Tiempo de comunicaciones rotas

jueves, 8 de diciembre de 2016

ANIMALES NOCTURNOS DE TOM FORD: LA LEVE VACUIDAD DE LA BELLEZA Y LA EXPIACIÓN DE LA CULPA



La perfección que nos conduce al aislamiento y al insomnio, y la debilidad que nos provoca parálisis e indefensión, se dan la mano en esta película que funde dos historias (una real y otra de ficción), para mostrarnos de una forma hipnótica y ensimismada, la leve vacuidad de la belleza y la expiación de la culpa. Tom Ford, de nuevo, vierte sobre su última película una parte de sus miedos y obsesiones, lo que le lleva a enfrentar el lujo y el vacío que el mismo le provoca sin que por ello pueda renunciar a él. Animales nocturnos es una tesis de todo ello, y que nos acerca a esas grandes mansiones de Hollywood y a las provocadoras (por gigantes) propuestas dentro del mundo del arte que, entre otras cosas, se producen para satisfacer los egos de los más ricos, pero también, y ahí es donde se produce una extraña atracción hacia esta historia, es la exploración del lado opuesto de esa victoria plástica o simplemente bella, para girar la historia hacia un relato sucio, noir y sin sentido, que nos muestra en toda su crueldad el aspecto más lúgubre y pernicioso del ser humano. Amy Adams y su insomnio es el punto de unión entre ficción y realidad. Ambos cabalgan con total comodidad por un guion que se fusiona y salta una y otra vez de un relato a otro como si fuera un juego de imágenes o la sinopsis de un anuncio publicitario, lo que sin duda dinamiza la narración de la historia y mantiene al espectador sumergido en cada uno de los dos relatos. Por otra parte, ese suspense se tensa y se cierra en sí mismo a través de los hipnóticos primeros planos de Amy Adams y Jake Gyllenhaal, a los que Tom Ford somete a sus dos protagonistas, dejándoles un nulo espacio para la mentira o el error, y de ahí, el acierto de sus actuaciones. En este sentido, la frialdad y el desasosiego del personaje de Adams, está muy bien representado por la actriz que, como en toda buena historia, guarda un secreto. Acompañándola, Gyllenhall, que se enfrenta a sí mismo y a su destino desde la debilidad de quien necesita el apoyo del amor para seguir adelante, lo que le hundirá sin remedio en el abismo más oscuro de la soledad y de la incomprensión.



Animales nocturnos es un ejercicio que nos bifurca los sentimientos por carreteras secundarias, pero que, al final, se encuentran en un explosivo y revelador cruce de caminos, a partir del cual nada volverá a ser lo mismo. Aquí, el director y guionista nos salpica de esa duda siempre existente acerca de la conveniencia y acierto en las elecciones que se nos presentan en la vida. El azar, pero también uno mismo, somos lo verdaderos protagonistas y culpables de ese devenir que nos transforma en animales nocturnos, bien porque no somos capaces de conciliar el sueño al ser víctimas de nuestras propias obsesiones, bien porque por el simple hecho de decidir hacer un viaje por la noche nos vaya a suponer un punto de inflexión en nuestras vidas. No hay redención de la expiación de la culpa en los personajes de Ford, sino más bien un punto y aparte, un punto y aparte maldito o sangriento, como si ellos mismos fueran los verdaderos culpables de ese último destino, y a los que en este caso, el narrador no les da una nueva oportunidad, por más que ellos busquen una salida en la oscuridad en la que viven. En este sentido, el acierto de Tom Ford a la hora de presentarnos su nueva película está en la valentía a la hora de ofrecernos un montaje inteligente, dinámico y muy estético, sin que por ello se pierda fuerza en la narración, y sin renunciar al particular sello de cine de autor (sea éste acertado o no), y además, en arriesgar a la hora de explorar en los sentimientos de la perfección, la debilidad y la culpa, y hacerlo a través de la leve vacuidad de la belleza, lo que sin duda, muchos espectadores no entenderán, quizá, porque ya no queremos que nos dejen varados en las aguas de la incertidumbre.



Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 5 de diciembre de 2016

EL EDITOR DE LIBROS DE MICHAEL GRANDAGE: LA LUZ ENTRE LAS TINIEBLAS



La pulsión narrativa de Thomas Wolfe es intensa como un rayo perdido en la noche, lírica como un verso robado al mejor de los poetas, y memorable y melancólica como una combinación de whisky y láudano a partes iguales. Y, sin embargo..., su forma de escribir nos habla, sobre todo, de la insatisfacción, de la búsqueda de algo de luz en la oscuridad, de la infelicidad de un espíritu atormentado. Las palabras, en ocasiones, se vuelven en el peor potro de tortura para quien las escribe y también para quien las lee, y, sin embargo…, su poder de hipnosis es tan fuerte como la más potente de las drogas. Es muy difícil salir ileso del universo creativo y literario de Thomas Wolfe y de esas descripciones infinitas (véase la del inicio de la novela corta El niño perdido, o la del inicio de la también nouvelle Especulación), teñidas de una tensión poética prodigiosa, única, envolvente y soñadora como pocas veces podremos leer. No es baladí que Jack Kerouac dijera que algún día le gustaría escribir algo parecido a la novela El niño perdido, antes mencionada, y que la tildara de obra maestra, o que Faulkner dijera que era el mejor escritor de su generación, posicionándose él, a su vez, en segundo lugar. Nada es mesurado ni calculable en este prodigio de las letras que era incapaz de dejar de escribir tal y como nos muestra la película El editor de libros. Apenas había tiempo y espacio en su vida para un pequeño chapoteo de sus botas en el agua del mar mientras miraba embelesado el horizonte, para que todo comenzara a fluir dentro de su cabeza a un ritmo endiablado, como endiablado era el carácter de un escritor encerrado en sí mismo y en su mundo. Egoísta y narcisista hasta la enésima potencia, y, sin embargo…, tan cercano al alma humana, pues pocos como él han llegado a describir aquello que los demás no ven, pero que una vez que saben que existe, ya no pueden pasar sin ello o sin el recuerdo que les produce cuando lo leen. Este mago de las letras, indagó en la parte oscura del ser humano y la desgranó para todos nosotros, para que supiéramos definirla con sus palabras. ¿Entonces por qué nos extrañamos tanto del histrionismo de Jude Law en su papel de Thomas Wolfe en El editor de libros? En demasiadas ocasiones, muchas más de las que nos imaginamos, hay una clara disfunción entre el artista y la persona, y éste, es un claro ejemplo de ello. Después de leer su prosa, nadie se imagina a un prestidigitador de la letras como Wolfe abandonado al ímpetu de su prosa, las mujeres y el alcohol, en un papel más cercano a un músico de jazz que al de un escritor, pero es que él era eso: un jazzista de las letras, de estilo libre e improvisación constante que, sin embargo, era capaz de crear grandes obras literarias. Su portentosa memoria, sin duda, le ayudó mucho a la hora de realizar sus majestuosas descripciones, y la figura del padre ausente (de los 6 a los 16 años vivió a solas con su madre, en una vivienda que ahora se ha convertido en lugar de peregrinación literaria en su Asheville natal), que tanto le marcó. De sus pasos por las universidades de Carolina del Norte y Harvard datan sus primeras tentativas como dramaturgo y su fracaso como tal, lo que le llevó a decidir a ser novelista. Su primera novela importante es El ángel que nos mira (1929). Al año siguiente, en 1930, Sinclair Lewis, Premio Nobel de Literatura de ese año le cita en su discurso al recibir el premio. Su segunda novela larga se editaría en el año 1938 (Del tiempo y el río), el año de su muerte en el Hospital Johns Hopkins en Baltimore a causa de una tuberculosis miliar que le inundó el cerebro de tumores.



El editor de libros no abarca toda su vida, sino aquella parte que comienza con la relación con el editor jefe de la editorial Charles Scribner’s Sons, Maxwell Perkins, cuando lee el famoso inicio de su novela El ángel que nos mira: «una piedra, una hoja, una puerta ignota; de una piedra, una hoja, una puerta. Y de todas las caras olvidadas». En esa cadencia inicial ya va implícita la última intención del autor de la misma, que no es otra que la intención de atraparlo todo, como en el mejor de los microrrelatos, sin definir nada, pero sugiriéndolo todo. El mundo está en mis manos, parece decirnos Wolfe en el inicio de su novela. Sin embargo, la película de Michael Grandage tiene ese tono amargo del descubrimiento de la personalidad del autor, al que Jude Law intenta dotar de ese fatal entusiasmo y de una verborrea incontenible de la que no siempre sale bien parado. No obstante, y a pesar de que el film retrata la relación entre el escritor y su editor, el verdadero protagonista de la misma es Maxwell Perkins, interpretado por un Colin Flirth contenido y que es el perfecto contrapunto de la balanza del universo un tanto alocado de Wolfe, sin duda, la luz entre las tinieblas del narrador, pues gracias a él, hoy disfrutamos de la capacidad artística del escritor de Asheville en su justa medida, por mucho que en un momento de la película, Perkins se pregunte: «¿realmente mejoramos los libros o los hacemos diferentes?». En este sentido, la película está tratada con suma pulcritud en cuanto a su desarrollo, fotografía y concepción, muy en la línea de un director de teatro como Grandage, ya que la misma se desarrolla en muchas ocasiones en espacios cerrados y mediante escenas muy arquetípicas del mundo teatral (véase por ejemplo donde Nicole Kidman se despide de Jude Law), aunque también posee esos pequeños trazos más libres y poéticos cuando el director nos presenta a Wolfe en la playa, o cuando el escritor le enseña a su editor el primer piso en el que vivió en Nueva York mientras le relata las pulsiones que le producían la vista de la ciudad y sus rascacielos en plena noche desde la diminuta terraza del apartamento. Entre esa grandilocuencia de imágenes y palabras, vamos asistiendo a un proceso, en buena medida, destructivo del artista, que sólo es atemperado por un editor que sabe manejar a la perfección los desajustes líricos y personales de un Wolfe aislado del mundo y perdido en sus propias conjeturas y demonios. Aquí, Maxwell se alza como el perfecto editor, pero también como el leal amigo y el incansable padre que necesita de un hijo con quien compartir sus más íntimos pensamientos. Ese es el punto fuerte de una película muy literaria si se quiere, pero tremendamente esclarecedora respecto de los límites a los que se enfrentan los creadores, y las consecuencias que sobre éstos conlleva traspasarlos sin ningún tipo de medida. Alguien que no conoce más reglas que las suyas propias, puede ser inmensamente generoso, pero también cruelmente injusto, y esa faceta queda muy bien reflejada en una película que nos muestra muchos de los aspectos que nunca se tocan dentro del ámbito literario. En contraposición a ellos, sobresale la difícil situación de la persona amada, que esta vez, encarna una inconmensurable Nicole Kidman, muy superior en cuanto a su actuación respecto de sus dos compañeros principales del reparto, pues escenifica como nadie esa nítida contención de la derrota y de la pasión por el alma del artista que se pierde en la persona. Un matiz que también entra en conflicto cuando la narración acoge la relación de Thomas Wolfe con Fitzgerald.



El editor de libros es de ese tipo de películas que dejan la huella de todo aquello que rodea al artista y que no se ve. Es una película de interiores, de detalles, de afrentas y reencuentros, y como no, de reconocimientos, aunque éstos sean tardíos, como el que el propio Wolfe hizo con su editor en la carta que le escribió poco antes de morir, sin duda, en ese último claro del cielo del que disfrutó entre la tormenta que se cernía sobre sí mismo, igual que hace la luz entre las tinieblas.



Ángel Silvelo Gabriel

domingo, 4 de diciembre de 2016

SECOND CIERRA SU GIRA VIAJE INICIÁTICO EN MADRID: ÉRASE UNA VEZ… UN GRUPO


Érase una vez…, es la frase con la que empiezan muchos de los cuentos —en particular los cuentos de hadas— que de pequeños nos han contado a todos. Si la hacemos extensiva al mundo de la música, podríamos decir: «Érase una vez… un grupo», y si la concretamos en una banda, podríamos añadir un nombre: Second, después de lo visto y oído el pasado viernes en la Sala Ocho y Medio de Madrid, donde Los Cinco de Murcia despedían su gira Viaje Iniciático (si exceptuamos el concierto que al día siguiente daban en su ciudad natal: Murcia). Sin embargo, para completar esta conjunción de caras y sensaciones opuestas que conforman su música y su biografía a lo largo de estos casi veinte años de la banda en la carretera, tendríamos que acudir a uno de los mayores éxitos de la banda escocesa Simple Minds —con Jim Kerr a la cabeza—, y a una canción en concreto que lleva por título Once upon a time —Una vez en la vida— igual que aquel álbum del año 1985, y que es sumamente premonitoria cuando la letra de la misma expresa: «sólo Dios sabe, sólo Dios sabe/ Eso es el tiempo…/ Una vez en la vida», porque ese parece haber sido el último destino del grupo murciano Second, aprovechar su última oportunidad de cara a agarrarse a lo más alto del escalafón musical español —donde por otra parte ya estaban por méritos propios— quizá, porque estaban hartos de hacer honor a su propio nombre y necesitaban salir de esa forma de confort donde las melodías de sus guitarras, a pesar de todo, a algunos nos hacían sentir que aquello que nos transmitían era lo más parecido a poder volar lejos, muy lejos, pues eran lo suficientemente líricas para que por sí mismas consiguiéramos despegar los pies del suelos sin dejar de tenerlos pegados a esa tierra que tanto nos da y nos quita. Ahora, en esta nueva versión más exitosa del grupo, seguimos despegando los pies de ese suelo que tanto nos atormenta a veces, pero sólo lo hacemos cuando saltamos siguiendo el ritmo frenético de la mayoría de sus dos últimos discos (Montaña rusa y Viaje iniciático). Sin duda, ese abandonar la zona de confort les ha dado sus frutos, pues gracias a sus nuevas melodías han conseguido que su número de seguidores haya crecido exponencialmente en no demasiado tiempo, igual que lo han hecho las altas pulsaciones de sus canciones, y por ende, sus masivas presencias en todos los festivales del mundo indie español en los dos últimos años, lo que se para su fortuna, se ha traducido en la posibilidad de contar —después de tantos años— con un buen equipo que respalda al completo toda su faceta artística, y con ello, conseguir plasmar sobre el escenario un buen espectáculo de luz, imágenes y sonido —sin duda a la altura que se merece el grupo—, tal y como comprobamos en su cierre de gira en Madrid. Ese salir de la zona de confort también ha traído otras notables diferencias en la banda, quizá, la más notable aparte de la sonora, sea la actividad y complicidad de un Sean Frutos que ha abandonado su errática presencia pegado al micrófono, para configurar en mucho momentos del show figuras y perfiles sobre el fondo luminoso que les acompaña, que no hacen sino dejar más imágenes en la retina y en la memoria de todos sus numerosos seguidores. Ese era el único y último elemento que le faltaba al frontman del grupo murciano que, de por sí, es junto a Pucho —el vocalista de Vetusta Morla— el mejor vocalista del actual panorama pop español —con permiso del resucitado Raphael para la música moderna, claro—. Y no sólo eso, porque a la hora de componer, en ocasiones, es capaz de hacer letras tan memorables como la de El eterno aspirante (una canción que no sonó en el setlist de su fin de gira), y que algunos echamos en falta, pues por méritos propios es una de las mejores letras del pop español del siglo XXI.

Más allá de las huellas que el paso del tiempo deja en nuestras vidas y nuestros recuerdos, el show que configura este Viaje iniciático es una nueva demostración del buen hacer de cada uno de los componentes del grupo: Sean Frutos, Fran Guirao, Jorge Guirao, Javi Vox y Nando Robles, pues lo que nos queda claro después de verlos una vez más sobre el escenario es su profesionalidad a prueba de miles de kilómetros —el día anterior habían tocado en Sevilla—; una profesionalidad que se plasma en las buenas versiones que hacen de las canciones más antiguas y de las que no lo son tanto, como demostraron a la hora de ejecutar el setlist elegido para este fin de gira donde los temas escogidos iban en sintonía con esa nueva fuerza que Second le quiere dar a su música; una concepción musical que deambula entre el brit pop y la música electrónica de alto voltaje. Todo comenzó como si fuera la Primera vez, o como si necesitaran dar un último grito: Atrévete y un salto al vacío: hacia un Pueblo submarino desde el que no les importó partir desde un Nivel inexperto, ni tampoco se amilanaron al comprobar que: Nos miran mal. Cacofonías o juegos de palabras que se fueron alternando con algunos de sus temas fetiche: Rodamos —que interpretaron junto a Full, que ya antes habían dado buena muestra de su intenso y poético pop sin límites ni cortapisas teñido de grandes metáforas—, Más suerte, o una impecable y mágica versión de N.A.D.A que nos recordó a los mejores Second de siempre, aunque el grueso del setlist estuvo compuesto por temas de sus dos últimos álbumes, con canciones futuristas como 2502 o Las serpientes que marcan el cambio de rumbo musical del grupo, que aún tuvo tiempo de ajustar cuentas con el pasado cuando ejecutaron La distancia no es velocidad por tiempo —una de las más coreadas de la noche—, porque ese es uno de los grandes méritos de Los Cinco de Murcia, contar con un gran número de fieles seguidores (hicieron sold out en Madrid) que conocen y disfrutan cada una de sus canciones como si fuera la última, y que en este sentido, su máxima expresión son: Ana Sabikilla que, junto a José A. Gamiz, hacen una labor impagable en las redes sociales al grupo y a sus seguidores.


Sin embargo, todo se acaba en esta vida, o eso nos dicen, pues incluso los cuentos de hadas tienen un final y el concierto de Second también, y lo hizo con los acordes de su himno por excelencia: Rincón exquisito, que convirtió a la Sala Ocho y Medio en un karaoke universal con lluvia de papeles incluida, en la que los que estaban encima del escenario y los que los veían desde fuera de él, compartieron una misma ilusión durante una larga hora y media: la música, quizá, porque «sólo Dios sabe, sólo Dios sabe/ Eso es el tiempo…/ Una vez en la vida»; una vida en la que «Érase una vez un… grupo». Un grupo llamado Second.


Ángel Silvelo Gabriel.

MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO: ÉL NO ES BARRY WHITE



Cada mañana me levanto pensando en él. Nadie sabe nada acerca de lo nuestro, ni siquiera mis compañeros diarios de viaje por los vagones y pasillos del metro de Madrid. El silencio es mi mejor aliado, justo hasta que oigo su voz. Entonces todo se transforma en algo parecido a un poema; un papel en blanco que él escribe y que yo leo ensimismada. Sus canciones me hacen soñar de una forma diferente, porque me sacan del letargo en el que me encuentro. Y así me acerco hasta el lugar donde él permanece varado. No es Barry White, pero a mí me lo parece. Da igual que cante en a capela o acompañado por un equipo de música que vomita las melodías que interpreta, porque cada mañana es capaz de ponerme los pelos de punta. Entre vergonzosa y atemorizada, siempre le dejo unas monedas sobre la vieja gorra que ha depositado en el suelo con una pegatina en la que se lee: trovadores in the tube. Nos miramos a los ojos sólo un instante, pero justo el suficiente, para permitirme adivinar que hay un vínculo superior al silencio que nos ampara, nos une y nos protege.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

sábado, 3 de diciembre de 2016

TEATRO TRIBUEÑE: PROGRAMACIÓN DEL MES DE DICIEMBRE DE 2016



“Tribueñe rinde culto a la poesía y la belleza. Esto es teatro.”
Javier Villán - El Mundo

“Irina Kouberskaya, ha firmado una de las revisiones más potentes vistas por estos pagos del Retablo de la avaricia, la lujuria  y la muerte” 
El Mundo
“Hay momentos verdaderamente mágicos...Vayan  a verla si aman el arte”
Blog la Conocida, María José Cortés Robles
“Un texto que ama los detalles, que ama las formas y los sentidos y que te lleva a través del viaje de la imaginación a lugares donde los deseos ocultos puede llegar a convertirse en realidad”
Estrella Savirón - A golpe de efecto
“Nada de obra menor, obra grande, dura, teatro maldito, teatro de vísceras hecho con el corazón y con mucho, mucho cariño”
Alberto Morate – Blogdeentradas.com 
“Montaje imprescindible para los apasionados del teatro y, particularmente, para los lorquistas”
Azay Arte Magazine – Laura Esteban
“Alarde de Tonadilla es un gran espectáculo del teatro musical español que nos descubre la geografía musical de España”


martes, 29 de noviembre de 2016

EN EL 81 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE FERNANDO PESSOA



Mañana 30 de noviembre del año 2016 se cumplirán los primeros 81 años de la muerte del poeta portugués, Fernando António Nogeira Pessoa, en el hospital de San Luis de los Franceses en Lisboa. El 28 de noviembre, antes de salir de la vivienda que ocupaba en el número 16 de la Rua Coelho da Rocha pidió que le afeitaran, tal y como recoge el escritor italiano Antonio Tabucchi en su magnífico relato Los tres últimos días de Fernando Pessoa: «Antes tengo que afeitarme, dijo él, no quiero ir al hospital con esta barba, se lo ruego, vaya a llamar al barbero, vive en la esquina, es el señor Manacés». Sin embargo, y por si acaso, tampoco quiso descuidar su aspecto más íntimo y poético, y mientras el taxi esperaba y el barbero le afeitaba se puso a leer las poesías de su amigo Sá-Carneiro.
El resto fue una tenue nebulosa provocada por una cirrosis hepática hasta que poco a poco se fue. Una nebulosa que la sabia narrativa de Tabucchi ficciona a modo de despedida a través de la visita que le rinden en su habitación sus heterónimos más importantes (Bernardo Soares, Coelho Pacheco, Álvaro Campos, Alberto Caeiro y Ricardo Reis). Todo está narrado como si fuera un sueño o un último delirio literario del portugués más universal, en el que en apenas unas hojas, se  recorren —en una prodigiosa elipsis— su vida, su obra y ese constante desasosiego que no le abandonó ni tan siquiera al final, pues poco antes de morir cuentan que aún le dio tiempo a escribir: «I know not what tomorrow will bring…», que traducido al castellano queda como: «No sé lo que traerá el mañana…» En este sentido, como no hay mejor manera de rendirle homenaje a un escritor como a través de su obra, aquí queda uno de sus numerosos poemas.
EN MÍ INÚMEROS VIVEN
En mí innúmeros viven,
Si pienso o siento, ignoro
quien es quien piensa o siente.
Soy tan sólo el lugar
donde se siente o piensa

Yo tengo más de un alma.
Hay más yos que yo mismo.
Existo sin embargo
indiferente a todos.
Hágolos callar: hablo.

Los impulsos cruzados
de cuanto siento o no
disputan en quien soy.
No cuentan. Nada dictan
a quien me sé: yo escribo.

Poema En mí innúmero viven de Fernando Pessoa a través de su heterónimo Ricardo Reis.
Traducción de Carlos Clementson.

Ángel Silvelo Gabriel

domingo, 27 de noviembre de 2016

LA LITERATURA JUVENIL A DEBATE. Un artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz


Como se puede comprobar en los listados de libros más vendidos que aparecen en Internet, los términos de literatura infantil y juvenil están profundamente unidos en el panorama editorial español. Si a esto añadimos que muchos piensan que la literatura juvenil es un fenómeno inexistente fruto de los mercados y las editoriales, nos damos cuenta de lo difícil que es analizarla por separado.

Con la obra Matilda, de Roald Dahl pasa algo muy curioso. Es uno de los 100 mejores libros juveniles de todos los tiempos, según la revista Time y sin embargo ese libro, y en general toda la obra de Roald Dahl (con cuya mención le homenajeamos en el centenario de su nacimiento), es muy leída también por adultos. En ocasiones así, las etiquetas pueden estar de más y en literatura, como vemos en este caso, únicamente son útiles para distribuir los libros en las librerías.

Lo que no podemos negar es que la literatura juvenil está creciendo en estos últimos años: Los juegos del hambre, Hush Hush, El teorema Ktherine, Ciudades de papel, El corredor del laberinto, Las luces de septiembre, Melocotón loco, Bajo la misma estrella, Divergente, Cazadores de sombras son algunos de los libros más vendidos. Constantemente nos bombardean con abundante número de títulos y propuestas de nuevas colecciones que dan gran dinamismo a este sector. En esto tienen mucho que ver los autores porque a los consagrados a la literatura juvenil como Jordi Serra i Fabra, Alfredo Gómez Cerdá, Andreu Martín, Care Santos, Enric Lluch o Fernando Marías se han unido nuevas promesas como Felipe Juaristi, Laura Gallego, Gonzalo Moure y otros muchos más que habitualmente escriben para adultos, pero que han visto grandes posibilidades en este mercado: José María Merino, Rosa Montero, Marina Mayoral o Gustavo Martín Garzo.

Según el Ministerio de Cultura en su informe sobre la literatura infantil y juvenil del 2007 el sector más difícil es la población juvenil, de 12 a 17 años, por sus especiales características de desarrollo y socialización y las preferencias de ocio entre los jóvenes”. Ya tenemos el baremo de edad de los consumidores de literatura juvenil. Dicho informe añade: “A los jóvenes les interesan las lecturas de entretenimiento y aventuras y aquellas cuyo contenido tienen relación con sus problemas y su psicología”. A tenor de esta afirmación, nos damos cuenta de que no podemos decir que la diferencia entre literatura juvenil y la de adultos difiera en los temas ―que al final son los mismos grandes temas de todos los tiempos: el amor, la guerra, el poder, las injusticias etc.― sino en las características de los elementos narrativos, como señala Silvia Adela Kohan en su libro “Escribir para niños”. Si hojeamos cualquier libro de los citados anteriormente, podemos comprobar que los personajes son perfilados para que se identifiquen con el público al que va dirigido; la interiorización psicológica disminuye en favor de la acción y los géneros narrativos se entrecruzan y fusionan.

¿Y los jóvenes, qué libros leen en el periodo escolar? ¿Leen los que están dirigidos a ellos y son actuales? En este periodo de la Educación Secundaria es donde los alumnos tienen el primer contacto con la asignatura de Literatura y es el momento en el que abordan a los principales autores y las obras maestras de nuestras letras. Con el tradicional corpus de obras clásicas, estamos viendo que no se consiguen los índices de lectura deseados, más bien todo lo contrario: desciende el interés por la lectura, pues enseguida el alumno asocia esas obras a una imposición del profesor. En vista de ello, sería interesante contar con esta literatura juvenil en el currículo escolar, ya que tanto por su forma como por su contenido puede llegar con mayor facilidad a este sector de la población. Pedro Cerrillo en su artículo “Educación literaria y canon escolar” afirma lo siguiente:
Todo canon escolar de lecturas debiera estar formado por obras y autores que, con dimensión y carácter históricos, se consideran modelos por su calidad literaria y por su capacidad de supervivencia y trascendencia al tiempo en que vivieron, es decir, textos clásicos. Pero, junto a ellos, pueden incluirse en un canon otros libros, de indiscutible calidad literaria, que no hayan alcanzado esa dimensión de “clásicos” porque no ha pasado aún el tiempo necesario para que sea posible ese logro”.
Ahora viene el mayor problema: elegir los libros que formen el corpus literario escolar. Deberían tener unas determinadas características para cumplir un objetivo fundamental: facilitar el hábito lector. Para ello, competencia lectora y adecuación del léxico tendrían que ir de la mano. Habría que lograr un progresivo perfeccionamiento verbal de los alumnos para lo que se debe apostar por una gradación en la dificultad del léxico de las obras literarias elegidas y también en la complejidad temática, estilística y narrativa.

Esta literatura prepararía al alumnado para dar el paso hacia los grandes clásicos. Actuaría como una literatura de transición que, además, propondría un diálogo más o menos inteligente entre libro y lector. Para ello, habría que trabajar con actividades planteadas después de la lectura para comprobar el nivel de comprensión. Así se uniría el placer estético a la finalidad didáctica.

También debería ser una literatura basada en la experiencia, capaz de mostrarles conflictos propios de la juventud y la forma de resolverlos. Si la obra es de suficiente calidad, conseguirá que el joven y su entorno se identifiquen con los personajes literarios y así, ofrecerles una educación literaria más que una enseñanza de la literatura.

Y, por último, esta literatura tendría que huir de tabúes y moralinas. La necesidad interior del escritor por contar determinada historia y que todos los temas tratados con veracidad, rigor y calidad tuvieran su espacio sería lo que debería primar en la balanza.

Lo que está claro es que los índices de competencia lectora de los estudiantes españoles están a la baja, según se demuestra en el informe Pisa de 2012. Algo habrá que hacer si con la lectura de los clásicos, en la cual sin duda debe sustentarse la formación humanística de nuestros jóvenes, no acertamos. Ahora viene muy a cuento esa anécdota que corre por Internet sobre Borges acerca de cómo una estudiante le preguntó que qué podía hacer si Shakespeare la aburría:
“No hagas nada, simplemente no lo leas y espera un poco. Lo que pasa es que Shakespeare todavía no escribió para vos; a lo mejor dentro de cinco años lo hace.”
Por lo tanto quizás, mientras les llega la hora de tener madurez de pensamiento y capacidad de análisis para disfrutar de esas obras, sea posible dar cabida en las aulas a esa emergente literatura juvenil.

Artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz.

JAMES SALTER, TODO LO QUE HAY: EL SEXO, EL AMOR, LAS MUJERES, EL HOGAR…, Y EL PASO DEL TIEMPO



Mirar la vida a través de una ventana infinita que nos lleve más allá de lo que vemos, y observarla como si asistiéramos a un prodigioso travelling que sólo nos proporciona esos destellos en verdad importantes y necesarios para seguir viviendo —pues surgen en nuestra memoria acotados por los reflejos de la realidad—, es quizá, una de las mejores herramientas con las que cuenta la ficción para atraparnos en los entresijos de la otra vida, y eso es lo que hace James Salter en su última y magnífica novela, Todo lo que hay. Un rasgo que comparte con otra obra maestra de ese género que es narrar toda una existencia basándose sólo en lo esencial: la novela Stoner de John Williams, con la que además comparte que también está escrita poco antes de morir su autor. Además, Todo lo que hay, tiene la singularidad de combinar flashes y fotografías que, en no pocas ocasiones, se confunden con la ficción que nos proporcionan la imaginación y los sueños, para de ese modo, asistir a una suerte de partitura de las emociones por la que deambulamos a través de unos fuertes impulsos que nos transportan mucho más allá de lo que vemos..., porque tenemos que admitir, que existe un territorio propio más allá del que observamos a través de la ventana; un espacio gobernado por el desasosiego que, como un calendario alternativo a la realidad, juega con nuestros sentimientos igual que el aire lo hace con una cometa en lo más alto de la colina. En este sentido, hay una última y esencial necesidad de dibujar ese mapa íntimo de nuestras vidas cuando estamos llegando a su final, y como las mariposas se van posando en cada flor antes de morir, los seres humanos necesitamos extraer ese último néctar de nuestra existencia a través de los recuerdos. Así, el sexo, el amor, las mujeres, el hogar…, y el paso del tiempo son los verdaderos protagonistas de James Salter en su última novela, Todo lo que hay, y nos los muestra con esa precisión de quien sabe lo que cuenta, y lo que quizá sea más importante, de lo que quiere contar.



En una novela no demasiado extensa, el escritor norteamericano, sin embargo, es capaz de sintetizar tres décadas de la vida de su protagonista, el editor Philip Bowman, y de la historia de los EE.UU., en un ejercicio literario y metaliterario magistral, por lo que tiene de esencial su manejo de la elipsis, pues a través de ella, proporciona a esta historia la plenitud de las grandes gestas, ésas que perdurarán a lo largo del tiempo, porque por sí solas, son capaces de abarcar en negro sobre blanco la esencia de las vidas de aquellos que salen retratados en la misma. Lejos, muy lejos, de rebuscados misterios y tramas plagadas de trampas de cara a hacer más atractivas las historias al lector, Salter se centra en lo que en verdad importa: características inherentes a la novela del siglo XIX y que la convirtieron en esencial en el siglo XX. La vida aparece aquí como la verdadera protagonista, sin otra necesidad de artilugio pseudo literario, porque quizá, no exista un mayor misterio que aquel que abarca la vida en sí misma.



Todo lo que hay es la metamorfosis de las pulsiones vitales de su protagonista, Bowman, a través de un completo calendario de las emociones que se refleja en su innata necesidad de encontrar un hogar y una estabilidad a través del amor. Un amor que deviene en otra fuerte pulsión en la que, se combinan y fusionan a la perfección, las mujeres y el sexo, porque otro de los grandes aciertos de esta novela y del estilo narrativo de Salter no es únicamente su perfecto manejo de la elipsis, sino esa portentosa capacidad a la hora de desnudar en palabras y reproducir en imágenes todo aquello que sólo se siente, y de esa forma, dejarnos sin margen de maniobra. Esa capacidad de mostrarnos la vida tal y como es, y tal y como la imaginamos, se reproduce de una forma nítida en las escenas de sexo, pues el narrador parece dejarnos claro que esa es una de las maneras de atrapar el alma de la otra persona. Esa búsqueda de las entrañas a través del sexo es, sin embargo, la herramienta de la que se sirve Salter para exponer toda una teoría de la existencia que, no se nos debería pasar por alto, tiene un último objetivo: la persecución de la estabilidad personal a través de un hogar físico y sentimental donde poder dar rienda suelta a la otra vida a través del sexo, el amor, las mujeres, el hogar…, y el paso del tiempo, en un infinito travelling, ficticio y real, que vemos a través de la ventana por la que cada día contemplamos el mundo.



Ángel Silvelo Gabriel

martes, 22 de noviembre de 2016

ODA A JOHN KEATS: RESEÑA NÚMERO 3.000 DEL BLOG FRAGMENTOS



Esta es la reseña número 3.000 de mi blog, Fragmentos, desde que publiqué la primera —entre temeroso e indeciso—, un 20 de enero del año 2009, hace poco más de 7 años y 10 meses. Se la quiero dedicar a John Keats, mi compañero literario estos últimos 5 años, y no se me ocurre una mejor forma de hacerlo que publicando la Oda a John Keats que, compuse y cierra, la que hasta el momento es mi última publicación, la obra de teatro titulada: Fanny Brawne, La Belle Dame de Hampstead. Además, quiero expresaros mi agradecimiento a todos los que me habéis seguido desde entonces, y me habéis hecho comprender que el esfuerzo, casi diario de publicar una reseña —más de la mitad son de mi autoría—, es un camino que, ha merecido y merece, la pena seguir recorriendo a vuestro lado.

 ODA A JOHN KEATS[1]

I

Mírame a través del tiempo, dulce amor,

despójate de tus fríos sudores.

Tiembla, sufre, ojalá tu alma solo se estremeciera por mí.

Implora un instante a mi lado, dulce amor,

acariciemos el rocío de la mañana hasta

yacer juntos y exhaustos por el olor de las flores.

Toca de nuevo tu arpa cual ruiseñor del bosque, y

enamórame como si fuera tu bella Eurídice.

Lira sin cuerdas, testigo de sus noches sin luna,

enséñame la senda donde se depositaron sus tormentos…



II

Ronroneo con fauces afiladas sobre el tiempo, dulce amor.

El destino sucumbe tras las raíces del sauce porque,

ya nadie acude a ti —con los pasos sincopados del AMOR—,

nadie quiere cobijarse del sol bajo tu sombra, y solo yaces.

Yo acudo allí cada tarde,

antes de que anochezca, con

lágrimas postreras hundidas entre las rendijas del bosque.

Y lloro. Lloro bajo la sombra de tus ramas.

Lloro sabiendo que a mí solo me cura tu mirada.

Lloro, dulce amor, yo que solo vivo para amarte.



III

Amor, hieres mis recuerdos mientras surges de entre las flores.

Amor, ¿dónde están tus suaves y poderosas manos?,

coge la parte de mi cuerpo que ya no sangra con ellas.

Disfrazado con los colores del bosque acude a mí y,

déjame posarme entre tus ramas y,

así, yo las adornaré, una a una, como si fueran los pálidos versos de tus poemas.

Dulce canto el del ruiseñor que busca la inmortalidad

en el cálido silencio de una tarde soleada.

Cántame, ruiseñor, con tu voz suave.

¿quieres, tú, señor ruiseñor?



IV

Anhelo morir a tu lado y, no volver a extrañar tu cuerpo.

Salid, sin duelo, lágrimas corriendo…

Poséeme por donde mi cuerpo se convierte en seda.

Quiero ser tuya en la sinuosidad del bosque,

en un lugar donde solo crezcan las flores

¿Recuerdas?

«¡Naturaleza curandera, deja sangrar a mi espíritu!

¡Oh, libera a mi corazón de la poesía y déjame descansar!»[2]

No, dulce amor, yo te llevaré a lo más frondoso del bosque,

a un lugar donde no necesitaremos de adormideras.



V

Cántame, dulce amor, como si fueras el misterioso viento de la noche,

llena de versos mis sueños y,

con ellos, reúne a todos los dioses.

No quiero que estés solo y,

no poder decirte un buenas noches.

Volvamos a buscar nuestro gozo de nuevo entre las flores.

¡Belleza dulce y radiante, no le dejes solo! y,

concédeme el deseo de ser suya más allá de las grietas del tiempo.

No te sientas solo, dulce amor,

porque volveremos a contemplar cómo crecen los manzanos.



VI

¡Versos acudid a calmar la desazón de mi alma!

Llevadme a donde, por fin, seré suya, solo suya…

¿Quién se opondrá ahora a mi más profundo deseo?

¡Dejadme disfrutar de este festín de glotonas miradas!

Salid, fuera de mí, sombras sin escrúpulos y cargadas de desvelos.

Entre volantes acudiré a su encuentro,

recuperando el olor de nuestro recuerdos.

Dicha, atavíame del aroma de la pasión,

ayúdame a decirle cómo le quiero.

¡Dejadme…, dejadme disfrutar de este festín de glotonas miradas!



                                   VII

John, depositemos nuestras promesas en el lenguaje de las flores.

Dulce amor, enséñame el camino de tu lecho,

rompamos las cuerdas de tu conciencia y,

naveguemos bajo las aguas del Leteo.

Nadie vendrá a preguntar por nosotros,

condenados por los dioses a no dejar rastro de nuestros encuentros.

Dulce amor, el tacto tiene memoria,

y marchará de nuestro lado a través de las grietas del horizonte.

Pósate dentro de mí, en el infierno de mis más íntimos deseos,

ámame tan despacio que no me dé tiempo a olvidarlo, te deseo.



                                   VIII

Dulce amor, guarda en lo más hondo de ti la esencia de nuestro encuentro.

Lucha contra los dioses para que no nos castiguen con el silencio.

Apenas nos dio tiempo a nada,

ni tan siquiera a descifrar el espíritu de nuestras miradas.

Resucito contigo, amor, en los laberintos del tiempo,

en las simas prolongadas de la nostalgia.

Miedos alojados en el último confín de los vientos.

Luché contra ti, dulce amor, pero aún te llevo dentro.

En el manicomio de nuestro amor,

todavía supuro el dolor de tus llagas.



                                   IX

Dulce amor, juntos pasearemos por sendas iluminadas por lunas de seda desde,

donde remontaremos nuestro último vuelo.

¡Dime cuán necesaria es mi presencia!

ya sin miedo a unir nuestros deseos.

Y arribaremos en cálidas fuentes donde calmaremos nuestros desvelos.

Sedientos caminaremos hasta el fin y,

ya nunca volveremos a vivir más en ayer.

Dulce amor, el infierno de nuestros temores dejará de existir y,

volaremos, cual ruiseñores, por cielos sin tormentas ni nubarrones,

en un edén donde de nuevo las mariposas se posarán sobre nuestros deseos.



                                   X

Dentro de poco ya no volveré a preguntarme

qué hare yo sin ti, dulce amor,

seremos la envidia de aquellos que desprecian el amor y,

solo buscan la falsa naturaleza de las pasiones.

Quiero que cada noche recorra nuestros cuerpos el néctar de las flores y,

dibujes en mis labios el rocío de los placeres.

Allá a donde iremos ya no nos harán falta las falsas deidades, porque

tu Fanny, más torpe que bella,

más triste que radiante,

será toda tuya para siempre.



Ángel Silvelo Gabriel



[1] Oda a John Keats. SILVELO, ÁNGEL.
[2] Oda a Fanny, KEATS, John. Poemas escogidos, op. cit., p. 163.