Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

domingo, 10 de diciembre de 2017

HOTELES Y MALETAS.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


 
Hoteles y maletas, como el juego perfecto donde los sueños se pierden en la nebulosa de los deseos…, hoteles y maletas, como la perfecta combinación de las pasiones que primero dejan huella y más tarde se transforman en fantasmas de las ausencias…

Abro la puerta del armario mientras compongo esta serie de pensamientos perdidos en los últimos refugios de mi memoria. No me cuesta dar con la pila de maletas que se esconden en la silente oscuridad del fondo de mi nuevo closet. Cojo la más grande y la abro, conocedor de que las guardo al estilo de las matrioskas rusas, en un maravilloso juego que conjuga a la perfección orden y espacio. Cuando le toca la vez a la más pequeña, la saco a la generosa luz del pasillo, y, compruebo, si contiene algo en su interior. Entonces, un golpe repentino de mi memoria, me advierte del peligro que estoy corriendo, y mi cabeza se inunda de pensamientos del estilo: hoteles y maletas, secretos sin confesar… «¿Qué habrá detrás de su cremallera?», me pregunto…, pero cargado de una repentina valentía abro con decisión la intimidatoria cremallera; resultado: está vacía. Me la quedo mirando y recuerdo la ilusión con la que Inés y yo fuimos a comprarla a unos grandes almacenes, y cómo, por casualidad, nos encontramos con un viejo amigo de Inés que, también por casualidad, era el jefe de la sección de artículos de viaje. Aquel día, buscábamos una maleta para los fines de semana, pequeña, de fácil manejo y tan fugaz como los buenos momentos de intimidad y placer de los que disfrutaríamos en nuestros particulares viajes a hoteles que nos distanciarían de la rutina diaria, y, que además, nos acercarían el uno al otro. Y ahora que lo pienso, me doy cuenta que todos los verbos están conjugados en condicional. «¿Acaso cabe alguna condición en el verdadero amor?», me pregunto.

Hoteles y maletas, como deudores de falsas facturas exentas de cariño…, hoteles y maletas, como espejos rotos que declaman nuestros mezquinos sentimientos. Sí, todo partió de una casualidad, de un reencuentro, de un recuerdo; un inesperado recuerdo que hace que me fije en el pequeño bulto que sobresale de la tapa superior que, en su parte interior, tiene un compartimento destinado a las prendas más delicadas. Abro la cremallera, pero en vez de sacar su contenido, lo toco. Mi tacto sabe distinguir el calzoncillo olvidado de mi último viaje de trabajo, porque ese fue el destino final de nuestras inocentes ilusiones iniciales, reconvertirlas en viajes de trabajo y vacaciones familiares donde nosotros no éramos los verdaderos protagonistas de aquellas historias viajeras; o eso al menos creí yo. Víctima de mis propios errores, y de los ajenos, la cierro con decisión y la cojo del asa, pero cuando me dispongo a terminar de cumplir con mi misión, recuerdo lo que Inés me dijo aquella tarde: ¿cariño, has comprobado que esté vacía? Lo que de nuevo me lleva a nuestra última conversación:

—No— le contesté—. Sólo tiene el neceser de mi último viaje de trabajo— le miento.

—Será otra cosa— me contestó ella—, pues recuerdo haberlo sacado y haber usado ya todos los productos que contenía.

Hoteles y maletas donde las cúpulas de los recuerdos dejan de ser transparentes…, hoteles y maletas, como perfecto binomio de las declaraciones de guerra no pronunciadas. Todavía, víctima de mis propios errores, y de los ajenos, soy incapaz de firmar el armisticio que de una vez por todas me traslade a ese espacio donde sólo reine la paz que tanto necesito, pero como no me siento con las fuerzas suficientes para dar ese gigantesco paso antes de meter de nuevo la maleta en el armario, me pierdo en la inmensidad de la moqueta de la habitación del hotel en el que resido desde aquella fatídica tarde. Sólo le pedí dos cosas a Inés: quedarme con el juego de maletas e irme a vivir a un hotel. Y ahora, que de nuevo intento abrir la valija más pequeña para extraer aquello que no quiero ver, mi escasa inteligencia todavía es capaz de avisarme que no lo haga. Mi escaso valor para enfrentarme a la realidad me lleva hasta mi infancia, hasta aquellos días en los que pasaba las tardes viendo películas de misterio; películas de misterio en las que a veces, después de la palabra the end, no te enterabas de quién era el asesino. Y del mismo modo que entonces, renuncio a saber la verdad, y me engaño a mí mismo a la vez que por fin deposito la maleta en el lugar que le corresponde dentro del puzzle estilo matrioska, en un maravilloso juego que conjuga a la perfección orden y espacio. Pero cuando creo que ya he superado el miedo a salir del agujero donde me he metido, me quedo sin el aliento suficiente para poder sentarme en la silla del escritorio de la habitación del hotel en el que me encuentro, porque recuerdo, sin poder remediarlo, la sonrisa Profidén del antiguo novio de Inés. Un sujeto al que yo no conocía, pero que hasta este momento, yo creía que nos había vendido uno de los mejores recuerdos de nuestra vida.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

domingo, 3 de diciembre de 2017

MUDA AMISTAD.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


 
Busco su voz en los pasillos de mi memoria y la persigo en el armario de los ecos perdidos, pero nada, no la encuentro. Nunca pensé en lo esencial que era para mí su presencia. Mi caprichosa ansiedad, teñida de falsete, no se resigna y explora entre los ecos navideños que ve en las caras de los niños, pero nada, ahí tampoco está. ¿Por qué se habrá marchado? Añoro su voz, y ansío no perderla dentro del cajón de mis mejores recuerdos. No quiero pensar que es una trovadora a la fuga, efímera como las canciones que interpreta y fugaz como el hálito de mi corazón cuando la escucha. Busco entre las melodías olvidadas que ella me devuelve con alegría y repaso siluetas, imágenes y nombres que sólo se hacen presentes con su presencia, pero nada, es pertinaz en su ausencia. «Quizá esté lejos», pienso, repartiendo la magia de su voz entre oídos agradecidos y rodeada de miradas que la recuerdan, que al menos una vez al año, debe compartir su muda amistad con aquellos que de verdad la necesitan.
 
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

sábado, 2 de diciembre de 2017

TEATRO TRIBUEÑE.- PROGRAMACIÓN DE DICIEMBRE

PROGRAMACIÓN NOVIEMBRE Y DICIEMBRE

Somos conscientes de que Valle-Inclán es para elite, pero no renunciamos a considerar a nuestro público merecedor de la bacanalia intelectual de Valle-Inclán de cada una de las piezas que componen el Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte que representamos actualmente.
 
 
LOS VIERNES DE VALLE-INCLÁN

Últimas funciones

 


DOMINGOS MUSICALES
 
 
 ESPECIAL NAVIDAD
 
 
 

jueves, 30 de noviembre de 2017

FERNANDO PESSOA, 30 DE NOVIEMBRE DE 2017: 82 AÑOS SIN EL PORTUGUÉS QUE CAMINABA SIN LLEGAR A PISAR EL SUELO


 
«Los dioses desterrados
y hermanos de Saturno,
a veces, al ocaso
acechan nuestras vidas…»
Extracto del poema, Los dioses desterrados, del heterónimo de Pessoa, Ricardo Reis.

Los dioses desterrados de nuestras vidas ocupan los espacios marcados por los restos de la arqueología de nuestra memoria, y se distraen visitando la gran bóveda de la ensoñación de las causas perdidas. Causas perdidas que, en nuestro interior, buscan todavía la poesía del viaje, como si esa metáfora que circunda nuestra imaginación fuese la puerta abierta por la que alejarnos de la interminable noche en la que vivimos. Noche eterna donde sólo escuchamos el ronroneo de los gatos en la oscuridad, y donde vivimos entre sombras y recuerdos. Entre sombras y recuerdos, porque nuestra memoria no abarca ya el tiempo que estuvimos luchando con todas nuestras fuerzas contra ese espacio infinito que, al igual que si fuera un desierto, nos dejó huérfanos de voluntad pero no de anhelos, aunque de alguna forma, lo único que deseamos es que la luz vuelva a nuestros sentidos, del mismo modo que buscamos que los dioses perdidos se transformen en dioses desterrados que, en vez de abandonarnos, caminen en paz por nuestro interior como esos hijos a los que nunca vimos nacer y, que además, se comporten como las sombras de nuestros sueños. Sin embargo, esos dioses perdidos y desterrados, lejos de depositarnos en las encrucijadas del silencio, componen una sinfonía de ecos que rebotan una y otra vez en los límites de nuestras entrañas hasta que se volatilizan en el instante en el que queremos hacerlos de carne y hueso.

Dioses de la nada, de un olimpo irreal y desbaratado, de un olimpo sin pena ni gloria en el que ya no nos resulta tan difícil comprender que, si no fueron hechos carne, al menos sí se quedaron en ese íntimo y particular olimpo que a nadie más que a nosotros nos pertenece, pues se comportan como un espacio donde las deidades no son tales sino meras recreaciones de nuestros más íntimos deseos. De ahí que, ese jardín de monstruos propios, sea directamente proporcional a nuestra imaginación, pues se ha transformado en una vasta y majestuosa capacidad intelectual y sensorial que nos ha llevado a crear infinidad de dioses desterrados en las tierras vírgenes de nuestra mente.

Dioses, mares, hombre y tierra; una secuencia mágica con la que darle cuerpo a un sueño: el de los dioses desterrados…, y no encontrados. 

Ángel Silvelo Gabriel
 

miércoles, 29 de noviembre de 2017

DE QUÉ HABLA MURAKAMI. Un artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz

 
De la originalidad, de los lectores, de sus traducciones, de sus inicios, del béisbol, del jazz… En su ensayo De qué hablo cuando hablo de escribir (Tusquets, 2017) el escritor y traductor japonés Haruki Murakami (Kioto, 1949) repasa su periplo literario con la intención de dar a conocer cómo una persona humilde, honesta consigo misma y con los demás, llega a ser lo que es en el universo literario.
 
Pocos datos asoman de su vida personal: se casó y se vio en la necesidad de trabajar; abrió un bar donde organizaba conciertos de jazz. Posteriormente acabó sus estudios universitarios de Artes Escénicas. No le gustaba estudiar, por lo que nunca se esforzó demasiado (siete años le costó terminar la carrera). Se crio en una tranquila zona residencial, en el seno de una familia pequeño burguesa de asalariados. Leer fue su gran escuela. Si no hubiera leído tantos libros, mi vida habría sido más gris, apática, deprimente, incluso. En ellos aprendió muchas cosas importantes de la vida y no halló ni competitividad, ni reglas absurdas, ni juicios de valor.
 
En los años ochenta sintió la necesidad de irse de su país; le resultaba difícil escribir en una sociedad que se regía únicamente por el dinero y que se entrometía en su vida personal.
 
Su incursión en la escritura resulta curiosa: en un partido de béisbol, tras una jugada asombrosa, sintió que él también podía realizar algo increíble como escribir una novela. Sin tener ninguna idea, lo hizo. Al releerla, fue consciente de que lo que había escrito no dejaba ningún poso en el corazón. Entonces analizó el otro aspecto: el idioma. Con su lengua materna, el japonés, cuando intentaba construir frases para expresar un sentimiento, las palabras se le amontonaban. Por eso comenzó a escribir en inglés y, cuando tradujo el primer capítulo, se dio cuenta de que había aflorado una forma de narrar propia de él.
 
Ese partir de cero, ese No tengo nada que escribir inicial lo transformó en motivación y sobre esa base avanzó en la escritura. Para inventarse un estilo propio, se sirvió de la música, en especial del jazz, así como de frases cortas con una estructura gramatical más bien simple. Quizá no escriba con la cabeza, sino con cierto sentido corporal, como si fijase el ritmo con unos buenos acordes y me dejase llevar después por el poder de la improvisación.
 
De esta manera, Escucha la canción del viento (1979), su primera novela, ganó el Premio de Literatura Gunzou para escritores noveles, concedido por una revista literaria. Fue su inclusión en el ámbito profesional.
 
El premio le introdujo en la fama, pero no duda en afirmar que hay cosas mucho más importantes para un escritor que los premios. Lo que permanece en el tiempo para las generaciones futuras son las obras, no los premios. Por eso, solo en dos ocasiones más optó a otro premio, en este caso, el Premio Akutagawa. No le preocupó no ganarlo, es más opina que hubiera sido un inconveniente llamar la atención al trabajar en su bar. Sin embargo, los demás convencidos de que lo ganaría se sintieron obligados a consolarle. Incluso un día se topó con un libro publicado sobre el tema.
 
Es una persona que necesita mucho tiempo para cambiar el método que tiene de hacer las cosas. Por eso, comenzó escribiendo en primera persona del singular masculino y se mantuvo así durante un largo tiempo. Con sus primeros personajes le ocurrió lo mismo, al principio, era incapaz de ponerles nombre. A la hora de crearlos, no suele partir de una persona real, sino que prefiere fijarse en la apariencia, en la forma de expresarse, de actuar de muchas personas.
 
Le gusta reescribir, lo define como la actitud de un escritor frente a un trabajo que decide mejorar. Uno puede convencerse de haber escrito algo casi perfecto, pero siempre es mejorable. Por eso en esa fase de reescribir intento apartar mi orgullo y mi presunción. Después llega la primera lectora de sus escritos antes de la editorial: su mujer; discute con ella, pero admite que por lo general tiene razón y nuevamente lo reescribe.
Pocos escritores afirman tajantemente como él que nunca ha sufrido un periodo de sequía creativa. Y es que cuando no se siente con ganas de escribir, traduce del inglés al japonés. La traducción es un trabajo técnico por lo que no interfiere en la necesidad de expresar algo y es un excelente ejercicio de escritura.
 
La figura del lector no cobró existencia en él hasta que ganó el premio. No es de los que se prodiga en actos públicos, únicamente  da conferencias en el extranjero una vez al año o participa en lecturas públicas con firma de libros incluida. Le satisface que sus obras interesen a distintas generaciones.
 
Lo negativo de esta su profesión está en la crítica que nunca le ha apoyado —incluso calificaron de “contrariedad” el que un escritor se dedicara a la traducción— y puede que todo se entienda porque en Japón, quien hace algo distinto a los demás aviva una reacción de rechazo. Y en la soledad del escritor. Para él es como estar sentado en lo más profundo de una cueva.
 
A lo largo del libro reitera sin cesar dos números: el treinta, que alude a la edad en la que se convirtió en escritor y el treinta y cinco, los años que lleva escribiendo. Y es que él mismo se sorprende de llevar tanto tiempo haciendo lo mismo. De ese primer día mantiene la misma sensación a la hora de escribir, como si tocara música, la misma premisa de divertirse y la misma libertad para crear algo original. Soy un individualista nato, decidí hacer lo que quería y como quería.
 
De lo que no habla este libro es de sus gustos literarios, aunque es obvio el guiño a Carver: De qué hablamos cuando hablamos de amor (1987).
 
Un artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz.

lunes, 27 de noviembre de 2017

ASESINATO EN EL ORIENT EXPRESS, UNA PELÍCULA DE KENNETH BRANAGH: TESTIGOS DE LA FRÍA SOLEDAD DEL MAL


El pasado tiene esa sinuosa capacidad de revolverse sobre nuestro presente, para hacerse tan real como el recuerdo que atesora. Frío como la venganza, e inimaginable como la peor de las pesadillas, juega con nuestros sentidos hasta que da con el último de ellos: la necesidad de retar a la muerte. Sin más objetivo que el de desangrar nuestras venas del rencor que contienen y, que cual veneno, nos atormenta hasta en lo más profundo de las entrañas. Y de ahí, directos al final, que no es otro que hacernos testigos de la fría soledad del mal. Así parece mostrarse la última versión de este clásico de Agatha Christie. Un nuevo enredo criminal de altos aires teatrales que, en la cabeza de Kenneth Branagh ha experimentado un sucinto interés por las grandes panorámicas, las escenas veloces y los efectos especiales que se superponen a la quietud de un tren apeado por la nieve de su facultad de seguir caminando sobre los raíles de una vía mítica que describe un viaje no menos mítico. Atrapados en el devenir de los hechos y en el conocimiento del final, no le cabía otra maniobra a su director que, a su vez, encarna al famoso detective Hércules Poirot, que dignificar su nacionalidad belga con la fuerza de su mirada y el histrionismo de sus ademanes, no sólo físicos o de movimientos, sino también dialécticos. Pulcritud, orden y análisis, elevados a la máxima potencia en honor de uno de esos personajes reconocibles por sí mismo y a los que es muy difícil sacar de su propio estereotipo. No obstante, en esta ocasión, Kenneth Branagh es capaz de mirarse al espejo y afrontar su interpretación del detective desde un punto de vista teatral, lo que le lleva a no salirse del guion prestablecido y establecer su punto fuerte en la mirada y en los gestos, ridículos en ocasiones —es verdad— por lo maximizados que están, pero mayúsculos en sus intenciones y efectos. A su lado, un elenco de estrellas de Hollywood rompe taquillas que, sin duda, han tratado de emular la versión del film del año 1974 dirigido por Sidney Lumet. De todos ellos, cabría destacar la frialdad de Michelle Pfeiffer o Judi Dench, sin dejar pasar por alto la aparatosa y vulgar actuación de un Johnny Depp en horas bajas. 

Asesinato en el Oriente Express, de la mano de Kenneth Branagh, es un intento de film entretenido que busca añadir algo a la historia mediante los golpes de efectos trepidantes de un tren que cabalga sobre la nieve de las montañas igual que lo haría una Caperucita Roja en busca del lobo en mitad del bosque, eso sí, cabe destacar la cuidadosa recreación de los vagones y su interior, y la minuciosidad por el detalle que rodea a este tren de lujo, quizá, lo menos maniqueo del film por su verosimilitud a prueba de bombas y del paso del tiempo. Es difícil encontrar nuevas sensaciones en algo que ya conoces, salvo la inquietud del reencuentro, pues esa es la última posibilidad de esta nueva versión de un clásico, la oportunidad de confrontar nuestros recuerdos de la lectura del libro o la visualización de anteriores versiones cinematográficas con el presente. Un presente que, ahora, se nos muestra como uno más de los testigos de la fría soledad del mal. 

Ángel Silvelo Gabriel. 

domingo, 26 de noviembre de 2017

RICARDO LEZÓN, ESPERANZA: UN CANTO DE LIBERTAD A LA NATURALEZA Y AL AMOR


Distraer el tiempo para seguir pensando que sigues vivo. Apartado. Solo. Sin ruido. En esos huecos a los que nadie quiere acudir es donde la majestuosidad del eco de las cuerdas de una guitarra se hacen poderosas, porque no suenan igual en ninguna otra parte del mundo, quizá, porque en ningún otro lugar el alma está dispuesta a ausentarse del ruido y sentarse a escuchar ese eco que lleva escuchando hace tiempo, pero al que sin embargo no ha puesto luz ni nombre. En ese hábitat de desamparadas travesías sonoras que, a pesar de todo, buscan la esperanza, se ha ido Ricardo Lezón para componer una canto de libertad a la naturaleza y al amor que ha titulado, Esperanza, a secas, porque no hay nada como lo sencillo y directo para llegar a lo más profundo e inquietante, pues esa podría ser la dicotomía de este primer álbum en solitario del cantante de McEnroe, al que ha seguido dotando de portentosas melodías que tardan en arrancar, pero que cuando lo hacen te dejan sin aliento. Acompañan a esas melodías la fuerza de unas letras intensas, impactantes y puras como las mejores metáforas soñadas: «primavera y revolución», nos dice Lezón para engañarnos una vez más en uno de sus líricos requiebros que nos llevan a la plenitud de las sensaciones, pues sus canciones suenan a eso: la esencia de aquello que se ama y que nunca somos capaces de atrapar. 

Ricardo Lezón ha querido dotar de mucha libertad narrativa a las composiciones de Esperanza que, en este caso, van de la mano de la naturaleza, ya presente en la portada del disco, pero también en los títulos y letras de algunas de sus canciones, en un perfecto remix de pureza y sencillez. La melancolía que nos aporta Lezón en sus nuevas nueve canciones gira en torno a la proximidad de esa esperanza que siempre va de la mano del amor. Profundo. Inabarcable. Soñado. Impactante como una flecha clavada en mitad del pecho. Así empieza Arena y romero con ecos de caballos y alfalfa entremezclados con la Plaza de la Alfalfa y Sevilla. Señas de identidad de una ciudad, Sevilla que, en la voz y la música de Lezón suenan a silencio y naturaleza pura; un pureza que gana mucho enteros cuando su hija Jimena le acompaña en la interpretación de esta canción que le ha servido como primer single de este disco grabado en los estudios La Mina de Sevilla de la mano de Raúl Peréz. Primavera de notas musicales que llenan y llenan esos huecos que siempre nos hacen pasar frío y no logran curarnos de ese desamparo universal al que hemos sido castigados. Una primavera que se hace de nuevo música en Primavera en Praga, otra de las grandes canciones de este disco. En este tema, Lezón nos apunta que la letra de esta canción está inspirada en “Amapola y memoria” de Paul Celan: «En mi corazón hay un fantasma/ que a veces me mira y otras me habla,/ un resplandor que se derrama/ como el verde por la montaña.» Versos que se hacen acompañar de un ritmo pausado e intenso a la vez, gracias a la resonancia que consigue la guitarra de David Cordero, que se proyecta muy bien sobre nuestros sentidos: «En mi corazón hay un fantasma/ que se despierta cuando me abraza.» y, que de alguna forma se contrapone a Chet Baker, la canción que hace referencia al trompetista, cantante y músico de jazz de estilo cool de los años cincuenta, como si el universo que nos propone Ricardo Lezón fuese una pradera en la que crecen todo tipo de flores silvestres a las que el cantante y autor proporciona un sinfín de sinfonías y melodías al modo de campanillas sonoras. 

Arena y romero también cuenta con esas melodías que nos recuerdan mucho a esos últimos McEnroe, tanto en su plasticidad sonora como en esa otra percepción auditiva que nos lleva a navegar por un mar infinito en el que Lezón nos sumerge cuando coge la melancolía del amor, a la que por cierto, adorna de letras magistrales: «Que tu ausencia es un lugar inhabitable/ y tu presencia mi desastre natural,/ que olvidarte es como morder el hielo/ y buscarte es un abismo y saltar». Saltos infinitos sobre el abismo de una música profunda, intensa y distinta, como extraña e inabarcable es la postura de su autor ante su magia «Que los dos llevamos banderas en las manos/ y que nuca aprendimos a ondear.» Banderas de un amor que son tan distintas a las que se agitan en la actualidad que nos llevan a exiliarnos del presente para refugiarnos en el bosque de cabañas en tu pelo: «Que a veces me hago cabañas en tu pelo/ y después no encuentro forma de bajar». Una densidad amorosa que alcanza su zénit en la mejor canción del disco: Lamento, un susurro de dichas y desdichas que es capaz de derrumbar todos aquellos muros que nos ponen en nuestra vida. En la ausencia de ruidos es donde se encuentra la esencia de las revoluciones: «Olvidaré el ruido/ y las voces promesa y revolución,/ el sonido de una noche dulce/ será el camino entre tú y yo.» Y gracias a ella: «escribiremos como los ríos sobre la tierra,/ poemas de amor/ nos perderemos por los bosques/ será la hierba nuestra mansión,/ será de hierba el corazón»… una perfecta muestra de lo que es un canto de libertad a la esperanza y al amor. 

Ángel Silvelo Gabriel. 

ENTRE DESCARNADOS ANHELOS DE JUVENTUD.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


 
Siempre quise atravesar la barrera del tiempo…, y ser infinito como sólo lo puede ser el amor. He buscado en cada esquina, detrás de cada árbol, tras las cimas de todas las montañas, pero nada, nunca he sido capaz de encontrar esa sensación de vencer al paso del tiempo. Para colmo, mis cómplices han dejado de llevarme a esos lugares donde los bandidos buscan refugio y los amantes encuentran su lecho de pasión. Amar, soñar, viajar…, perder, oler, tejer…, pulir, sentir, redimir…, en una interminable sucesión de palabras e imágenes evocadoras de sensaciones y deseos, pues a pesar de que mis lomos ya están desgastados, todavía quiero atrapar una última caricia. De ahí, que ahora esté feliz, porque ayer de nuevo viniste a buscarme. Primero lo hiciste en el fondo de tu escritorio, pero allí no estaba. Y no fue hasta la noche, cuando te diste cuenta de que me escondía en el revistero, entre noticias apocalípticas y chismorreos innecesarios; un lugar que tú, muy lista, escogiste para cobijarme de los falsos sueños, conocedora como eras, de que allí sólo anidaban los poemas olvidados y las metáforas imposibles, pues ya, nada más que soy, un libro en el dibujaste tus primeros poemas entre descarnados anhelos de juventud.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

lunes, 20 de noviembre de 2017

LA LIBRERÍA, UNA PELÍCULA DE ISABEL COIXET: LA PASIÓN POR LA LITERATURA COMO EJE DE LA VIDA


 
Hay muchas formas de mirar el mundo, y una de ellas es a través de la literatura y las múltiples historias que ésta nos ofrece. En este caso, la fuerza de la palabra se convierte en un arma homicida capaz de llevarnos, en tan sólo un instante, por un páramo repleto de nieblas y sombras apenas iluminadas por una luz, cuya mayor virtud, es que es invisible para todos aquellos que desconocen el verdadero significado de la libertad. En la última película de Isabel Coixet, La librería, ella lo consigue mediante unas bellas y potentes transiciones de imágenes de la naturaleza inglesa en la que ha rodado y, que nos retrotraen, a aquellas otras presentes en películas de pura e intensa ambientación romántica como Jane Eyre, donde la historia que se nos narra se funde de una forma magistral con la inmensidad del paisaje. En este sentido, Coixet disecciona la acción de una forma tan sutil y estética que a través de su mirada fílmica asistimos a una inabarcable muestra de poesía visual que se fusiona con el espíritu inquebrantable de su protagonista, Florence Green, interpretada por una sobresaliente Emily Mortimer; un personaje revestido de una inconfesable insatisfacción que busca refugio en los libros y, que encuentra en ellos, tanto la necesidad de construir un sueño como la de reconstruirse a sí misma para poder hacer frente a las mentiras e hipocresía —tan británicas por otra parte— de unos habitantes de un pequeño pueblo inglés cercano a Londres que, víctimas de su ignorancia, por no saber, no saben más que seguirle la corriente a los más poderosos del lugar. No obstante, la soledad no hace mella en nuestra heroína, pues igual que los personajes femeninos de las novelas del s. XIX, su ansia de libertad y realización, la empujan una y otra vez contra el muro de la incomprensión y el olvido, sin que ello le suponga una mella en sus intenciones. 

Dicen que, si un libro no nos provoca ningún rasguño en el alma, es mejor deshacerse de él y, quizá, en una sociedad que ha sustituido las relaciones por las conexiones, se haga más certera esta afirmación, pues el concepto del otro cobra un nuevo significado. Una de las funciones de la literatura, aparte de la de conmover es, sin duda, la de reclamar ese tercer lugar del que nadie nos puede sacar y, una de las formas de hacerlo es a través de la pasión por la literatura. La literatura y los libros, en ciertas ocasiones, nos proporcionan esa última decisión que sin ellos no tendríamos, pues esa fuerza que no pesa y, que se asemeja tanto a la del alma, es la que nos hace arremeter contra todo y contra todos en aras de perfilar el sueño que a cada uno de nosotros nos lleva a sentirnos vivos, aunque sólo seamos capaces de lograrlo una vez en nuestras vidas. A fuerza de perder se acaba ganando, dicen, y eso a pesar de que nuestro logro sea tan humilde como el de conseguir que otra persona lea el libro que le hemos regalado. Esa es la mayor victoria de Florence Green en la película La librería, una historia de pasiones ocultas que, en el momento que sumergen del interior ya no pueden pararse. Esta mujer coraje es un ejemplo, de que las pulsiones internas, merece la pena expulsarlas, aunque en ello nos vaya el esfuerzo de toda una vida.  

Las sutil mirada con la que Isabel Coixet maneja la cámara y la narración de La librería, se asemejan mucho a esa caricia inesperada que te logra poner los pelos de punta y, lo consigue, desde la sencillez y la frágil textura de un lienzo transparentes que nos permite disfrutar de la belleza sin otra transición que la de la pasión por la literatura como eje de la vida. Los cauces en los que confluyen esta épica y sencilla historia de pasiones ocultas, donde se enfrentan el amor y el odio, o la bondad y la venganza, se multiplican en un sinfín de detalles que los espectadores no deberían pasar por alto. Por ejemplo, la elegancia de las transiciones que nos propone Coixet entre unas escenas y otras, es una nueva muestra de su especial sensibilidad hacia intrínsecamente bello, en este caso el poder de esa revelación se sustenta en las imágenes del mar, el cielo, los campos, o los paisajes británicos teñidos de una ligera herrumbre gris, lo que convierten la luz de la película en un soporte mágico y único y, sobre, todo, en un valor añadido cuando el que mira y observa nada más que se conforma con un producto bien elaborado. Esta forma de mirar el mundo y la vida tan peculiar que tiene Isabel Coixet también se traslada al montaje, proporcionándonos con él, un lenguaje fílmico prolífico de pequeños detalles que nos hacen saborear más intensamente aquello que se nos muestra. Es en esa forma de mostrarnos las manos de los actores, o los espacios donde éstos viven —memorable es por ejemplo la escena de amor contenido en la playa entre un magnífico Bill Nighy y Emily Mortimer—, lo que provoca la íntima unión entre el espectador y la película, pues ambas se funden en una aleación inalterable al paso del tiempo. 

Los primeros planos de Emily Mortimer —un signo distintivo del cine de Coixet y sus actrices—, nos revelan la capa de autenticidad de una actriz tocada por un halo especial a la hora de hacernos presente la pasión de su vida: los libros. Florence nos deja visualizar esa otra capa que habita bajo su piel de una forma conmovedora. Sus miradas, los movimientos de los pies o la forma de abrir o tocar un libro, nos trasladan al lenguaje mudo y universal de las imágenes que nos hablan por sí solas. Esa ausencia de las palabras, su personaje logra dotar a la película de un proceso de intuición y sutileza que alcanza su cenit en la imagen que Mortimer yace tendida en el suelo de su librería mientras abraza un libro. Aquí, la literatura se convierte en un todo que nos atrapa más allá de lo imaginable. Esa escena es una muestra más de la fuerza de esta película, que se comporta igual que una fuerza invisible que consigue mover las ruedas de nuestras vidas. Y, no, nos las mueve de una forma arbitraria, sino que lo hace en un sentido u otro, de tal forma que, dependiendo de la opción elegida, nos convertiremos en ángeles o demonios, creadores o destructores, generosos o villanos. Aquí, las fuerzas del bien y el mal se enfrentan sin espadas láser ni guerreros ninja, pues su fuerza está basada en las imágenes y las palabras. Palabras escritas y filmadas con la pasión por la literatura como eje de la vida. 

Ángel Silvelo Gabriel. 

domingo, 19 de noviembre de 2017

LA OTRA LIZ TAYLOR.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


 
La gata de los ojos color violeta se presentó en el juzgado rodeada de paparazzi que no paraban de hacer un click tras otro mientras seguían sus movimientos. Esa era la ofrenda a sus admiradores: un derroche de glamour al que el fiscal de la causa no estaba acostumbrado y, mucho menos, el juez, que dictó el sobreseimiento del procedimiento. Yo la miraba atónito, buscando un argumento para despojarla de su máscara de diva. No recuerdo como lo hice, pero me deslicé entre sus pegajosos aduladores y logré enseñarle la fotografía. Una imagen que no consiguió desplomarla en el vestíbulo. Al contrario, todo sucedió tan deprisa, que sólo recuerdo que, cuando me miró, no lo hizo con los ojos de Cleopatra y, mientras yo me caía al suelo como si me hubiera atravesado un rayo, ella sacó otra fotografía de su bolso que me tiró a la cara. Nadie se inmutó, ni siquiera ella, la otra Liz Taylor: una activista humanitaria a la que noté una expresión de satisfacción al verme así, tendido en el suelo y rodeado de personas que desconocían la verdadera razón de mi zozobra. Mientras se alejaba de mi lado, yo me quedé mirando la foto de Jack, mi último novio, al que yo había contagiado el sida, y al que ella había defendido de mí ante toda la sociedad.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel