Tiempo de comunicaciones rotas

miércoles, 22 de febrero de 2017

EL PROCESO POÉTICO DE JOHN KEATS EN EL 196 ANIVERSARIO DE SU MUERTE EN LA CIUDAD DE ROMA (23/02/1821)



Nos dice Alejandro Valero, autor de la brillante traducción que precede la traducción de John Keats, Odas y sonetos que la Editorial Hiperión publicó por primera vez en 1995 que: «Resulta sorprendente que, después de haber transcurrido doscientos años desde el nacimiento de John Keats, casi nada en España corrobore su breve existencia. Más que nadie, Keats es el poeta del que todos han oído hablar o al que han estudiado en los manuales de enseñanza secundaria, dando por sentada su “genialidad”, sabiendo que es “uno de los grandes”. Pero apenas se deja ver su presencia entre nosotros, no ya con una traducción exigente, sino con su influencia en el quehacer de los poetas patrios. Los pocos escritores españoles que se han acercado a la poesía de habla inglesa han pasado por encima de él sin darse cuenta de su verdadera entidad, centrando su mirada en el romanticismo más esplendoroso de un Blake o en el más sosegado de un Wordsworth, de la mano de un Coleridge más versátil. Sólo el “Adonais” de Shelley, traducido en varias épocas, nos ha recordado a Keats, si bien piadosamente. Pero es que la mayor influencia del romanticismo en España, descartando la primera conexión de Espronceda con Byron, ha venido siempre desde Alemania, sobre todo con la obra de Heine y luego Novalis, Hölderlin y los grandes pensadores de la época.»

Sin duda, Alejandro Valero está en lo cierto, pero aparte de su contextualización en la cultura española, más adelante, en el apartado titulado: Las alas de la Poesía, nos hace hincapié en el verdadero valor de su obra que, como podremos apreciar, se sitúa mucho más allá del romanticismo; un movimiento que en sus últimas odas se le quedó pequeño. Y así nos lo describe Valero: «Realmente John Keats es un creador singular en su generación. El romanticismo, como etiqueta literaria, no se ajusta a su envergadura de poeta, pues se le ha considerado como un realista, por distintos motivos: porque no casa con una concepción intelectual del hecho poético y porque se “entretiene” demasiado con los objetos y paisajes de la realidad. Hasta qué punto esto es verdad quizá sea lo que centró gran parte de las energías del poeta, de sus contradicciones, de sus intentos por ensamblar dos estados de ánimo diferentes. Lo que comenzó como una atracción hacia la naturaleza y sus hermosas apariencias fue poco a poco convirtiéndose en un intento de aunar sensación y pensamiento, experiencia y éxtasis en un complejo proceso poético sobre el que el poeta medita constantemente en sus poemas, siendo así uno de los primeros poetas modernos que hace de su poética el centro de su obra, lo que en él va unido a su experiencia vital y cultural.»

Y como ejemplo de lo expuesto, queda aquí un soneto titulado, El poeta, que deja entrever muy bien el análisis que Alejandro Valero ha hecho de su obra.


EL POETA
«Durante la mañana, la tarde o por la noche
el poeta penetra en el aire encantado
llevando un talismán que llame a los espíritus
de plantas, cuevas, rocas y fuentes. A su vista
la vaina de las cosas se abre hasta su seno,
y todas las esencias secretas que hay allí
muestran los elementos de bondad y belleza,
haciéndola ver donde la Razón está a oscuras.
A veces, con las alas asombrosas, su espíritu
vuela sobre las cosas compactas y palpables
de esta esfera diurna, y con sus destinados
cielos realiza uniones prematuras y místicas,
hasta que esos contactos sobrehumanos emiten
una aureola visible en su mortal cabeza.»

Nota de Alejandro Valero: Soneto que algunos críticos atribuyen a Keats.


Uno, por su parte, cada vez que va a Roma, mira ese cielo azul que desprende una luz tan especial, pues está teñida con la generosidad de los dioses; dioses perdidos que, sin embargo, abandonaron al poeta británico a su llegada a la ciudad eterna, pues apenas pudo disfrutar de él los primeros quince días de su corta estancia romana, pues ese fue el corto período de tiempo en el que pudo salir de la Casina Rossa, situada en el número 26 de la céntrica Piazza di Spagna, para disfrutar de la belleza que, como una musa inalcanzable, se le mostraba ante sus ojos. Una belleza que se erigió como una daga asesina, pues fue un símbolo que aunó y enfrentó a la vez desdicha y belleza, insignes compañeras de este último viaje del poeta de la melancolía inalcanzable, al que no cabe sino dar gracias por mostrarnos el camino de la verdad y la belleza. «Algo bello es un goce eterno» nos dejó dicho en el primer verso de su poema épico Endymion. Y ese dar gracias es lo que uno hace cuando cada año visita el cementerio de Caio Cestio de la capital italiana, escondido tras el murmullo de los vehículos sobre los adoquines de las calles que lo circundan, y la sombra que proyectan los árboles y la pirámide que hacen de testigos infinitos del devenir de los hombres. Y entre esas luces y esas sombras que, recogen más si cabe ese estético espectáculo de la vida después de la muerte, una leve brisa siempre me acompaña hasta su tumba, donde una vez más, leo su famoso epitafio: «Aquí yace uno cuyo nombre fue escrito en el agua», y mientras poso mi mano sobre él, siento que de alguna forma sigue vivo entre todos nosotros.


Ángel Silvelo Gabriel


lunes, 20 de febrero de 2017

ELIZABETH SMART, EN GRAND CENTRAL STATION ME SENTÉ Y LLORÉ: UNA EXACERBADA ANATOMÍA DEL AMOR



El amor tiene múltiples representaciones, y se muestra ante nosotros de diferentes maneras, pero el amor que nos describe Elizabeth Smart en Grand Central Station… es un amor líquido: «Todo lo inunda el agua del amor: de todo lo que ve el ojo, no hay nada que el agua del amor no cubra». Todo fluye en este relato cual río del amor, porque para ella, ese sentimiento posee la cualidad de la licuosidad capaz por sí misma de derribar barreras, adueñarse de todos los territorios sin explorar, o inundar cualquier resquicio de nuestras entrañas hasta llegar a la sangre. Amor cristalino lleno de pureza, pero también amor rojo teñido de sangre. Sangre cargada de la pasión capaz de generar una nueva vida…, sangre de menstruación que significa la pérdida del fruto natural del amor.., y sangre limpia que se derrama a borbotones fuera de las venas para dejarnos sin nada. En Gran Central Station… representa la suntuosidad del amor, pero también, el viaje de libertad y dolor que Elizabeth Smart inicia cuando se enamora del poeta George Barker sin conocerle. Su exploración del otro es la posibilidad de proyectar la literatura dentro de la propia vida. Y ella lo hizo cargada de la sinrazón del que cree en sí mismo y en su destino. «El amor es fuerte como la muerte», y ese axioma que reclama en numerosas ocasiones a lo largo de esta novela escrita en prosa poética, es el que la llevó a hacerlo sola y a solas frente al mundo y las convenciones sociales de una época que todavía no estaba preparada para asumir tales retos en la búsqueda de la propia identidad que, además, tienen su representación material más allá de los recuerdos, pues la escritora canadiense los convirtió en novela. A día de hoy, En Gran Central Station… está considerada como un clásico de la literatura, y uno de los hitos dentro de lo que se ha dado en llamar como literatura feminista, pues se encuentra en ese doloroso Olimpo junto a títulos como: Jane Eyre de Charlotte Brontë, Ancho Mar de los Sargazos de Jean Rhys, Al despertar de Kate Chopin, o Una habitación propia de Virginia Woolf. Y quizá haya pasado a la historia de la literatura como un clásico, porque en esa batalla contra el mundo y contra sí misma, Elizabeth Smart asumió el mayor de los riesgos: difuminarse en el devenir de sus días aún a riesgo de perder su faceta creativa, lo que sin embargo no la desanimó para hacer frente a su reto de enarbolar el amor incondicional hacia la persona amada: «El veneno se ha infiltrado en mi sangre. Estoy de pie en el borde del acantilado, pero el fututo ya está hecho». O la condena que lleva implícita su ilícito deseo: «No hay nada que hacer sino agacharse y recibir la cólera de Dios». «La trampa se ha cerrado y yo estoy en la trampa». Porque nada fue igual cuando mucho tiempo después intentó retomar su faceta como poeta y escritora.



Sea como fuere, hay veces que nos llega un sonido desde el infinito que nos persigue y nos obliga a ir en su busca. Un sonido que es como el eco de las olas cuando nos acercamos una caracola al oído, o como una melodía de jazz que desconocemos pero nos atrae, o por qué no, también puede ser el runrún de la poesía, de un poema o de la mano del poeta que lo escribió. Eso, o algo muy parecido, le ocurrió a Elizabeth Smart, el día que en su vida se cruzó un libro de poemas de George Barker en una librería de Londres, pues igual que el hierro candente que es capaz de herirnos más allá de la piel, ella sucumbió ante la obra y la figura del hombre que soñó igual que la más tenebrosas de las pesadillas. En esa íntima oscuridad que no entiende de medidas ella transformó un encuentro fortuito en una tormentosa y suicida historia de amor que nada ni nadie supo impedir o tan siquiera predecir sus consecuencias. Unas consecuencias que más allá de una exacerbada anatomía del amor, ha dejado para la posteridad una novela escrita como si fuera un largo poema en el que no cabe otra cosa que no sean los versos cargados de metáforas que simbolizan un deseo, un despertar, un sueño…, pero también una desdicha, una pesadilla, o por qué no, una última esperanza.



Laura Freixas, en la edición de la Editorial Lumen, nos ilumina acerca de la autora y su época en un magnífico prólogo titulado, La resurrección de la letra muerta, y también, sobre el fuerte componente de estilo que atesora, pues en esta novela autobiográfica se concitan —a través de la prosa poética con la que fue escrita—, una buena parte de las tendencias literarias de la época en la que fue publicada (1945), ya que la autora juega de una forma magistral con la escritura automática, la meta literatura, el collage o la perfomance de unas imágenes que se superponen y yuxtaponen a lo largo de las diez partes en las que se divide. Todo cabe En Grand Central Station…, como todo cabe en el amor, pues armoniza y derriba las murallas de un universo íntimo que sólo entiende del egoísmo hacia la persona amada, para de ese modo, reclamar la libertad sin fronteras que representan: la reivindicando sin mesura de la presencia del otro, pero también de su tacto, de su imagen, de su pensamiento…, como si todo formar parte de una exacerbada anatomía del amor.





Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 19 de febrero de 2017

DETRÁS DE LA ÚLTIMA NUBE.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


Nunca he visto el sol, como otros nunca han visto el mar. Le pregunté a mi abuelo cómo era, y él me contestó que como una bombilla gigante que quema cuando le acercas la mano. No le hice caso, porque para mí, el sol es el territorio donde se cumplen los deseos. Y un lugar que, aparte de energía, tiene mucha magia, tanta, que nadie puede acercarse a él y descubrir la fuente de sus inagotables secretos. Con el paso del tiempo, también me he dado cuenta que necesito huir de esta ciudad para ir en busca del sol, pues aquí, sólo existe en el reflejo de la placa de la calle por la que paso cada mañana camino del colegio, justo al amanecer. Hoy sigue lloviendo, como siempre, pero ya nada me detiene. Me subo a mi bicicleta, con una mano en el manillar y la otra sujetando el paraguas. Al principio todo me parece demasiado real, pero cuando cojo velocidad, las imágenes se distorsionan en un sinfín de reflejos que alientan mi conquista, como en mis sueños. Soy tan feliz, que no creo que haya nadie que me pueda decir que soy un loco que busca algo que no existe. Y me acuerdo de mi abuelo, cuando le pregunté dónde estaba mi madre, y él me contestó que al otro lado del horizonte, bajo los rayos del sol. Desde ese día, mi único objetivo es llegar a ese lugar, que de momento sólo existe en mis sueños. Pero ahora, aunque bajo las nubes que tapan el cielo me sienta como un explorador sin brújula, no me importa, porque yo sólo quiero encontrar el sol y la luz que se esconde bajo sus rayos. Y sigo pedaleando, porque al final, más allá de mi imaginación, estoy seguro de que, el sol y mi madre, me están esperando detrás de la última nube.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

sábado, 18 de febrero de 2017

JOSÉ LUIS CORRAL IMPARTE UN CURSO DE NOVELA HISTÓRICA EN MADRID


Os recordamos que aún estáis a tiempo para inscribiros en el curso sobre novela histórica, que impartirá José Luis Corral el próximo día 25 de febrero en la Escuela Internacional de Protocolo de Madrid.

Aquella persona que esté interesada, que nos solicite el boletín e inscripción y se lo enviaremos a la mayor brevedad posible.

Si te interesa, puedes escribir a: comunicacion@aenoveles.es   

jueves, 16 de febrero de 2017

PANORAMA DESDE EL PUENTE DE ARTHUR MILLER, DIRIGIDA POR GEORGES LAVAUDANT: EL ANTINATURALISMO QUE BORRA LAS HUELLAS DEL DRAMA



Arthur Miller retrató como nadie esa impostura de felicidad con la revestimos a nuestras vidas, lo que le hizo alejarse de una forma consciente del way of life o sueño americano. Quizá, tenga que ver en todo ello, la amargura vital que le visitó en diferentes etapas de su existencia, lo que le obligó a alejarse de sus sinsabores a través de lo que los creadores llaman como otra vida; otra vida que derramó en las conciencias de sus personajes. Dicen que, cuando escribió esta obra de teatro, Panorama desde el puente —que le valió su segundo Pulitzer tras Muerte de un viajante— se produjo el final de su amistad con el director de cine Elia Kazan, quien lo delató por comunista ante el Comité de Actividades Antiamericanas. Un asunto, el de la delación que está muy presente en esta obra, pero no sólo éste, porque además hay que añadirle que en aquella época el dramaturgo inició su romance con Marilyn Monroe, lo que llevó aparejado su divorcio y la posterior boda con la actriz. Un matiz, el del amor clandestino que también aborda en esta obra dramática. Así, el buen hacer como autor de teatro de Arthur Miller —donde una vez más nos sitúa en la tesitura de la honestidad con uno mismo y con los demás—, es puesto en cuestión, sobre todo si los confrontamos con su vida privada. Una aptitud ésta, con la que Miller fusiona realidad y ficción, y que además le sirve para moldear de nuestra moral y nuestra conducta, para con ello, dar algo de paz a nuestra conciencia —y de paso a la suya—. El problema de este axioma, sin embargo, es que el universo que nos creamos, y en este caso concreto, el de un estibador del puerto de Nueva York, no nos va a dar para lanzarnos en un cómodo colchón de plumas sobre la felicidad, sino que más bien, ese viaje va a resultar más parecido a lanzarse con un coche sin frenos por una pendiente que acaba en un grueso muro que tiene escrito en grandes letras la palabra: muerte.



Sin embargo, en este caso, la tensión dramática del teatro de Miller es reinterpretada por el director francés, Georges Lavaudant de una forma opuesta a las pretensiones iniciales de escritor norteamericano, pues la despoja del naturalismo que según él posee, para trasladarla a un estado puro que han intentado transmitir ya a través de las proyecciones, del puente o de los edificios de viviendas de los emigrantes de Brooklyn, que se arrojan sobre las paredes del escenario de la magnífica Sala Verde de los Teatros del Canal, que posibilitan disfrutar de los mejores alardes técnicos sobre el escenario. Artilugios técnicos y escenográficos aparte, lo que ha conseguido Lavaudant es desdibujar el teatro de Miller para dejarlo irreconocible, porque su anti naturalismo ha borrado las huellas del drama. En este sentido, Eduard Fernández no resulta creíble en ningún momento —incluso sufre atropellos en la dicción en algunos pasajes—, pues uno no acaba de ver esa tensión dramática que se le supone, ni tan siquiera en la ropa que lleva. La puesta en escena de su personaje adolece del mecanismo que, nos permita ver y sentir los celos o la ira, en algo más que algunos gestos de la propia acción. Asimismo, la elección del personaje del juez Alfieri como narrador omnisciente de toda la trama, limita, sin lugar a dudas, el desarrollo y desenlace de la obra, que llega a su final herida de muerte por el incomprensible desenmascaramiento del relato. Dentro del naufragio siempre hay excepciones, y sin ninguna duda, la mejor sobre las tablas es la siempre efectiva Mercè Pons que, en el papel de Beatrice —esposa del estibador— introduce algo de cordura dramática y actoral entre tanta desavenencia. Algo parecido podemos decir de la impetuosidad de la joven CatherineMarina Salas— o de Pep Ambròs, en el papel de Marco.



Este drama, sustentado de una forma impostada en el tema de la inmigración cuando lo en verdad importante es la relación amorosa entre el tío y la sobrina, pues es la verdadera culpable de los problemas de conciencia de Eddie, y por ende, del resto del elenco de actores, se difumina entre bailes de candilejas y máscaras mal retiradas. La oscuridad, el miedo y la alta traición que conlleva la delación en sí misma, se trasponen a lo largo de los diálogos entre Eddie y Alfieri, lo que nos deja, cuando menos, fríos ante la desgracia y atónitos ante la gran ovación que acompañó a la obra al final de la representación. Eso, sin duda, es lo mejor del mundo del arte: la división de opiniones que, en los Teatros del Canal, convirtieron al anti naturalismo que borra las huellas del drama propuesto por Lavaudant, en una concatenación de buenismo incontrolado.



Ángel Silvelo Gabriel.

TEATRO TRIBUEÑE: PROGRAMACIÓN DE FEBRERO 2017


“Montaje sorprendente en la pequeña y exquisita Sala Tribueñe”
Rosana Torres - El País


“Arte dentro del arte[…] obra, genial por momentos, irónica y sarcástica en otros. Es una obra maestra, sin duda. No se la pierdan”
Estrella Savirón - A golpe de efecto

“Nada de obra menor, obra grande, dura, teatro maldito, teatro de vísceras hecho con el corazón y con mucho, mucho cariño
Estrella Savirón - A golpe de efecto
“Temas gloriosos, ejecutados con dramática precisión, respetuosos con el estilo de las distintas épocas, o con brillante sentido del humor”











miércoles, 15 de febrero de 2017

CRÓNICA DEL CONCIERTO DE NOISE BOX EN LA SALA TABOO DE MADRID: ZIGZAGUEANDO ENTRE TOBOGANES SONOROS



Comienzos atmosféricos que tratan de atrapar espacios vacíos, y que poco a poco, rompen las guitarras con su sonoridad destructiva. Ritmos de canciones que aumentan los territorios alegóricos preñados de tics que buscan la profundidad de lo imposible. Despertares evanescentes de sueños placenteros. Verbalidad sonora que nos atrapa en círculos concéntricos. Intuiciones perversas contra un sol imaginario que humedece el último sentido de nuestra excitación para más tarde devolvernos a la desdicha diaria: muda y solitaria. Notas que vibran bajo las cuerdas de unas guitarras y sus resonancias y ritmos pop-rock. Palabras incandescentes y distorsiones que mueren como sólo lo pueden hacer los héroes que caen en el campo de batalla... Así vimos a Noise Box en su segunda puesta de largo de su último e impronunciable trabajo llamado Every picture of you is when you were younger. Aspavientos de una juventud arrolladora que transita por las peripecias del tiempo, y que han mutado en imágenes donde el amor y sus consecuencias posan libres y arropados por la incandescencia de los sueños. Noise Box, arrasa y arropa a la vez, las melodías que componen, pues sus canciones se abaten sobre nosotros zigzagueando entre toboganes sonoros que nos transportan a la arena de una playa imaginaria, cálida y acogedora, como sólo lo es la primera luz del día. Sonidos esclarecedores como pocos, limpios y arrebatadores, que se conjugan en una secuencia premeditada de curvas y contra curvas que nos desplazan sin miedo por el terreno de lo imposible, pues imposible es soñar con aquello que en verdad deseamos, y que no somos capaces de explorar por el miedo que tenemos a equivocarnos. Exploradores de esas texturas sonoras que van del pop al rock, pasando por el shoegaze, el brit-pop más fresco o el pop más oscuro y evanescente, el grupo murciano  repasó, sin miedo, y con muchas ganas, su último trabajo hasta la fecha; un trabajo que de una forma singular, limpia, cercana y directa tuvimos la ocasión de disfrutar en el programa de Radio3, Hoy empieza todo, con un par de temas en acústicos que nos pusieron sobre la pista de Jesús, Bienve, Helios Luis y Alejandro (sustituido en este concierto por el primer batería de la banda debido a una lesión en la pierna de Alejandro). Y hasta aquí el antes.



El después lo descubrimos buscando sensaciones y atrapándolas en la Sala Taboo de Madrid, donde Noise Box, con una intro, tal y como se abre su nuevo disco nos siguieron dando muestras de su buen hacer. Excelente carta de presentación que con esos toboganes sonoros, que tanto les caracterizan, en su tercer tema, pasaron a uno de las canciones que tanto nos recuerdan a esos primeros Second que cantaban en inglés. Imágenes y sonidos inconfundibles de la mejor música posible, pues es la que nos transporta al edén; ese lugar al que no dejamos entrar a nadie. Secretos aparte, Noise Box son capaces de componer medios tiempos elegantes que inician vuelos traviesos y sensuales, porque juegan a dibujar siluetas en el aire, pero también ritmos atmosféricos que desnudan nuestras sensaciones y que se combinan con una intensidad turbadora como la mano de un amante cuando te roza el corazón. Pero como de medios tiempos no sólo viven los grupos actuales, los murcianos también son capaces de subir el tono a lo más alto y ponerse reivindicativos hasta la extenuación. Tanto, que son capaces de romper la línea del horizonte, pues son compactos en el sonido y rompedores (así al menos vimos a su frontman Jesús Cobarro) sobre el escenario. Grandes temas como Transit (maravillosa intro), así como Broken Teeth y Dunes and trees (dos de las dos mejores canciones de su último disco) fueron sonando sobre un escenario al que no le faltó es ápice o textura de nostalgia cuando atacaron temas de ritmos más soleados y californianos. Sonidos en clave americana que, sin embargo, nos acariciaron la piel con notas irreverentes, y que Noise Box los convirtieron en una magnífica impostura musical plena de acertijos que fuimos vislumbrando poco a poco. Estas melodías tienen la frágil cualidad de transformarse en texturas que unen las coordenadas de lo sentidos más profundos, como si todo fuera limpio y cristalino, desde lo más sencillo a lo más complicado. Y así, imbuidos de la cadencia de los bio ritmos tranquilos y densos, llegaron al final, donde antes Big boy y después Run, culminaron una estelar puesta en escena de un grupo que, a poco que se le preste atención, irá subiendo, por méritos propios, en el escalafón del indie español, muchas veces falto de la naturalidad sonora de Noise Box, pues no en vano, no se nos debería olvidar que nos invitan, igual que un windsurfista lo hace a la hora de buscar la mejor ola, a ir zigzagueando entre toboganes sonoros.



Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 14 de febrero de 2017

PRESENTACIÓN DEL LIBRO “LOS DÍAS LÁBILES” DEL CLUB MARINA EN MADRID: LA OTROREDAD DEL TIEMPO



Hacía frío, llovía y la sensación era la de un día desapacible, lábil, escurridizo. Corríamos a la salida del metro para no llegar tarde a la cita, mientras nos preguntábamos cuánto tiempo hacía que nuestros pies no pisaban esas calles. Y recordamos que tiempo atrás, un poco más abajo, en la misma calle Ave María, estuvimos presentando el primer libro —en este caso individual— de otro autor catalán. A medida que nos acercábamos y nuestras gafas se iban llenando de las incómodas gotas de lluvia, también rememoramos aquella otra tarde, en la que Eugenio Asensio presentó su novela Tiza, lejos de allí, en otra librería de la capital. Recuerdos, todos, que no hacían sino obligarnos a transitar por las coordenadas de un tiempo que jugaba con nuestros recuerdos. Atravesar esa barrera, en este caso, era fácil, pues era rememorar buenos momentos, como buenos momentos fueron los que vivimos el pasado viernes en la librería El dinosaurio todavía estaba allí…, en la presentación del primer libro de relatos del Club Marina titulado, Los días lábiles, en el que sus nueve componentes aceptaron el reto de escribir un relato que transcurriera en el espacio temporal de 24 horas. Y Eugenio, Amanda, Jorge, Mercedes, Javier, Herminia, Mariela, Susana y Pedro así lo hicieron. Lo que años atrás comenzó siendo  un club de lectura, el paso del tiempo ha transformado en un club de escritores que ya tienen planeado sacar la segunda recopilación de relatos para el Sant Jordi del año 2018. Aunque todavía quede mucho para esa fecha, una de las cualidades que nos quedó clara en la presentación de este libro de relatos, es el dominio tan particular que sus componentes tienen del tiempo. Un dominio que podríamos tildar como de la otroredad del tiempo, pues otroredad es todo aquello que se ciñe al descubrimiento del otro, como otro, sin duda, es el concepto del espacio tiempo de estos nueve autores, que son tan distintos, que ponen sus trabajos en común para darles la última forma con la que acabarán impresos. Palabras tan poco comunes en la literatura española actual como: libertad, democracia, puesta en común, tormenta de ideas o crítica constructiva —no confundir con buenismo— se entrecruzan en la visión de este Club Marina, que nace con la necesidad de la expresión dual, plural y poliédrica que todo movimiento artístico al uso debe tener o atesorar.



La maestra de ceremonias escogida para la cita fue la escritora y editora Ana Ares que definió a este elenco de autores como un club de escritores anónimos que aceptaron el formato del relato breve por ser éste más libre y cercano al propósito colectivo e individual que movía al grupo. La consigna era clara: un espacio temporal de 24 horas y la intimidad de los personajes. Y así nacieron Los días lábiles como oposición natural a los días hábiles, pues los lábiles son aquellos que nos dedicamos a nosotros mismos, siendo éstos, días que se caracterizan por ser jornadas de final y principio. Como nos recordó Ana Ares, la antología se significa por la amplitud y variedad de temáticas, como muy bien nos recuerda muy bien en el prólogo Àngels Campos, que acompañó a los autores que se desplazaron a Madrid y que presentaron sus respectivos relatos en particular y al Club Marina en general. Así, Ana, nos fue hablando de los autores, desglosando sus currículums y sus relatos, y haciendo una pregunta a cada uno de ellos, con la que ella pretendía que definieran aquella característica de su texto que a ella más le había llamado la atención cuando los leyó, y que de paso nos sirviera de acicate a todos los presentes a la hora de afrontar su lectura a modo de pista literaria.



Comenzaron las presentaciones con Amanda Gamero, de la que Ana Ares dijo que nos iluminaba desde su blog: Te recuerdo Amanda. No obstante, en su relato, La sentencia de Ismael, la autora le roba la luz al protagonista para plantearnos la desgracia desde tres puntos de vista diferentes, pues tal y como nos recordó, la historia depende mucho de cómo esté contada. Por su lado, Mercedes Gascón nos confesó que le gustaba lo transitorio y el carácter nómada, de ahí, que en su relato titulado, La decisión, abordara, a través del último pensamiento que tenemos antes de morir, el humor o la tragedia, en una clara confrontación entre el control y el descontrol existentes en nuestras vidas. En el caso de Herminia Meoro y su relato, La vida detenida, aborda la pérdida que supone la muerte, tanto desde el punto de vista del que se muere como de quienes se quedan, lo que lleva a preguntarse: ¿la literatura es acaso más importante que la vida?, y la autora lo hace a través de Julia, su protagonista, que vive una vida literaria en la que fusiona realidad y ficción. Mariela Puértolas nos dijo que su relato habitaba en un territorio que se hallaba entre la realidad y la ficción, y lo hacía a base de la música de jazz en un teatro, un espacio que representaba una relación incestuosa. También nos dijo que, Ojalá esto pudiera ser una canción, es un texto de una juerga y sus consecuencias, a lo que añadió que asimismo era la rencarnación de las dificultades en las que se encuentra el creador ante su creación, unas dificultades que pueden salvar, por ejemplo, evocando una canción. Jorge Gamero nos traslada a la ciudad de Oporto en su cuento Estampas de Oporto, en el que la ciudad portuguesa se viste de mujer con el personaje de “La loca”, un personaje que creó  a partir de un maniquí que estaba en un balcón de Oporto. Jorge Gamero, además, se postuló como el portavoz del Club Marina, al narrarnos cómo se constituyó el grupo y su escepticismo inicial que, sin embargo, a posteriori rompió bastantes de los tópicos presentes en los escritores actuales, pues todos sus componentes se caracterizan porque se apoyan entre ellos y no luchan o pelean entre sí, sino que construyen desde las ideas y las opiniones. Jorge también nos habló de Jordi Castelló de Stonberg, el editor de esta antología de relatos, del que nos recalcó su honestidad, y de paso, aprovechó para anunciarnos nuevo libro para el año que viene, porque quizá, no haya nada más importante a la hora de romper las cadenas del tiempo que situarse en la otroredad del mismo.



Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 12 de febrero de 2017

ESQUIVANDO LA TORMENTA.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



Corríamos para cobijarnos de la tormenta. Lo hicimos bajo un enorme vaso de cristal. Aliviadas, nos pusimos a jugar. Creímos que ya no necesitábamos seguir huyendo. Grave error, porque enseguida caímos en una zozobra parecida a una tempestad, y nos sumergimos dentro de un gigantesco vaso de agua. Salimos despedidas, y la corriente nos llevaba como si estuviéramos en un río, en una especie de tobogán infinito. Nos reíamos mientras marchábamos calle abajo, encima de una inmensa ola torrencial. No teníamos miedo, aunque veíamos coches inundados por el agua. Casi tropezamos con un burro, al que su dueño intentaba sacar, junto al carro del que tiraba, del socavón en el que se había metido. Nadie nos miraba, porque todo el mundo estaba pendiente de ellos y no de nosotras. Íbamos tan rápido que enseguida llegamos a una especie de desagüe. «¡Auxilio!», grité. Entonces mi hermana me despertó y me preguntó qué me pasaba. He tenido una pesadilla. «Creía que nos metíamos dentro de una gran cloaca», le dije. Un ruido nos alertó, y al asomarnos por la ventana, vimos que el agua ya cubría el primer piso de nuestra casa.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel


viernes, 10 de febrero de 2017

LA VELOCIDAD DEL OTOÑO DE ERIC COBLE, INTERPRETADA POR LOLA HERRERA Y JUANJO ARTERO BAJO LA DIRECCIÓN DE MAGÜI MIRA: LA VICTORIA DE LA MADUREZ SOBRE LAS ARRUGAS DEL TIEMPO



La búsqueda de la libertad o de la belleza, no conoce el sentido en el que avanzan las agujas del reloj, porque esa alma limpia y libre que nos acoge lúcida y brillante en nuestra juventud en lo más profundo de nuestro ser, y a la que con el paso del tiempo denominamos locura, no es sino la necesidad de seguir viviendo en el mundo que nos hemos creado cada uno de nosotros a lo largo de nuestras vidas. Cuando intuimos el final, sin embargo, nos aliamos con esa visión del mundo que nada más entiende de las ilusiones perdidas; unas ilusiones por las que todavía nos sentimos capaces de luchar por mucho que el resto de la humanidad no las comparta o ni tan siquiera las entienda. El único acierto del texto de Eric Coble, quizá esté ahí, en desdramatizar el fin de la vejez, y plantearlo a través de la victoria de la madurez sobre las arrugas del tiempo. En esa intencionalidad tan vital de la anciana de 81 años —estupendamente interpretada por Lola Herrera— es donde se salva el texto de La velocidad del otoño que, sin embargo, en líneas generales es un texto flojo por lo plano, y conformista por lo previsible que nos resulta en demasiadas ocasiones. Un debe que se traspone en haber, gracias a las interpretaciones tanto de Lola Herrera como de Juanjo Artero, pues ambos juegan sobre el escenario a mostrarnos la complicidad de dos soñadores que va más allá de la que pueden mantener como madre e hijo —que también— El pasado, los recuerdos y la necesidad del amor y la comprensión, son las herramientas con las que Alejandra y Cris llegarán a un punto de encuentro invencible, pues su unión, no es sino la de dos almas gemelas que, a medida que transcurre la obra, se fusionan en una complicidad cuyo objetivo final no es otro que la innata persecución de la felicidad que a todos nos acoge. Alejandra y Cris, Lola Herrera y Juanjo Artero, son dos almas gemelas que no dudan en aparcar la realidad que les rodea, para sumergirse en un mundo idealizado por ambos, lo que les llevará por las frondosas tierras del mundo del arte y la belleza, un proceloso terreno en el que volcar sus temerosos espíritus, pues ambos están muy necesitados de cariño y de comprensión. Ese viaje que les lleva a los dos personajes —madre e hijo— a dejarse llevar por la senda de los sueños, es la mejor muestra de que la falta de un objetivo por el que luchar en la vida nos deja anclados en las fangosas tierras de la incomprensión y la mediocridad.



No obstante, La velocidad del otoño no es sólo una crítica directa al trato que damos a las personas mayores —juguetes rotos de una sociedad que, cuando ya no le sirven, se aparcan en residencias para mayores—, sino también es un exclamación contra la poca imaginación que nos posee y nos atrapa en nuestro día a día, pues esa falta de capacidad para ponernos en el lugar del otro nos diezma los sentidos, y también el amor. Vidas sin amor que caen arrastradas por la vertiginosa mediocridad del poder del dinero y de las propiedades. No cabe aquí mejor refrán que aquel que dice: «que era un hombre tan pobre, tan pobre, que sólo tenía dinero». En nuestro caso, el piso de gran valor en el que vive Alejandra —y del que quieren desalojarla sus propios hijos para mandarla a una residencia— es el valor del dinero, pero que de una forma sutil e inteligente, es contrapuesto en el escenario por ese gran árbol por el que su hijo, Cris, accede a la vivienda, en una magnífica metáfora de lo que significa el valor de la libertad. Más allá de todas estas apreciaciones hay que destacar, por el significado que tiene y por la profesionalidad con la que se desenvuelve en el escenario, el trabajo de una gran Lola Herrera, que se atavía de sus mejores armas interpretativas para adueñarse del escenario. Y frente a ella, Juanjo Artero, que le da muy buena réplica en el papel del hijo pródigo que necesita soñar, tanto como su madre, en este retablo en el que se nos recuerda la victoria de la madurez sobre las arrugas del tiempo.



Ángel Silvelo Gabriel.