Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

jueves, 19 de abril de 2018

JAMES SALTER, EL ARTE DE LA FICCIÓN: EL MINUCIOSO JUEGO DEL AZAR AL SERVICIO DE LA LITERATURA



James Salter no iba para escritor y, sin embargo, fue una víctima más del minucioso juego del azar al servicio de la literatura. Salter vivía apartado del mundo literario, y su ámbito creativo se circunscribía a la escritura de sus diarios o a la composición del primer relato que, una vez acabado, enseñó a unos amigos a los que no les gustó. A los veintiún años, Salter era piloto de caza de las Fuerzas Aéreas Norteamericanas; una especie de Saint-Exupéry moderno, pero sin Principito. Entonces, ¿para qué escribir?, ¿por qué escribir?, ¿para quién escribir?, ¿qué sentido tiene el hecho en sí de la escritura? Si nos atenemos a las conferencias sobre el arte de la ficción que James Salter dio en la Universidad de Virginia en 2014 podríamos apostillar tal y como hace el autor de la magistral Todo lo que hay (su última novela) que, en el oficio de escribir: «Has de dar mucho para recibir algo. Recibes sólo un poco, pero es algo. No hay valores establecidos; das mucho a cambio de nada; haces todo a cambio de apenas nada […] ¿por qué se escribe? Ahí está la esencia. Entonces, ¿por qué? […] Sería más honesto decir que he escrito para que otros me admiren, para que me quieran, para ser elogiado, reconocido. A fin de cuentas, ésa es la única razón». Sí, el reconocimiento a cargo de esa innegable lucha que todo escritor mantiene contra la soledad implícita que lleva el oficio (véase si no la respuesta que dio la Premio Nobel de Literatura, Alice Munro, cuando tras recibir el premio en una entrevista la preguntaron si volvería a escribir otro libro de relatos. A lo que ella contestó que no, que los últimos años de su vida los deseaba pasar cerca de su familia —su hija y sus nietas, en este caso—, pues ya había pasado demasiado tiempo sola). Sin embargo, ese camino hacia el beneplácito de la gloria, Salter no lo encontró sino tras la publicación de su última novela, poco tiempo antes de morir, justo, cuando ya no le interesaban esas muestras de cercanía y admiración de los medios hacia su obra, porque su relato vital, aquel que marchó pegado a la literatura, estuvo marcado por la soledad más absoluta. Salter estaba acostumbrado a andar sólo por la senda de la creación, pues no fue hasta los cuarenta y cuatro años, al conocer al profesor Robert Phelps, cuando entró en contacto con el mundo literario. Phelps fue quien le iluminó el camino y le dio a conocer a autores que le marcaron profundamente, como Isaak Bábel y sus relatos y, del que Salter, decía: «Bábel es un escritor que no interfiere. Se retira a sí mismo de la historia y la deja que concluya por sí misma, a veces de una forma abrumadora». Esa búsqueda de la distancia del propio autor frente a lo que narra es la que buscó el escritor norteamericano, primero en Balzac, y luego en Flaubert. Ese estar ahí sin que se note fue su propio ejercicio de estilo. Nada fácil, por cierto, pues sus novelas son ficciones sobre su propia vida y la de aquellos que le acompañaron a lo largo de los años. Una ficción que no necesariamente habla de él o sobre él, sino de todo lo que hubo y todavía ahí a su alrededor. Como buen observador, Salter plasmó en su obra la perpetuidad de las frases dilapidadoras que apenas se notan, pero que son tan devastadoras como ese punto al que se refiere su admirado Bábel: «no hay hierro capaz de atravesar el corazón humano con la fuerza de un punto colocado en el lugar preciso». De todo ello, emana la importancia que Salter le da al estilo, o mejor dicho, a la voz, como él mismo la llama a la hora de hallar el ritmo de la narración, la implicación del autor en su obra (es su propia alma la que queda plasmada en el papel), y su forma de ver e interpretar el mundo. De ahí, su fijación por Flaubert y su estilo: «Una buena frase de prosa —decía Flaubert— debe ser como un buen verso, incambiable, igual de rítmica y de sonora.» No en vano, el propio Salter nos apunta que: «Los escritores que me gustan son los que son capaces de observar muy de cerca. Los detalles son todo». Esa forma de no estar, siendo la perenne sombra que todo lo ocupa, fue sin duda la que impregnó su obra.



La vida sin trampas que nos propone Salter en estas tres conferencias que dio en la Universidad de Virginia unos meses antes de morir, son el mejor reflejo de su atrevimiento, lucidez, falta de arrogancia, búsqueda de la perfección, oralidad…, y Balzac. Al que luego se añadieron Flaubert, Thomas Wolfe, Faulkner o Isaak Bábel, sin olvidarnos de Nabokok, Kerouac, Updike o Bellow, entre muchos otros y, junto a los que intentó buscar esa gran entelequia denominada como Gran Novela Norteamericana, sin saber muy bien ni cómo ni porqué y ni siquiera qué sentido tenía, en una nueva muestra de cercanía y sencillez que engrandecen más y más su figura y su obra. No hace falta que un escritor tenga detrás de sí un sinfín de novelas a sus espaldas para estar en el Olimpo de los grandes, pues Salter es una buena muestra de ello, quizá, porque como nos apunta en estas conferencias: «Escribir es corregir», proporcionándonos de nuevo una brillante lección de lo que es y de qué va el arte de la escritura. Un oficio que, para él, siempre vino marcado de un azar que, al final, le fue propicio. No obstante, Salter nos recuerda que: «Escribir novelas es difícil», o que, «componer novelas es un proceso largo. “Has de tener una capacidad enorme de resistencia para ser novelista —dijo Anthony Powell— Tienes que hacer un montón de tareas aburridas y perseverar día tras día, y si no eres capaz de eso, poco importa que tengas toda la imaginación del mundo”. Según él, era una cuestión de aguante, como casi todo en la vida». Esa perseverancia a lo largo del tiempo le lleva a Salter a decirnos que: «Las cosas que has escrito no envejecen contigo, o por lo menos así me lo parece. Tal vez quedan marcadas por el tiempo, pero no se puede estar al día cuando el tiempo ya ha pasado. O perduran al margen de cualquier época o dejan de existir. La literatura avanza así. Los libros señalan un período o un lugar, y poco a poco se convierten en ese lugar y en ese momento». Un lugar y un momento presentes de una forma solemne en el epígrafe de su novela Todo lo que hay: «Llega un día en que adviertes que todo es un sueño, que sólo las cosas conservadas por escrito tienen alguna posibilidad de ser reales.» Gracias, Sr. Salter, por haber hecho el esfuerzo impagable de dejarlas por escrito, en una muestra más del minucioso juego del azar al servicio de la literatura.

 

Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 15 de abril de 2018

LA ESPONJA.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



Mi bufete de abogados está muy seguro ante la próxima vista oral de mi juicio. En conjunto todo se presume favorable, ya que no hay testigos y no hay pruebas. Sólo me unen al cadáver una antigua amistad y las huellas de mi mano derecha que, entre otras muchas, aparecen en una de las ventanillas del coche donde él ha aparecido asesinado. Entonces, ¿qué me preocupa? Cuando era boxeador profesional me conformaba con chupar los restos de sangre de la esponja que mi ayudante me pasaba por la cara para secarme las marcas de la pelea. Pero de ahí, pasé a besar a jovencitos en busca de fama que me permitían succionarles pequeñas dosis de sangre. Y ahora tengo miedo, porque mi ansia ya no tiene límites y me veo confesando mi vampirismo ante el juez, cuando me muestre la esponja sin una gota de sangre que encontrarán dentro del salpicadero.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

lunes, 9 de abril de 2018

AMANTES SIN PALABRAS.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



Éramos tan felices, que corríamos distraídos desafiando a nuestra buena suerte. Nos imaginábamos tan diferentes, que nos comportábamos como fantasmas errantes en busca de un deseo. Y sentimos el don de la diferencia como un triunfo y no un privilegio mientras soñábamos con ser aventureros que juegan a custodiar un cómplice secreto. Pero llegó un día, en el que sin darnos cuenta, nos convertimos en unos amantes sin palabras.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

viernes, 6 de abril de 2018

ÁNGEL SILVELO, FINALISTA DEL III CERTAMEN LITERARIO ENTRE PUEBLOS, BADAJOZ, CON EL CUENTO TITULADO: EL DÍA QUE QUEDÉ CON PESSOA EN LISBOA


EL DÍA QUE QUEDÉ CON PESSOA EN LISBOA

SEUDÓNIMO: FERNANDO PESSOA

El día que quedé con Pessoa en Lisboa metí en mi bolso uno de sus antiguos libros de poemas que todavía tenía en mi poder. Yo quería que me lo firmara, aunque la cuestión era que todavía no sabía cómo lo conseguiría, porque la idea, por mucho que me quisiera engañar, se resumía a que una sombra o un recuerdo se convirtiera en algo tan material como mi deseo, por tanto, mi anhelo era tan imposible de cumplir como el mismo hecho de querer encontrarme con un fantasma. Menos mal que en mi auxilio llegó Ricardo Reis, uno de los heterónimos de Pessoa, al que Saramago, en su novela titulada, El último año de Ricardo Reis, hizo que se le apareciera la sombra del ilustre portugués antes de que ésta se difuminara por completo una vez que hubiesen transcurrido los pertinentes nueve meses desde su muerte —los días que, según el propio Pessoa, el destino nos deja hacernos visibles a los vivos tras nuestro fallecimiento, para de ese modo, compensar el tiempo que permanecemos dentro del vientre materno—. «¿Tendría yo la misma suerte en los nueve meses posteriores del ochenta aniversario de la muerte del ilustre portugués?», me pregunté, engañándome a mí misma como si el poder de los muertos a la hora de presentarse en forma de sombra o fantasma ante los vivos fuese una circunstancia tan caprichosa como aleatoria que sólo dependiese de las cifras redondas de las efemérides que se repiten a lo largo del tiempo.

Por si acaso fallaba mi plan me refugié en los versos del propio Pessoa: «Que los dioses, si son justos en su injusticia,/ nos conserven los sueños incluso cuando sean imposibles,/ y nos concedan buenos sueños,/ incluso si son triviales». Y quizá, por eso, tuve una visión, y yo misma me creí que podría ser tan material como mis deseos; unos deseos iniciales que, sin embargo, se vieron trastocados por el influjo del fado, la melancolía o la perenne saudade de la ciudad de las siete colinas, pues nada más imaginar cómo mis pies se depositaban sobre sus adoquines, fui víctima del embrujo de su luz azul; una luz que se difumina con el horizonte del infinito océano Atlántico cuando se divisa desde cualquiera de sus estratégicos miradores. En ese momento, no se me ocurrió una metáfora mejor que ésta para definir la doble geografía del poeta portugués y sus heterónimos, y a ella me agarré para iniciar mi búsqueda, pues pensé que, dentro de nuestro subconsciente, todos somos capaces de reconstruir un mapa sentimental que nos ayuda a dibujar el contorno de una ciudad que nos resulta conocida o familiar, y no sólo eso, sino que esa evocación va más allá de la necesidad de pisar sus calles. En mi caso, Pessoa y Lisboa, Lisboa y Pessoa son la intrahistoria de un desasosiego muy literario al que de una forma caprichosa siempre he puesto una voz y una música y, así, cada vez que evoco la imagen de la Avenida de la Libertad o del Barrio Alto de la capital portuguesa, la voz de Teresa Salgueiro se apodera de mí y, esta vez, mientras intento tropezarme con Pessoa en Lisboa, ella acuna mis deseos con las notas de la canción, Haja o que Houver, para de esa forma teñir de colores el perfil de mis anhelos: «Pase lo que pase/ yo estoy aquí./ Pase lo que pase,/ espero por ti...» Unos versos que, aparte de emplear para acompañar mis recuerdos sobre la ciudad de Lisboa, son como ese viento procedente del océano que modela nuestros deseos y se pasea junto a nosotros por las calles de La Baixa cuando lo hacemos recogidos con el tacto de los sueños; sueños que un día fueron reales, pero que el paso del tiempo han convertido en unha saudade, ese estado del alma que sólo se puede dar en portugués y no admite traducción alguna, porque Lisboa, igual que el mejor de los amantes siempre nos espera acompañada de ese tímido viento que nos acoge en la última hora de la tarde, ése que nos acompaña cuando todo deja de ser real para convertirse en un interminable velo de nuestros recuerdos. Ahí, es donde la saudade y la tristeza, la melancolía y la añoranza, junto a los azulejos teñidos de azul y las volteretas agitadas de nuestros recuerdos, se funden en un único sueño..., el sueño de la eterna espera. Una espera que Pessoa aprovechó para refugiarse, una vez más, en alguno de los numerosos cuartos de alquiler que habitó a lo largo de su vida en una ciudad por la que, muchos de los que le conocieron, decían que se desplazaba sin llegar a mojarse los pies con los charcos y, lo más importante, sin la necesidad de detenerse para hacerse material y presente en una de sus múltiples efemérides. Sin embargo, aquel día —en mi fallido intento de que me firmara el libro que metí en mi bolso—, no me preocupé, porque en un último intento a la hora de retar a mis deseos se me ocurrió ir a su café preferido, el Martinho da Arcada, un espacio físico y mental donde todavía permanecía vacía la silla en la que él acostumbraba a sentarse, junto a sus gafas. Saqué el libro del bolso y lo dejé sobre la mesa con la esperanza de que nuestro juego se hiciese realidad, pero al igual que si él me estuviese mandando una señal desde el más allá, los ecos de su poema Autopsicografía resonaron de una forma clara en mi atormentada memoria: «El poeta es un fingidor...», «tanto o más como mi falso anhelo de encontrarme con el fantasma de Pessoa en Lisboa», pensé. Y quizá, porque mi mayor talento sólo haya sido el de poner trampas a mis deseos, recordé las palabras del poeta portugués cuando escribió: «Todos los sueños son el mismo sueño,/ porque todos son sueños./ Que los dioses me cambien los sueños, pero no el don de soñar».

Sin embargo, cuando hoy he vuelto a pasear por Lisboa, en uno de mis sempiternos viajes de estos últimos nueve meses, recalé de nuevo en el café Martinho da Arcada, y lo hice con esa íntima esperanza de ver los deseos cumplidos. Para mi sorpresa, al acercarme a su mesa —que todavía permanecía vacía— vi que allí aún estaba el libro que le había dejado. Al abrirlo, por fin pude leer mi ansiada dedicatoria: «Toda la dicha cabe en una lágrima, toda la culpa en un recuerdo», firmado: Fernando Pessoa. De pronto, pensé que a mí también se me había concedido la dicha de poder aparecerme y ser capaz de experimentar todo aquello que Pessoa vivió tras su muerte, pero al salir del café algo me ocurrió, porque me transformé en aquello que tanto deseaba desde hacía mucho tiempo: un recuerdo, aquel en el que me convertí cuando dejé el mundo de los vivos el día que quedé con Pessoa en Lisboa.
Relato de Ángel Silvelo Gabriel

jueves, 5 de abril de 2018

TEATRO TRIBUEÑE: PROGRAMACIÓN ABRIL Y MAYO 2018

TEATRO TRIBUEÑE

TEATRO DE REPERTORIO

PROGRAMACIÓN ABRIL Y MAYO

Tres fuertes voces... la voz de la muerte, la voz del amor y la voz del aire.

– Federico García Lorca –




FINES DE SEMANA DE MUSICAL



TRIBU DE POETAS DE ESTE MES







lunes, 2 de abril de 2018

PESSOA, TODO ARTE ES UNA FORMA DE LITERATURA: EL UNIVERSO DEL POETA PORTUGUÉS Y SU ENTORNO MÁS ALLÁ DE SUS HETERÓNIMOS



El poeta portugués exploró los límites de la creación de una forma caótica, pero también multidisciplinar, de tal modo, que nada escapó a su complejo universo cargado de literatura y poesía, pero también, de metafísica, filosofía y trascendencia en forma de manifiestos, artículos y publicaciones en revistas como: Águia, Orpheu, Atena o Presença. Su hábitat natural era el de la contradicción que trata de plantarle cara al rigor del desasosiego y a ese hastío existencial que siempre le acompañó. Vencerle era su meta y, todo aquello que dejó escrito, fueron las pruebas más palpables de su posición ante el mundo que le tocó vivir. Época de cambios, ismos y destrucción de todo aquello que se daba por cierto o verdadero. Época que no pasó de lado por sus trabajos ni por sus posturas diacríticas sobre política, literatura o arte. De ahí que, no es ni extraño ni caprichoso, el título de esta exposición que abarca el universo del poeta portugués y su entorno más allá de sus heterónimos. Un entorno que se comporta como un juego de heterónimos exterior al propio poeta, sobre todo, si tenemos en cuenta que en algunas ocasiones las manifestaciones pictóricas de sus compatriotas encuentran acomodo en las definiciones teóricas o poéticas propuestas por Pessoa. Así, el sensacionismo parte del axioma pessoano: «sentir todo de todas las maneras», expresado por su heterónimo Álvaro de Campos en el poema El paso de las horas. Un movimiento, el sensacionismo, que alcanza su vertiente más internacional a través de la publicación en la revista Portugal Futurista del poema Ultimátum, del mencionado Álvaro de Campos, y que se puede considerar como un manifiesto del movimiento sensacionista portugués.



Más allá de las disquisiciones teóricas acerca de esta exposición respaldada al más alto nivel por el Gobierno portugués —lo que nos proporciona una señal más de la importancia de Pessoa en la cultura y la iconografía portuguesa—, Pessoa, todo arte es una forma de literatura es una gran oportunidad para conocer más de cerca las producciones pictóricas de artistas como Amadeo de Souza-Cardoso, Santa Rita Pintor o Eduardo de Viana, sin olvidarnos del mayúsculo José de Almada Negreiros, pues su omnipresencia ya se pone de manifiesto desde el inicio de la misma, a través del segundo cuadro que pintó del poeta portugués —éste en 1964— titulado como el primero: Retrato de Fernando Pessoa, pero sin olvidar su vinculación con España durante su estancia en Madrid a finales de la década de los años veinte y su paso como ilustrador de la revista Blanco y Negro del periódico ABC, o como decorador del Teatro San Carlos o su trabajo como escenógrafo en la obra Los medios seres de Ramón Gómez de la Serna. Todo ello, sin pasar por alto a los pintores Sonia y Robert Delaunay que, en su particular diáspora de la Primera Gran Guerra, acabaron residiendo en el norte de Portugal entre 1915 y 1916 y, de cuya estancia, también da buena muestra la exposición.



Como dice el dicho popular: tan lejos pero tan cerca, aunque en esta ocasión sea más acertado intercambiar el sentido de la frase y formularlo como: tan cerca pero tan lejos, y que nos sirve para ilustrar esta exposición, pues esa es la sensación que a uno se le queda cuando la visita y la contempla. En este sentido, esta muestra, aparte de constatar el desconocimiento que ambos países manifiestan sobre sus respectivas culturas, nos permite reivindicar la riqueza de sus lazos comunes y también romper esa barrera que sólo parece franquearse cuando hablamos del fado y el flamenco, dos de sus manifestaciones más genuinas, pero sin duda, no las únicas. En este sentido, en el apartado de las anécdotas podemos rescatar la carta que Pessoa escribió a Unamuno, o la que Lorca intercambió con el poeta portugués con el que convivió en la Residencia de Estudiantes de Madrid, así como, disfrutar con el placer de poder contemplar originales de cartas escritas por Pessoa a mano o con su máquina de escribir, por no citar el ejemplar original de Mensagem —inicialmente titulado Portugal y tachado a lápiz — o con los números originales y en facsímil de la revista Orpheu, por lo que ésta representó en el ámbito literario portugués con el devenir de los años. Sea como fuere, esta exposición es una magnífica oportunidad de cruzar la frontera para estrechar lazos con unos de esos familiares que nos resultan unos perfectos desconocidos y, de paso, establecer un punto de comparación multidisciplinar entre el universo del poeta portugués y su entorno más allá de sus heterónimos.

 

Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 1 de abril de 2018

EL APARATO DE RADIO.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



La vigilia del sueño me envía tus palabras cargadas de cariño. Palabras, que mi subconsciente convierte en una melodía llena de deseo y en mensajes envueltos en notas de jazz que despiertan mi libido. Me doy la vuelta buscándote, con la necesidad de tocarte y sentirte más cerca, pero ya no estás. Sin embargo, una leve luz que marca las horas y, se empeña en recordarme olvidadas palabras de amor, me dice que no eres tú la compañera de mis inesperadas pasiones nocturnas, sino un pequeño aparato de radio digital que desprende historias de amor en mitad de la noche. Un aparato de radio que me recuerda cuál fue el veredicto final de mi particular condena.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

viernes, 30 de marzo de 2018

LA VIDA OCULTA.- Un artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz


No se puede hablar de literatura sin hablar de la vida. Y no se debe confundir la vida con la literatura, aunque es casi imposible deslindar la vida de la literatura. Aseveración de la escritora y académica Soledad Puértolas (Zaragoza, 1947) en La vida oculta, XXI Premio Anagrama de ensayo de 1993. Hasta ese año, solo había publicado una pequeña parte de su obra narrativa, pero aun así plantea con rotundidad su experiencia literaria. Resulta una obra muy amena y en la que tenemos la posibilidad de descubrir a esta mujer cuya vida gira en torno a la escritura, y que habla de ambas de una manera honesta, sincera, reflexiva… utilizando insistentemente las preguntas retóricas.
Convencida de que no hay un método para escribir, ni para vivir, ni para conciliar lo uno con lo otro, manifiesta que el escritor no cuenta cosas de su vida, sino cosas de la vida de los demás, siendo estos demás casi siempre imaginarios, o él viviendo otra vida, o viviendo de otro modo la vida. Y es que hay que percatarse de que la realidad ya está hecha y de que lo literario todavía no existe, pero que puede llegar a existir. Debe quedar claro que lograr la verosimilitud no está en relación directa con la veracidad de la historia, sino con la necesidad de distanciamiento del escritor. Según su opinión, se escribe sobre la realidad vivida por un impulso de venganza o por un deseo de homenaje.
Por eso, el escritor es la persona que no se contenta solo con vivir. Lo que pretende es inventar una vida distinta sobre el papel. Al igual que todo lector, el escritor, cuando lee, busca la amistad íntima y segura de la persona que escribió esas páginas en las que inevitablemente se deslizó algún fallo. Busca la compañía, el apoyo, la complicidad y el estímulo de ese espíritu afín que anida en la obra maestra, en la escena perfecta, en el personaje verdadero. Además, el escritor, que ambiciona conmocionar al lector no puede vivir fuera de su época. No se trata de si el mundo cabe o no cabe en las páginas de un libro, sino de que esas páginas del libro creen un mundo. Las grandes novelas interesan por la visión del mundo que transmiten; los libros que dejan huella presentan un modo de vida, una manera de mirar las cosas. Al final, la concepción de la vida que tiene el escritor se refleja en sus obras de ficción.
Piensa que, en el lenguaje, las palabras están cargadas de un mensaje moral y que por eso nos preocupan tanto; que el lenguaje ha sido el instrumento más relevante para la interpretación y dominio del mundo, y, por lo tanto, quien escribe una novela está interpretando ese mundo. Pero no cree que la literatura siempre dé respuestas. Puede que se escriba y se lea para no dejar que la pregunta cese y, al hacerlo, autor y lectores no hagan sino responder a un plan general. Se escribe y se lee como si fuera parte de nuestro destino, como si estuviéramos obligados a construir un mundo fuera del que tenemos. Todas las historias que el hombre inventa nos comunican la incertidumbre de nuestra condición. Este tipo de reflexiones inunda el libro.
Ella comenzó primero a escribir relatos. Confiesa que, teniendo en cuenta su incapacidad para contar cuentos, le resultó muy grato descubrir que era capaz de inventárselos silenciosamente en el papel. Es consciente de que la necesidad de fabulación, propia del hombre, es un oficio viejo, pero también nuevo: cada vez que un contador de cuentos toma la palabra el mundo parte de cero y su auditorio se instala en la ignorancia para, al ir escuchando, ir aprendiendo, ir entendiendo. La meta del cuento es alcanzar la inmortalidad. En razón de su brevedad, de su necesaria concisión, el cuento tiene un centro y su final es tanto una conclusión como una invitación a volverlo a empezar.
Hasta casi los treinta años no llegó su primera novela. Con ella quería comunicar sus confusos sentimientos creyendo que eran originales. Al revisarla dos años después, comprendió que más que la expresión de su mundo interno, necesitaba crear un mundo coherente y real, verosímil, así como unos personajes con su propia identidad. A partir de entonces, en cada novela que ha escrito, se ha planteado un problema nuevo, un reto distinto.
Mientras escribe corrige algo, pero es de las personas que prefieren escribir, avanzar y no volver atrás hasta que no ha puesto el primer punto final. Una vez que la novela está acabada, publicarla significa abandonarla a su suerte. Opina que es fundamental ser conscientes de que será leída y juzgada por personas conocidas y amadas, por personas conocidas y hostiles, por personas absolutamente desconocidas. Y puede que el libro no encuentre muchos lectores. Pero el escritor siempre debe creer que ha hecho un hallazgo importante y que por eso lo ha ofrecido a los demás.
A pesar de que, en esta época, ya declara que no ha encontrado una fórmula para escribir una novela, se aventura a definirla como una cadena de pensamientos que trata del hombre, de su forma atinada o no de vivir. Por esta misma razón cree que la novela sí es susceptible de ser analizada, mientras que es imposible desentrañar la fórmula mediante la que se ha escrito, porque no existe esa fórmula, se trata de música. La condición primordial de la novela es salir del mundo real, crear otro, pero si no atrapa la atención del lector, es letra muerta. Por eso solo una buena novela consigue sacarnos de este mundo. Y para eso el escritor debe eliminar lo superfluo y concentrarse en lo esencial. En esa decisión, de qué decir, qué omitir, en ese ejercicio de elección está el secreto de una buena novela.
Por medio de sus palabras califica su quehacer, recuerda ese momento en que tomó consciencia de lo que hacía sentada en una cafetería y mirando: Esa necesidad de observar, de detener el tiempo… así supe que mi trabajo, mis trayectos, mis obligaciones y responsabilidades eran ocio. Así como mi vocación, mi afición eran ocio.
Además de escribir, en una ocasión formó parte de un jurado. Experiencia inolvidable pues reconoce la enorme dificultad que supone el juicio equilibrado, razonable y estimulante que en varias ocasiones hubiera pedido para ella. Estaba segura de que no iba a encontrar al artista no porque no existiera sino porque, como sucede cuando se comparan unas cosas con otras, su mente se había enturbiado. Y entendió por qué se emiten tantos juicios equivocados o desacertados, por qué se clasifica mal una novela o por qué muchas veces tarda en valorarse una obra. Se percató de que es muy difícil tener criterio en materias tan delicadas, de que los gustos literarios son un asunto totalmente personal y de que, desgraciadamente, todavía no se ha inventado la forma de medir la calidad de una novela. Es tajante: el escritor no puede fiarse de nadie; no puede creer de verdad en los elogios ni aceptar totalmente las críticas.
En este ensayo, nos hace partícipes de sus gustos literarios; profundiza tanto en las obras como en la forma de escribir de muchos artistas relevantes de la literatura universal. Son análisis singulares, nos enseña otro prisma. Como muestra hemos escogido la obra el Quijote y el escritor Baroja.
Quijote: es en sus páginas donde se contienen todos los enigmas de la humanidad; el permanente juego con la realidad y la ficción, el cuestionamiento de la cordura y la locura, el entendimiento íntimo entre los hombres, las redes de complicidad y simpatía que se tienden entre ellos… Por todo esto, en este libro lo más importante es la idea; parece concebido para ser fundamentalmente abstracto, pero, al darnos muchos detalles de algunos aspectos de la vida, rompe los moldes de la abstracción para crear la más inverosímil realidad. El equilibrio del que parte es tan inestable, que se sostiene sobre el increíble castellano de Cervantes, sobre el fluir de las frases encabalgadas con una complejidad y naturalidad desconocidas hasta el momento y convertidas, a partir de entonces, en modelo de lengua.
Baroja: sus novelas se definen como fragmentos de novelas más que como narraciones acabadas y redondas. El autor está tan presente en ellas que es su personalidad la que se impone y seduce al lector, que finalmente deja de preguntarse si sus novelas son o no perfectas, y se abandona a la lectura. Sus personajes hablan mucho, sobre la vida, las mujeres, las teorías políticas y filosóficas en boga; buscan ideas, expresan ideas; persiguen una filosofía que les ayude a explicar sus vidas. Y como es él son sus personajes: individualistas, fatalistas, envueltos en una tristeza abstracta y vaga, perseguidos por el fantasma de la catástrofe sentimental. Pero, a pesar del irremediable pesimismo, sus novelas son portadoras de vida.
Para ella asistir a la Feria del libro no deja de ser un ejercicio de humildad: Situarse detrás de los libros y saber que el fruto de tu obsesión y de tu esfuerzo, de tus desvelos y de tu inspiración, de tu desasosiego y de tus íntimas satisfacciones no es sino un producto más de los muchos que el curioso o distraído paseante puede escoger y finalmente comprar. Eso es el libro, un producto ni siquiera imprescindible y que, una vez utilizado, leído, puede quedar abandonado.
Acabemos, cómo no, con otra interesante reflexión de Soledad Puertas que: Escribir es difícil, pero la vida lo es más. Nadie sabe cómo vivir, tampoco el novelista, pero describe e inventa la vida.
Un artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz

domingo, 25 de marzo de 2018

LA DISTANCIA.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



Miraba una y otra vez cómo pasaba el tren. Cansado, levantó la mirada de la maqueta que albergaba a su tren viajero y, desde la parte externa del escaparate, supo que esa era la distancia que separaba a sus miedos de la realidad, porque desde el día que ella le dejó, vagaba perdido, buscando un destino que los volviera a unir de nuevo.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

viernes, 23 de marzo de 2018

REMEDIOS ZAFRA, EL ENTUSIASMO: CRÓNICA DEL FRACASO Y CAÍDA DE LOS ENTUSIASTAS



A medio camino entre un diario cibernético aderezado con tintes metálicos y un manifiesto político contra la precariedad laboral, nos enfrentamos a la crónica del fracaso y caída de los entusiastas (así denominados por la autora de este ensayo). Y lo hacemos bajo la tenaz mirada de alguien que conoce muy bien el terreno que pisa, pues con su acertada dialéctica, nos muestra una de las cloacas del mundo en el que vivimos: la simbiosis perfecta que conforma la precariedad y el trabajo creativo de la era digital. Remedios Zafra (ganadora por este libro del Premio Anagrama de Ensayo 2017) vuelca su mirada sobre un mundo altamente tecnificado como es el actual, y lo hace, avanzando sobre él con la potencia de un lenguaje material y matérico que nos posibilita tocar las palabras con las que escribe, pues se trata de un lenguaje repleto de términos que se refieren a máquinas y conceptos que sintetizan la arqueología digital en la que nos desenvolvemos y nos deposita en esa dicotomía que nos fracciona entre usar frente a ser usados. De tal forma lo consigue que, la licuosidad de las emociones observadas y experimentadas a través de las pantallas de nuestros artilugios informáticos, no nos libra de los males presentes en nuestras vidas por mucho que estemos altamente tecnificados. Zafra nos apunta que: «hoy el tiempo es un bien escaso, tan repleto de trabajos y tareas burocráticas y tecnológicas que apenas aparece a pequeños intervalos pequeños, difíciles para la concentración que precisa ejercitar, formar y practicar eso que punza.» Esa falta de tiempo para poder pensar y repensarnos es una de las causas y de las cadenas a las que estamos encadenados en el siglo XXI, donde todavía más si cabe, somos prisioneros de los grandes números, quizá, porque esa es una de las premisas del mundo hiperconectado en el que vivimos; unos grandes números que son con los que se alimentan las grandes empresas que delinean nuestras vidas a través de las pantallas de una forma aséptica y purificada sin que lleguemos a ser conscientes de los niveles de penetración que las mismas procesan en nuestras conciencias, cada vez más transitadas por imágenes que por palabras. Como nos recalca la autora de El entusiasmo: «lo mucho prevalece sobre lo poco» y en esa necesidad de la urgencia lo más palpable es que la atención está en riesgo. Cuanto menos atención le prestemos a los mensajes que nos son enviados hasta el infinito más fácilmente seremos manipulados, pues nuestros estímulos se mostrarán más placenteros a la hora de ser inducidos hacia ese punto de no retorno que se producirá bajo la cúpula de la soledad e íntima oscuridad que nos acoge cuando creemos observar el mundo a través de una pantalla sin ser conscientes de que sólo somos un peón de la gran partida de ajedrez que se juega más allá de nuestros dominios. Nunca el ser humano ha sido menos dueño de sí mismo y sus acciones que en la actualidad, cuando sin embargo todos creemos justo lo contrario, pues nos vemos como dominadores de esa parcela internáutica de la que somos un protagonista más. Película masiva y universal que, por no ser, no es ni material sino ciber-real. Como muy bien nos apunta en este sentido Remedios Zafra: «… la vida pública nunca dice la verdad y las personas se esconden necesariamente detrás de su perfiles, que suelen resaltar los pequeños éxitos». Esa ávida necesidad de la MENTIRA nos permite subvencionar una parte de nuestra cruda realidad con unas dosis de ficción con las que nos auto engañamos al creernos que no dejan huellas más allá de nuestro micro-ciber-espacio. 


El entusiasmo de Remedios Zafra, entre otras muchas consideraciones, es la crónica íntima y personal de Sibila (un personaje con el que la autora proporciona a su obra de unas mayores dosis de realidad y cercanía a sus ideas). La crónica del fracaso y caída de los entusiastas a los que se alude en este ensayo de una forma permanente, como si ese concepto fuera el leitmotiv que camina por una cuerda floja entre la realidad y el deseo, es el testimonio mudo y el reflejo de una época: la digital. Una época que condena al individuo frente a la máquina y le aleja de sí mismo. No vivimos en soledad sino en sociedad, y explorar esa frontera es una de las propuestas que surgen a lo largo de las páginas de este ensayo que lucha por encontrar una luz que nos proporcione la esperanza suficiente para seguir nuestro camino. ¿Qué es mejor ser frutera o filósofa?, se pregunta Remedios Zafra. ¿Existe la posibilidad de fusionar ambas? Quizá sí, si llamamos Filosofía a nuestra frutería e insertamos citas que nos hagan pensar entre los kilos de fruta que sirvamos a nuestros potenciales clientes. Así, la lucha por salir hacia adelante, lleva a la autora a formular no sin razón y con unas buenas dosis de crítica, su atención hacia ese hombre fotocopiado al que se refiere cuando critica la zafiedad académica presente en la universidad española. Tanto es así que la autora nos plantea la imposibilidad del cambio: «… los cambios precisan transformaciones de los agentes que hacen la academia o de sus maneras de pensar. Y no es fácil cambiar para quienes ostentan el poder porque ya lo tienen.» A lo que nos contrapone un rayo de luz: «El poder del arte radica en el poder de movilizar “íntimamente” nuestra imaginación y nuestros deseos». Imaginación y deseos que también aborda cuando explora su incidencia en la vida digital de los entusiastas, esos seres recluidos en pequeñas habitaciones alejadas de la realidad material del otro y de su cuerpo, de la cercanía y el roce, y que se encuentran esclavizadas por la eterna espera por mucho que el amor cibernético sea vivido con la misma intensidad que el carnal. Todo es aparentemente material en la vida del entusiasta, salvo la posibilidad de disfrutar de un simple abrazo. 


Remedios Zafra no se arremeda frente al mundo y lanza sus ideas sobre la precariedad del trabajo creativo en la era digital a la que hace referencia en el título de este ensayo, y se muestra más beligerante, si cabe, a la hora de hacerlo desde un punto de vista feminista con el que trata de romper ese visible cordón umbilical que une a las mujeres con una cultura feminizada por el escaso valor del empleo y su precariedad.   


Ángel Silvelo Gabriel.