completas y sentencias irrefutables, que se nos antojan de una persona que ya ha vivido mucho, y que sobre todo, tiene certezas. En algún momento me quise acordar de Benet, pero finalmente el transcurso de la historia me sacó de mi inicial conjetura.

Sebastián es un personaje que comienza a andar sin un rumbo fijo, y que a pesar de sus miedos, se verá obligado a afrontar las situaciones a las que él no quería enfrentarse, y las hará frente dejándose llevar, en una perfecta pose de autodestrucción; y llegando a un final donde se convierte en el propio intruso de sí mismo.

Ya sólo habla de amor, es una novela de recorridos interiores, marcada por el particular universo creador de Ray Loriga.

CONTROL



El famoso fotógrafo de cantantes pop, Anton Corbijn, ha llevado a la gran pantalla la historia de Ian Curtis, cantante del grupo de Manchester Joy Division. La historia abarca el período que va desde 1973 a 1980, y está basada en la biografía escrita por la esposa de Curtis.

Control no es una película convencional en muchos sentidos. Primero, porque está grabada en blanco y negro; y después, porque se trata de una particular historia destructiva muy vinculada a los amantes de la música, y más concretamente de la música que se creaba a finales de los años setenta en Inglaterra. Estas tendencias post-punk, posteriormente desembocaron en España dentro de la movida madrileña, y este movimiento acultural español tuvo su caldo de cultivo en historias como la de Joy Division, Psycodellyc Furs, Echo and the Bunnymen, etc, y por ende, su reflejo sobre la reciente historia cultural y musical de nuestro país, en grupos musicales, artistas plásticos y cinematográficos que todos conocemos.

No obstante, Control, para mí es mucho más que una película musical o biográfica (me declaro seguidor de Joy Division y su posterior transformación en New Order, uno de mis grupos favoritos de todos los tiempos). Pero como digo, esta película es algo más, el blanco y negro nos integra a la perfección las casas bajas de ladrillo de la clase trabajadora inglesa, con las verdes montañas que las acogen. Si en la entrada anterior, hablaba de la importancia del relato en el espacio-tiempo de principos de los sesenta. En este caso, nos ubicamos en otra época sin duda convulsa y muy fructífera a nivel artístico y sobre todo musical, como fue la de finales de los setenta, lo que se refleja clarividentemente en la película.

Igual que generaciones anteriores tuvieron a Jim Morrison como mártir y líder espiritual, y las posteriores a Kurt Cobain, mi generación tiene a Ian Curtis, magistralmente interpretado por Sam Riley, dando vida, por un lado, a un personaje que se debate entre el dilema moral de seguir con su mujer y su hija, y por otro, seguir la estela de las nuevas experiencias amorosas que su grupo Joy Divison le va abriendo, y que finalmente se encarnarán en Annie. Pero Curtis no representa sólo la duda entre el ser y el deber ser, sino que también es víctima de su propio mundo interior, que se complica más si cabe, con la aparición de ataques epilécticos. La ausencia de palabras, Curtis la suple con creces con las letras de sus canciones, a veces desgarradoras, y otras oscuras y siniestras. Una vez más, la importancia de la falta de comunicación y la ausencia de las palabras se contrarresta con un impulsivo e inquietante mundo interior, lleno de poesía y soledad desgarradora, lo que nos vuelve a mostrar uno de los grandes temas de nuestro tiempo: la incomunicación. Esa soledad hacia adentro de Curtis, con su expresivo vacío en la expresión de sus ojos enmarcados por unas grises ojeras permanentes, nos revelan una vez más la soledad del artista, el sufrimiento interior que llevado al límite le hace imposible crear más, porque en ello va su propia autodestrucción.

La banda sonora, sencillamente es genial, no sólo por el repaso a los mejores temas de Joy Division (crearon himnos como Love Will Tear Us Apart), sino por el viaje musical a una época que fue tremendamente influyente en épocas posteriores. No es de extrañar que la película comience con David Bowie y que finalice con Iggi Pop (La Iguana).

Control no es sólo una película musical. Es también la aventura malograda de un artista llevada hasta sus últimas consecuencias, además del retrato de una época que cada vez más, a mí se me presenta como reveladora de muchas experiencias posteriores. Absolutamente recomendable.

IAN McEWAN, CHESIL BEACH: LA INCOMUNICACIÓN DE LOS DESEOS


Ian McEwan recrea en esta novela, a una joven pareja en su noche de bodas, y con ello, levanta un escenario donde representa a la sociedad inglesa de los primeros años sesenta, y que tal y como viene en la contraportada del libro, según Philip Larkin, 1962 es un año antes de que en Inglaterra se empezara a follar o apareciera el primer LP de los Beatles. Lo que nos sitúa en la frontera entre el fin de la época imperialista y el inicio de la liberación de las costumbres e ideas que supusieron los años sesenta.

La particular historia de amor de Florence y Edward nos vuelve a situar en uno de los ejes de este autor, donde los malentendidos y la falta de comunicación entre sus personajes desencadenan en trágicos desenlaces y epílogos que se expanden en el tiempo y que nos muestran el lado más desalentador de nuestras vidas, inaccesibles al poderoso paso del tiempo (tal y como sucede también en Expiación).

El estilo que emplea McEwan para relatar la historia es sencillo. Lo que resulta otro claro ejemplo de maestría creadora, donde más que acotar se nos muestra, y donde se nos deja la posibilidad de ir creciendo junto a la historia.

En cuanto a los personajes, Florence es una chica con inquietudes artísticas, sensible y que es incapaz de exteriorizar sus sentimientos, salvo cuando toca el violín. Sus miedos, alentados por una madre fría y distante, alcanzan su cenit en el contacto físico, lo que nos lleva a una agónica noche de bodas, donde los malentendidos e incomunicación alcanzan cuotas magistrales en cuanto a su narración. Por su parte, Edward procede de una familia con pocos medios económicos, y que al contrario de Florence, ha vivido en una pequeña casa en medio del campo con una madre ausente por un problema cerebral. La figura de Edward, con sus modales y experiencias vitales menos refinados, representan a la Inglaterra que cambiará en breve, dando paso a una sociedad más abierta en cuanto a las costumbres, y libre respecto de sus ideas.

En sí misma, Chesil Beach es una magnífica novela, que se lee de una tirada y resulta absolutamente recomendable.

Reseña de Ángel Silvelo Gabriel