Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

domingo, 23 de julio de 2017

ÁVILA 2069.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


 
Soñó con vetustas catedrales rodeadas de almenas y murallas. Soñó con santos, conventos y calzadas adoquinadas. Soñó con el frío y la nieve, con el agua, el ruido de los ríos y el olor a tierra mojada…, hasta que a lo lejos adivinó la silueta de una tarde de verano en la que se leía: Ávila 2069. Se puso las gafas de realidad virtual y todo cobró vida de repente: olió el queroseno de los vehículos que sobrevolaban la ciudad, escuchó el murmullo que acechaba a la noche y, hasta incluso, intuyó el sol sobre la gran cúpula dorada que recubría la otrora ciudad de las murallas. Al no verlas, recordó  que a nadie le interesó lo que ocurrió con ellas. Nada importaba ya, salvo esa feliz vida virtual en la que todos vivían. Quizá, por eso, los nombres habían sido sustituidos por números y bajo la piel de las personas había huesos de metal y órganos que no necesitaban del latido de un corazón. En su sueño le surgió una duda, y desechó la idea de inmortalidad, porque sintió miedo cuando supo que la ciencia nunca recuperaría aquello que en verdad amaba.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

jueves, 20 de julio de 2017

ELVIRA NAVARRO, LOS ÚLTIMOS DÍAS DE ADELAIDA GARCÍA MORALES: LAS ESTÉRILES INVOCACIONES DE UNAS FALSAS SOMBRAS



Habitar entre las sombras, en un segundo plano, fuera de lo que vemos a nuestro alrededor. Allí donde la realidad es otra, y donde las personas que son capaces de llegar a ese territorio invisible es porque poseen una íntima necesidad de no tropezar con la cruel realidad. Ahí es donde residió en demasiadas ocasiones Adelaida García Morales, y donde consiguió hacerle una mueca a los fantasmas, a los propios y a los ajenos. Esa idea de voluptuosidad del vacío y de la nada fue una de las más fuerte impresiones que a uno le quedaron después de leer la novela El silencio de las sirenas de la propia Adelaida García Morales. Ese estado de fuga permanente, que se materializa con mayor fuerza en la insatisfacción de un amor platónico, es sólo la excusa para hacer más entendible, si cabe, el resto de aristas y puntos de fuga de la protagonista de esta historia que funciona como una intrahistoria de las Alpujarras de los setenta y ochenta. De ahí, que nos sea tan difícil atravesar la barrera de ese territorio invisible para la mayoría, pues sólo le resulta posible acceder a él a unos pocos. Ese es el principal error de esta novela fallida de Elvira Navarro, o más bien, habría que decir nouvelle, por la extensión de la misma y su armazón; pero no es el único, pues en esa necesidad de la autora —retratada en el papel de la realizadora que filma a tres personas que conocieron a Adelaida— de rendirle un homenaje propio a la escritora de culto ya olvidada, comete el error de explicarnos una y otra vez que su historia es una narración de ficción, aunque para ello, haga un uso indebido y poco respetuoso —por el nivel de conclusiones que extrae de la última parte de la vida del personaje al que intenta alabar— de la figura de una Adelaida García Morales perdida, en sus últimos días, en su propio mar de sombras del que ya nunca salió. Quizá, si como la autora de este libro dice, hubiese querido ficcionar entrelazando dos historias que nos acercan más a un falso documental sobre este corto período de la vida de la protagonista que sólo abarca sus últimos días, por ejemplo, no emplearía la imagen de Adelaida como reclamo en la portada de la novela, pues en vez de estar escondida en un último plano, como lo hace la fotografía de la propia Elvira Navarro, acapara el primer plano de la misma, por no hablar de lo explícito del título. Además, un autor que tiene que andar haciendo aclaraciones al principio o al final del texto es porque hay algo teme o no deja claro en el propio texto de la obra. Y esa falta de claridad de la autora de esta nouvelle, es de lo que más adolece esta obra. Baste traer aquí el siguiente extracto que aparece en la página 67 donde la autora por boca de la realizadora se plantea todo un mar de dudas acerca de las intenciones de la novela: «Y lo más importante: ¿acaso persigue ella la justicia? ¿No se planteó siempre su documental como una suerte de recreación libre o de continuación atmosférica de García Morales y del personaje, y no de la persona, que la escritora era? ¿No resultará entonces conveniente virar cuanto antes hacia la ficción? 

Los últimos días de Adelaida García Morales es un ejercicio descompasado entre la intención y la realidad, la forma y el sustento de la idea, de tal manera, que, quizá, sin quererlo, imita con demasiada precisión el lenguaje de sombras que la propia Adelaida García Morales utilizaba en sus novelas y relatos, pero sin la autenticidad de ella. Esta obra parece escrita con prisas, salida de una idea fuerza que no es tal, y desarrollada por el camino de las conjeturas equivocadas que se sustentan en las estériles invocaciones de unas falsas sombras. En este sentido, un mayor ahondamiento en las circunstancias vitales de la protagonista del libro, y un tratamiento con mayor profundidad de la vida, la obra y las últimas consecuencias vitales que la llevaron a su muerte, a buen seguro nos hubiesen dejado un mejor sabor de boca, pues lo único que se salva de esta obra vacía es el estilo narrativo de una Elvira Navarro segura de su potencial como escritora y estilista que, en este caso, sin embargo ha dejado de lado el esqueleto de su figura en manos de las vanas casualidades, muy al estilo de los tiempos que corren, donde ya nada importa, salvo las falsas imágenes que cada uno de nosotros nos hacemos de los demás a través de las redes sociales. 

Adelaida García Morales se merecía más, sin duda, de ahí el enfado de su último marido, Víctor Erice, al leer la nouvelle, cuando descubrió la desnudez de una mujer que en nada se parecía a aquella con la tuvo un hijo y compartió el rodaje de El sur, entre otras muchas peripecias vitales. Si bien, los problemas psicológicos de la protagonista eran ciertos, estaba en su derecho de reivindicar el aislamiento, la soledad…, y el silencio de sus últimos días a su manera. Un silencio, bien es verdad,  tatuado con las iniciales de la imposibilidad que reside en el falso encanto o la magia de la desconexión más terrible del mundo real: la de la propia muerte. 

Ángel Silvelo Gabriel. 

domingo, 16 de julio de 2017

CONCIERTO DE U2 EN EL SANTIAGO BERNABÉU, 1987: CUANDO BONO ACARICIÓ EL CIELO DE MADRID


 
El 17 de julio de 1987, Bono, el cantante del grupo irlandés U2, acarició el cielo de Madrid ante la atenta mirada de su compañero, The Edge, que no daba crédito a la escalada que Bono estaba haciendo por la estructura del escenario que se había montado sobre el césped del Santiago Bernabéu para tan esperada cita. Seguro que los limpios aires de la sierra madrileña que recorrió horas antes del concierto en bicicleta, le dieron las fuerzas suficientes y el arrojo necesario para iniciar una escalada tan mítica, como mítico fue el concierto del Santiago Bernabéu de ese día ante 80.000 personas que, literalmente, desde el minuto uno se comieron al grupo irlandés canción tras canción. Un lugar tan acostumbrado a grandes gestas deportivas, esa larga tarde noche del lejano, ahora, verano de 1987, también sirvió para encumbrar al grupo irlandés en lo más alto del imaginario colectivo de los asistentes que llenaron el estadio madrileño desde mucho tiempo antes del inicio del concierto. Pues no se nos debería olvidar esta frase de Bono que ejemplariza lo dicho: «éste es un lugar grande, pero U2 y vosotros somos mucho más grandes". 

Un espectáculo que estuvo sustentado en la poderosa voz de Bono y en las magistrales cuerdas de la guitarra de The Edge, un mago de la iconografía sonora para una generación de admiradores de la banda. El resto lo puso el público, con un empuje inigualable que llevó a U2 a tocar el cielo de Madrid (para ellos fue uno de los conciertos míticos de su carrera en ese momento), porque el tiempo, sí, de una forma caprichosa se había detenido en aquella tarde de julio, y que de una forma ya lejana también, como ahora recordé en un artículo en el año 2009 que fue publicado en el diario digital Qué.es y que de nuevo añado a esta efeméride en su treinta aniversario:

«Hasta las siete de la tarde no salía del trabajo y, distraía mi nerviosismo, acordándome de mi hermana Maite que hacía varias horas que estaba dentro del estadio. Yo había quedado con mi chica a las siete y media en el Bernabéu. A esa hora, el estadio estaba prácticamente abarrotado. El césped era un manto humano de piernas y cabezas. Las gradas sólo admitían invitados en el segundo y tercer anfiteatro. Mi chica y yo salimos a uno de los vomitorios del segundo anfiteatro y nos encontramos con UB 40 calentando motores con su reggae pegadizo y facilón, mientras los fans de las primeras filas eran bañados con generosos manguerazos de agua. Big Audio Dinamite ya eran historia, pero nosotros no les echamos en falta. Todavía era de día cuando The Pretenders con Chrissie Hynde a la cabeza salieron al escenario. Ella me recordó que el rock no era sólo cosa de hombres, y su voz ronca fue calentando motores con clásicos como Brass in pocket, 2000 miles o My baby. 

Pero todo era una excusa, porque las ciento diez mil personas allí congregadas, estábamos esperando el gran momento. Un momento que llegó entrada la noche entre gritos de: you too, you too. De repente, se paró la música y las escasas luces del escenario se apagaron. Las notas de Where the streets have no name, se impusieron al griterío histérico de los fans. El sueño por fin se había hecho realidad, y la infinidad de imágenes que recreaba en mi cabeza cada vez que escuchaba The Joshua Tree, se hicieron tangibles ante mis ojos. Aquella noche fue una noche de deseos consumados, donde todos intuimos que algo estaba pasando. Bono también fue consciente de ello, cuando preso de la emoción se preguntó: «¿por qué demonios no hemos tocado antes aquí? … realmente no lo sé». Pero eso no fue todo, porque rendido a la fuerza que todos desprendíamos al otro lado del escenario, se encaramó como un guerrero a lo más alto de una de las torretas del escenario mientras el resto de los componentes del grupo le miraban con cara de incredulidad y espanto, y The Edge le invitaba una y otra vez a bajar de ese ficticio cielo que aquella noche se convirtió en su olimpo. Fui testigo de un mágico encuentro entre almas deseosas de encontrarse. Para todos fue una noche mítica. También para U2, ya que Bono siempre recuerda este concierto como uno de los mejores de la historia del grupo.

Aquel verano de 1987, cuando todavía éramos jóvenes, para mí significó el inicio de una cierta independencia económica, el saltar de los conciertos gratuitos patrocinados por los ayuntamientos a los conciertos de los grupos extranjeros del momento en las pequeñas salas salpicadas por el centro de la ciudad. Pero ese concierto significaba algo más. No sólo eran los grupos, sino también el espacio y la convulsión en los medios y en la multitud de jóvenes que imitábamos a aquellos otros jóvenes europeos que disfrutaban de largos y alocados festivales veraniegos. (Crónica publicada en Qué.es con motivo de la gira 360º y su concierto en Barcelona el 30 de junio de 2009). 

Ángel Silvelo Gabriel

PICAPLEITOS SIN FUTURO.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


 
Los reflejos del verano todavía se abren paso en la calidez de tu cuello. Sin embargo, mi imaginación acude hasta el bar de este hotel, en el que un día me conformé con mirarte sin conocer todavía tu verdadera identidad. En ese momento, yo era un abogado que había colgado su título en la percha del despacho días atrás. Mi defensa, por tanto, era nula, porque no se basaba en los alegatos que tenía aprendidos de mis muchos años de profesión, sino en la cédula que, en forma de deuda amorosa, te  extendí aquel día entre efluvios color cereza. Ahora, sin embargo, vuelvo a mirarte, y pienso que ya no existe la posibilidad de establecer una nueva cláusula de arbitraje entre nosotros, por mucho que te esté mirando tumbada, y desnuda, en la misma cama, del mismo hotel, donde hicimos el amor por primera vez. Te miro una vez más, y lo hago aliado con la luz que se filtra por las cortinas de un color níveo que me recuerda demasiado a nuestro primer deseo, ese que nos visitó sin apenas darnos cuenta, y que nos llevó de viaje a lo largo del tiempo bajo la penumbra de la dicha del amor. ¡Ah, el amor!, ese motor que mueve el mundo y, al que ahora,, a pesar de todo, no soy capaz de dedicar una de esas odas que tanto me gustaba recitarte entonces y, que igual que el láudano, te embriagaban la mirada y ese último sentido con el que disfrutábamos el uno del otro. Recuerdos que, como hoteles perdidos, ya nunca seremos capaces de volver a encontrar. Sueños imposibles que me hacen pensar que un día fuimos felices, es cierto, pero que ahora sólo somos reos de nuestras propias desdichas. Tú, empeñada en ejercer de juez y parte en los alegatos de mis deseos, y yo, convertido en un picapleitos sin futuro.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

jueves, 6 de julio de 2017

DIARIO DE UN SANFERMINERO.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


Uno de enero: pido un deseo. Dos de febrero: imploro a San Fermín. Tres de marzo: releo Fiesta, de Hemingway. Cuatro de abril: revivo la fiesta con los amigos de la peña. Cinco de mayo: renuevo el pañuelo rojo y la camisa blanca. Seis de junio: sueño con el txupinazo y me veo con el pañuelo rojo al cuello. Siete de julio: rezo al santo en el tramo de Santo Domingo y corro el encierro lleno de júbilo. Ocho de julio: todo se empieza a volver de color rojo. Nueve de julio: hacemos el concurso de Miss camiseta mojada en la plaza. Diez de julio: mis labios recogen un beso furtivo. Once de julio: no me acuerdo de lo que hice ayer. Doce de julio: misteriosamente seco. Trece de julio: agotado. Catorce de julio: triste y nervioso entono el pobre de mí. Quince de julio: corro el encierro de la villavesa. Uno de enero: pido un deseo…
Microrrelato de Ángel Silvelo

domingo, 2 de julio de 2017

ÁNGEL SILVELO ES DISTINGUIDO CON LA NOMINACIÓN ESPECIAL INSPIRADA EN SANSE DE LA XVI EDICIÓN DE LOS PREMIOS DE MICRORRELATOS DEL ENCIERRO DE SANSE 2017


Mientras “A un lado y otro de la talanquera” se alzó con el primer premio, “Susurra una tradición”, de Raquel González Hernández, de Sanse se llevó el segundo premio de 2017
S.S. Reyes. 2.7.2017.- Ya se conocen los trabajos premiados de la XIV edición de los premios del certamen de Microrrelatos del encierro 2017. El jurado estuvo presidido por Tatiana Jiménez , concejala de Economía y Hacienda, Desarrollo Local y Empleo y formaron parte de él como vocales: Manuel López Azorín, escritor y poeta y los siguientes representantes de la A.C. El Encierro: Manuel Durán, documentalista gráfico y presidente de la misma; Fernando Corella, humorista gráfico; Ainhoa Izquierdo, diplomada en Turismo Internacional y Pedromaría Rivera, músico y cohetero del encierro de Sanse, que hizo las funciones de Secretario. Después de deliberar sobre los relatos presentados acordaron, por unanimidad, conceder los siguientes premios previstos en las bases:
Primer Premio: 400 € y Trofeo, para el microrrelato titulado A un lado y otro de la talanquera de la vida, de Angel Novillo Sánchez de Pedro, de Villacañas (Toledo).
Segundo Premio: 100 € y Trofeo, para Susurra una tradición, de Raquel González Hernández, de San Sebastián de los Reyes (Madrid).
Nominación Especial inspirada en Sanse: 100 € y Trofeo, para Una mañana de agosto, de Ángel Silvelo Gabriel, de Madrid
Menciones Especiales: Aparte de los premios anteriores y a la vista del nivel de los trabajos presentados, el jurado concedió dos Menciones -sólo Trofeo-, a los microrrelatos titulados: Sueño número uno, de Josetxo Campión Ilundain, de Burlada (Navarra) y Un encierro limpio, de Gonzalo Terán Mazzanti, de El Casar (Guadalajara).
-Nominación Especial inspirada en Sanse:
Una mañana de agosto, de Ángel Silvelo Gabriel, de Madrid
Intento atravesar el espejo que todavía me separa de ti, como hice aquel verano en el que nos quedamos sin vacaciones por culpa de las asignaturas pendientes que nos habíamos dejado en nuestro primer curso de la universidad. Esta vez, sin embargo, todo es distinto, porque mientras ando por las calles de Leopoldo Gimeno, Real Vieja, Real o la Estafeta no tengo miedo a perderte. Te busco con decisión, entre los velos de nuestro pasado, e igual que una cometa que se desplaza a través del tiempo y va a tu encuentro. Suspendida del aire creo que todo lo que me rodea es la antítesis del mundo terrenal del que me he escapado. A pesar de todo, algo falla, porque antes de llegar a “La Tercera” oigo tu voz, pero la percibo igual de lejana que ahora nos queda aquel día de agosto de 1978, cuando me cogiste de la mano y me dijiste que me querías. Y como a ti te gustaba tanto el riesgo, lo hiciste en plena carrera del encierro, entre pañuelos rojos y camisas blancas que no entendían lo que allí estaba sucediendo. Y cuando terminó de pasar la manada te lanzaste sobre mí y me besaste como sólo lo hacen aquellos a los que les ha sido concedida la dicha del hallazgo de las grandes emociones dentro de las pequeñas cosas, pues nos quedamos parados igual que dos luciérnagas que sólo quieren depositarse en una pequeña parcela de la senda de los sueños. Y así, año tras año, en las fiestas del Cristo de los Remedios repetimos nuestro beso durante el encierro; una muestra de cariño que, con el transcurso del tiempo, se convirtió en uno de los clásicos de nuestra peña. Y, entre recuerdo y recuerdo, y mugido y mugido, todavía me cuesta despedirme de este lugar en el que tantas veces fui feliz a tu lado. Pero ahora, mi alma de mujer necesita reencontrarse contigo al otro lado del espejo, para de ese modo, rememorar el verdadero significado de la vida, ese que nos pilló por sorpresa una mañana de agosto de 1978, cuando el encierro era el mayor de los milagros a nuestro alcance.
 
 

jueves, 29 de junio de 2017

LA LECTURA EN EL SIGLO XXI.- Un artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz

 
Cuánto ha llovido desde aquel primer códice ―lo más parecido al libro de hoy en día― que encontramos en la Edad Media. Dejó de ser un rollo continuo para convertirse en un conjunto de hojas cosidas con forma rectangular. Desde ese momento fue posible acceder directamente a un punto preciso del texto. Después, poco a poco, vinieron las mejoras: la separación de las palabras, las mayúsculas y la puntuación; y más tarde las tablas de las materias y los índices, que facilitaron muchísimo la búsqueda de información.
 
Hoy, en el siglo XXI, hemos cambiado nuestra forma de leer y de mirar. Ahora, además de libros, leemos y miramos pantallas. Esto altera irremediablemente nuestra concepción del hecho lector y nuestra aprehensión de conocimientos, porque la pantalla no es solo un cambio de soporte, sino una profunda modificación en el modo de organizar los contenidos.
 
Hemos pasado de la lectura pausada, vertical y prolongada en el tiempo de un texto plano, a la de uno abierto, plural, que se desdobla en muchos otros textos y que es más superficial y horizontal. Dicho de otro modo: de los manuales, enciclopedias y diccionarios hemos saltado a los hipertextos, que son según la definición del programa PISA: una serie de fragmentos textuales vinculados entre sí de tal modo que las unidades puedan leerse en distinto orden, permitiendo así que los lectores accedan a la información siguiendo distintas rutas.
 
De aquí podemos colegir dos cosas: que la organización de la información puede no ser lineal, sino arbórea o en red y que el lector tiene la posibilidad de recorrer el texto a través de variados itinerarios en función de la finalidad de su lectura. ¿Y todo esto a qué nos lleva? A una manera de leer y a un tipo de lector muy diferente del que se necesita para descodificar un texto lineal.
 
Tres son las características distintivas que queremos resaltar para entender mejor los cambios que se están produciendo:
 
1.- Los textos digitales se apoyan, con frecuencia, en elementos gráficos o icónicos para ayudar a la comprensión. De ahí la necesidad de un lector activo que establezca el sentido de los diferentes componentes (sonido, imagen, texto…) y las relaciones entre ellos con el fin de construir el significado global de toda la información.
 
2.- La lectura digital ofrece la posibilidad de que el lector interactúe con aportaciones en forma de comentarios con sentido. Y esto no es baladí porque, de alguna manera, el lector va configurando su identidad digital, una imagen pública de cuáles son sus intereses, sus opiniones, etc.
 
3.- De las dos características anteriores deducimos esta tercera: los hipertextos ofrecen una sobreabundancia de información que exige unos procedimientos de búsqueda, selección y gestión eficaz y por eso el lector precisa de habilidades nuevas para poder hacer frente con éxito a los objetivos de la lectura.
 
Ahora viene lo más importante: si la forma de leer ha cambiado y el lector necesita de otros conocimientos para lograr dichos objetivos, también habrá que modificar la forma de enseñar.
 
Es decir que el concepto de alfabetización y de competencia lectora indefectiblemente ha variado y, ahora, es mucho más amplio. Hasta hace poco se consideraba a una persona alfabetizada cuando sabía leer, escribir y realizar las operaciones básicas de cálculo, hoy el concepto va más allá. Ahora podríamos hablar de tres niveles de conocimiento: escrito, digital y en redes.
 
“El gran reto será entonces formar a las personas en nuevas dimensiones y competencias, una alfabetización mediática y una competencia que permita discernir y evaluar dicha información” (Paola Dellepiane).
 
Es fundamental que tanto las escuelas como el profesorado se pongan al día. Además de ser garantes de esa nueva alfabetización, ya han empezado a adecuar los espacios y los entornos de aprendizaje: antes hacían visitas esporádicas al aula de informática, ahora ya existe la posibilidad de que tengan acceso continuado a Internet en sus aulas y en las bibliotecas escolares. En este sentido hay que resaltar el papel de la Federación de Ikastolas vascas que, a través de su proyecto EKI, está creando el primer material didáctico digital específicamente orientado a la educación basada en competencias.
 
Pero no todo son parabienes. El autor estadounidense, Nicholas Carr, se ha mostrado pesimista ante las competencias que, a su juicio, se están perdiendo por la utilización de las tecnologías de la información y la comunicación. Por ejemplo, la capacidad de leer con profundidad y concentración textos de una considerable extensión. En su libro, Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, explica cómo las múltiples ventajas y utilidades de la Red tienen como contrapartida el triunfo de la superficialidad y la distracción.
 
“Hoy parece que estamos perdiendo la segunda parte, nos quedamos en la primera, como si no fuera necesario extraer deducciones o conclusiones originales. Las nuevas tecnologías nos instan a buscar, pero no a reflexionar” (Nicholas Carr).
 
De todas formas, lo que es innegable es que la alfabetización digital viene a hacer más fácil la vida en un mundo donde la tecnología marca la pauta y la sobreinformación es la norma. Primero, porque consigue que el lector adquiera los conocimientos necesarios para ayudarle a moverse, buscar, evaluar e interpretar de forma crítica, y por supuesto autónoma, la información de la Red; y segundo, porque le insufla una dimensión social, ya que relaciona a la persona con el resto del mundo en su sentido más amplio y la hace consciente de su responsabilidad y de sus limitaciones en esta multiculturalidad y globalización que nos ha tocado vivir.
 
Nunca antes ha habido un corpus lingüístico tan grande como el que ofrece Internet, que contiene más lenguaje escrito que todas las bibliotecas del mundo juntas, y nunca antes hemos estado tan informados. ¡Cómo ha evolucionado todo desde aquella lejana Edad media en que el libro jugaba un papel fundamental en la educación ―esencialmente elitista, propia de la élite religiosa― y donde la palabra del maestro era casi sagrada!; de magister dixit hemos pasado a Google dixit. Si hoy un monje copista de aquellos levantara la cabeza, pensaría: Cómo nos han cambiado el cuento.
 
Artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz.

domingo, 25 de junio de 2017

EL JUEGO DE LOS DESEOS VISTA POR LA ESCRITORA Y PERIODISTA ANAMARÍA TRILLO: LA PUERTA ABIERTA A UN MUNDO DESCONOCIDO DE LA MANO DE TRES MUJERES


 
El juego de los deseos es un profundo y minucioso viaje por los sentimientos. Un meticuloso ejercicio de poesía porque, aunque es una novela y por lo tanto está escrita en prosa, El juego de los deseos contiene tal sensibilidad y tiene una expresión tan cuidada que nos encontramos sin duda ante poesía que cala hasta los más hondo del alma, poesía que toca a nuestra puerta y, sin necesidad de pedirnos permiso, nos abraza y reconforta. 
La vida, la muerte, la soledad, el destino, el lugar no geográfico que cada uno de nosotros habitamos... todo ello puede expresarse y entenderse de mil maneras diferentes, bajo el prisma personal que a cada uno nos asiste. Hay mil maneras de expresar, por tanto, una misma idea, pero el escritor puede, y debe, aplicarse en el empeño de encontrar una PALABRA que, entre todas, exprese esa idea hasta hacerla casi latir, hacerse evidente, cobrar vida. Ángel Silvelo tiene la capacidad de trabajar con esa IDEA y con su PALABRA, podríamos decir gemela, como un artesano, macerándola con mimo; cocinándola a fuego lento; buscando el ingrediente que aporte el matiz exacto. Sin prisa. Con pasión.  
Y eso es El juego de los deseos. Una imagen poética que se dibuja en nuestra mente mientras nos susurramos a nosotros mismos las palabras que vamos leyendo en silencio. Una imagen que despierta nuestros sentidos: el color, el olor, el tacto, el gusto... todos cobran fuerza en imágenes que no hemos visto sino por los ojos de Adela, de Laura y de Galiana. La hermosura de los parajes de Toledo, el horizonte inmenso de Afganistán... Ellas son quienes nos dibujan esos lugares. Tres mujeres que comparten un corazón, el corazón del que han nacido las tres y que se expresa a través de sus tres voces, y que late en la soledad del trabajo del escritor frente al ordenador.  
El juego de los deseos es un trabajo hermoso, que al leerlo va inoculando en nosotros la idea de belleza que puebla el texto. Tres mujeres, y la belleza de sus tres voces, y la de sus tres formas de sentir... la belleza de tres almas que alimentan una novela que es un hondo canto que surge de la ausencia, de la pérdida contenida en una frase de Adela a su hija: “¿Qué más da dónde estés, si ya nadie te puede sacar de allí?” Tres mujeres con sus sueños, sus anhelos profundos, esos que se graban y nunca se callan por más que, a menudo, bajan la voz. Todas ellas han nacido de la reflexión, de la mente del escritor en un ejercicio titánico de empatía, de ponerse en el lugar de los personajes, sin el que no sería posible que tanto Adela como Laura o Galiana se nos hicieran mujeres reales de carne y hueso, aunque solo sea en nuestra imaginación.  
No es casual que las protagonistas sean mujeres, tampoco que las Fuerzas Armadas sean el contexto que comparten. Estos dos aspectos son parte del compromiso de Ángel Silvelo por aportar luz a un mundo desconocido por parte de la sociedad española en general. Yo me incluyo en esa sociedad que desconoce cómo son nuestras Fuerzas Armadas y sobre todo cómo son los españoles que forman parte de ellas, que son como todos nosotros, pueden ser nuestros vecinos, amigos, los padres de los compañeros de colegio de nuestros hijos... También tienen problemas personales, también tienen sus alegrías y sus tristezas, sus sueños, sus deseos, sus anhelos... ¿Y cómo se compagina esto, los hijos, la propia pareja, etc., cuando uno está en mitad de la nada en Afganistán, a expensas de que su convoy sea atacado? ¿Cómo se vive el amor lejos de casa, lejos de los tuyos? ¿Cómo se vive el amor en territorio hostil, donde el riesgo está presente cada día? 
Yo creo que El juego de los deseos es una novela necesaria para la sociedad en su conjunto. Necesaria porque nos abre la puerta a un mundo desconocido, pero además porque lo hace de la mano de tres mujeres. Si de por sí las Fuerzas Armadas son desconocidas, más aún lo son las mujeres en las Fuerzas Armadas. Y de ahí la importante labor que puede acometer esta novela en nuestra sociedad. Es por tanto un honor hablar de ella hoy, y quiero agradecer a Ángel su empeño en escribir la historia de estas tres mujeres en las Fuerzas Armadas. No nos encontramos ante una novela bélica, eso hay que resaltarlo, sino ante una novela humana, de seres humanos ante la vida y la muerte, ante las rigideces del ejército, ante el destino. 
Léanla. Déjense llevar por su belleza (eso sí, no hace falta que ustedes se desmayen, como Adela), pero sí que la disfruten a ser posible en un momento de relax, como lo harían con un trocito de chocolate que saborean despacio para alargar el placer; léanla bajo los árboles, a la sombra aquí en el Retiro, o antes de dormir... en silencio... dejen que la novela hable y seguro que escucharán que, algo en su interior, late. 
Anamaría Trillo

sábado, 24 de junio de 2017

VENTANAS SIN FONDO.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


 
Ventanas sin fondo recogen a mis huérfanos oídos. Las fotografías del verano todavía se preguntan qué ocurrió el día que te fuiste. ¿A qué saben los deseos? Reflejos rotos que nadie sabe a dónde han ido a parar. Los exploradores de sentimientos no encuentran tu rastro. Las vallas que han sido destruidas abren sendas hacia lo desconocido. Teléfonos que no suenan y palabras que no se oyen. Tus recuerdos me arrastran hacia ventanas sin fondo. Caigo, caigo y caigo, mientras siento que tú estarás al final de la caída, en un colchón de rosas amarillas. Flores azules y pájaros verdes nos acompañan en nuestra despedida. Trazo un sinfín de corazones en el aire con tu nombre, pero todos se desvanecen entre las nubes y tu recuerdo.
Microrrelato de Ángel Silvelo